La violencia sexual como arma de guerra - Wendy Garrido Granada | La Crónica de Hoy
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La violencia sexual como arma de guerra

Wendy Garrido Granada

La activista iraquí Nadia Murad y el médico congoleño Denis Mukwege recibieron ayer el premio Nobel de la Paz por “visibilizar y combatir la violencia sexual como arma de guerra”.

Nadia Murad fue raptada en 2014 por el Estado Islámico y conducida a una región totalmente distinta de su pueblo natal. Fue torturada, violada y vendida como esclava sexual. Logró escapar y gracias a distintas organizaciones civiles llegó a Alemania. Ahora es una activista que ha luchado para visibilizar la violencia sexual como arma de guerra y ha exigido a los gobiernos del mundo frenar la trata de personas.

Murad ha denunciado que al menos 3 mil mujeres de su religión siguen desaparecidas y probablemente muchas de ellas sigan siendo esclavas sexuales del Estado Islámico.

La violencia sexual como arma de guerra no es una práctica nueva. Ha sido un fenómeno histórico en los conflictos armados a lo largo de la historia de la humanidad. Según la ONU, la violencia sexual en los conflictos armados supone: “violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo forzado, el aborto forzado, la esterilización forzada, el matrimonio forzado y todas las demás formas de violencia sexual de gravedad comparable perpetradas contra mujeres, hombres, niñas o niños, que tienen una vinculación directa o indirecta (temporal, geográfica o causal) con un conflicto”.

Y sin embargo, en algunas regiones como Irak, Siria o el Congo, la violencia sexual se ha incrementado y ha ayudado a humillar simbólicamente a los pueblos sometidos. En esas regiones las mujeres son percibidas como “posesiones masculinas”; raptarlas, torturarlas, someterlas sexualmente y hasta intentar reconvertirlas en una otra religión permite enviar el mensaje totalmente heteropatriarcal de que ellos son los poderosos.

María Villellas en su artículo Cuando la violencia sexual es arma de guerra refiere a las autoras Deniz Kandiyoti y Radikha Coomaraswamy para explicar que en muchas culturas “las mujeres son consideradas las depositarias de los valores y de las tradiciones de una determinada comunidad. En ocasiones las mujeres desempeñan funciones de representación simbólica de la nación (‘madre patria’) y roles como reproductoras biológicas de la nación, reproductoras de las fronteras de grupos étnicos o nacionales, transmisoras de la cultura y agentes de la reproducción ideológica, significadoras de las diferencias nacionales, y participantes de luchas nacionales, económicas y militares, por lo que atacándolas se busca no sólo destruir o dañar a la mujer individual sino también el sentido de pureza étnica de una comunidad dada, construido en torno a la noción del honor de la mujer”.

Munrad ha dicho que no busca más simpatía, quiere que esos sentimientos, que seguramente su historia produce en quienes la leen o la escuchan, se traduzcan en acciones.

La joven de 25 años también dijo en su discurso de aceptación del Nobel que “es inconcebible que la conciencia de los líderes mundiales no se haya movilizado para liberar a esas mujeres. ¿Y si fueran un acuerdo comercial, un yacimiento petrolero o un cargamento con armas? No se
ahorrarían esfuerzos”.

Tiene razón. Los gobiernos son capaces de invadir a un país con muchos pretextos y sobre todo por yacimientos petroleros. Pero cruzan los brazos cuando miles de mujeres, niñas, niños y adolescentes —sobre todo— sufren y padecen este tipo de violencias.

 


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