Dario Argento, maestro de la aterradora belleza | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 10 de Enero, 2019

Dario Argento, maestro de la aterradora belleza

Crónica recuerda la historia del cineasta italiano, uno de los máximos exponentes del giallo italiano de terror, a propósito del estreno del remake de Suspiria.

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"El paraíso es demasiado perfecto para la humanidad", dice el legendario cineasta Dario Argento en una de sus más memorables citas. Tal vez por eso, ha utilizado el cine para acercar a la tierra al infierno. Maestro del cine de terror, máximo referente del giallo italiano, su influencia en las nuevas generaciones ha sido evidente en la obra de cineastas como Nicolas Widing Refh o Luca Guadagnino, este último quien hizo un remake de su icónica ­Suspiria, que llega a las salas de cine mexicanas este viernes.

Nadie como él ha desnudado a las mujeres de una forma tan sublime antes de asesinarlas: “Mis mujeres son asesinadas. ¡Pero también son asesinas!”, dijo. Una analogía interesante si tomamos en cuenta que cuando era niño, después de clases se iba al estudio fotográfico de su madre, Elda Luxardo, al que llegaron a ir Sofía Loren y Claudia Cardinale. Con instinto voyerista, el pequeño Dario se escondía en el camerino, desde donde veía cómo las modelos se desnudaban, se maquillaban y posaban ante la cámara. Pero también ha dicho que ahí aprendió, de su madre, la manera en cómo usar la luz: “Era un espectáculo fantástico. Así aprendí a poner la luz justa para iluminar a las actrices”.

Argento nació el 7 de septiembre de 1940, en Roma, hijo mayor de la mencionada fotógrafa  brasileña y el productor de cine Salvatore Argento, profesión que siguió su hermano menor, Claudio. Motivado por el ambiente artístico de sus padres, abandonó pronto los estudios para dedicarse a escribir críticas de cine en el periódico Paese sera. Ya entonces echaba a andar sus influencias literarias de Edgar Allan Poe, el pulp, Raymond Chandler o ­Dashiel Hammett; del cine se llenó de expresionismo alemán, el cine negro estadunidense, Alfred Hitchcock y Mario Bava.

“Siempre me interesó el cine, crecí con él, era un sueño, una maravilla. Fue en esos años cuando empecé a sentir un deseo, una furia irrefrenable por él. Al principio intenté acercarme a través de la escritura, de la crítica cinematográfica, pero aquello no me llenaba”, dijo el cineasta en una conferencia magistral en Sitges, donde Guillermo del Toro curó un ciclo de cine encabezado por Suspiria.

Su primer trabajo en la gran pantalla fue como actor y guionista en El gran amante (1966), una comedia dirigida y protagonizada por Alberto Sordi junto a la sueca Anita Ekberg. Luego siguió de guionista en la parte final de los años 60, colaborando con Sergio Leone en el ­spaghetti western Érase una vez en el Oeste (1968) o con Umberto Lenzi en el film bélico La brigada de los condenados (1969).

“Así que empecé a escribir guiones para pequeñas películas hasta que un día se cruzaron en mi camino Bertolucci y Sergio Leone. Gracias a ellos me labré una reputación y pude empezar a trabajar a mayor escala. Lo que pasa es que seguía sin estar satisfecho y comprendí que tenía que intentar algo más: y eso era la dirección”, agregó.

Argento debutó como director con El pájaro de las pumas de cristal (1970), thriller con el protagonismo de Tony Musante que, adaptando un libro de Fredric Brown, se convirtió en un clásico del giallo italiano con una historia criminal de realización enfática, atmosférica, que contó con la música de Ennio Morricone. El éxito de aquel trabajo “no se lo esperaba nadie, ni yo, ni siquiera mi padre que fue el productor de la película”, dijo, pero fue fundamental: “El inicio es importante, porque eso es lo que va a marcar toda tu carrera”.

Argento cambió de registro en su cuarto film como director, La quinta jornada (1973), una comedia con rasgos de sátira ambientada en la Revolución de 1848, con Adriano Celentano como protagonista principal. Volvió al suspense criminal y al slasher en una de sus mejores películas, Profondo rosso (1975), un brillante giallo, con David Hemmings a la cabeza del reparto.

Pero todo cambió en 1977 con Suspiria, la obra maestra de Dario Argento. Inspirada en Suspiria de Profundis, una recopilación de poesía y ensayos de Thomas de Quincy (a menudo considerado el padre de la literatura occidental de drogas), el libro es un viaje perturbador y fascinante, lleno de visiones y alucinaciones nacidas en las casas del opio del siglo 19. Del mismo modo, Suspiria es en partes iguales lírica, psicodélica, hermosa y terrible.

“El terror es como una serpiente, siempre mudando su piel, siempre cambiando”, afirma Argento. Esta premisa justifica su evolución en el cine que pasó del thriller policiaco a lo que la historia del cine define como la trilogía de las Tres Madres, que comenzó con Suspiria (Madre de los suspiros) y siguió con Inferno (1980, Madre de la oscuridad), la cual no concluiría sino hasta el 2007, con La terza madre (Madre del mal). Todas movidas bajo la filosofía de “el horror es el futuro. Y no le debes tener miedo”.

En su haber también hay otros títulos destacables: Tenebre (1982), una película protagonizada por Anthony Franciosa y Giuliano Gemma; Jennifer Connelly, en el papel de una joven con el don de comunicarse con insectos,  en Phenomena (1985) y Ópera (1987), con Christina Marsillach.

Su primer film en los 90 fue una colaboración con George A. Romero en Los ojos del diablo (1990), adaptación de relatos de Edgar Allan Poe. Más tarde estrenó Trauma (1993), película con el protagonismo de su hija Asia, quien también sale en El Síndrome De Stendhal (1996), adaptación de una novela escrita por Graziella Magherini, y El fantasma de la ópera (1998), versión del clásico de Gaston Leroux.

Sus filmes del nuevo milenio no han tenido mayor repercusión, más que la de trabajar con grandes actores: Max von Sydow protagonizó Insomnio (2001), con muy buena factura aún, luego llegaron títulos menores como El jugador (2004), Giallo (2009), con Adrien Brody y Emmanuelle Seigner; y Drácula 3D (2012), una colaboración con el productor Enrique Cerezo con Tomas Kretschmann en el papel del conde Drácula.

“En el cine de hoy se ha perdido la parte psicológica y política. Los directores sólo piensan en la acción y el movimiento. Nada más. Detrás está el vacío, la nada”, concluye el maestro.

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