“El poeta no debe dejar morir al niño que está en él”: Saúl Ibargoyen | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 10 de Enero, 2019

“El poeta no debe dejar morir al niño que está en él”: Saúl Ibargoyen

ADIÓS: El poeta uruguayo, nacionalizado mexicano, murió el pasado miércoles a los 88 años. “Sigo apostando a lo subjetivo en el arte, aun en el marco de ciertas tradi­ciones y legados culturales”, dijo el escritor en una entrevista que hoy se publica en Crónica.

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La poesía no fue suficiente en mí, por eso la apelación a continuar la forja de un discurso narrativo desarro­llado en novelas y cuentos, dijo Saúl Ibargoyen. (Foto: INBA)

El poeta uruguayo Saúl Ibargoyen (1930-2019) murió la noche del pasado miércoles a los 88 años; desde 1976 residía en México, país al cual se nacionalizó. Poeta, maestro distinguido de la Sogem, recibió en 2002 el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada por El escriba de pie.

El INBA lamentó la muerte del escritor y recordó que fue colaborador de Aquí Poesía, El entrevero, Archipiélago, Tinta seca, Casa de las Américas, Plural y otras publicaciones, así como cofundador de la revista mexicana Archipiélago.

Crónica publica un fragmento de una larga entrevista realizada al poeta y ensayista realizada tiempo atrás y que debería salir el próximo domingo.

—Usted es narrador, traductor, en­sayista y, desde luego, poeta, ¿cree que todos estos géneros juegan una compli­cidad en su obra?

—Sí, hay algo de eso. Lo más eviden­te sería, quizás, la aplicación de un si­milar sistema metafórico (diría Bajtin) el que, asimismo, aparece con frecuen­cia en la manera de hablar, en el com­plejo discurso cotidiano. En cierto sentido, la metaforización de la oralidad pasa a la escritura, y no de ésta a aquélla. Por lo tanto, insisto, el siste­ma de metáforas se cumple casi igual­mente en todos los géneros. Digo “ca­si” por razones que sería irrelevante anotar. Solamente que “la escritura en mí”, parafraseando a Rubén Darío, muestra explícitamente ese apego a la oralidad, porque en definitiva la verbalización primigenia, fundamental, viene de ahí. Claro que las voces poéti­cas a las que uno apela se distinguen de las voces narrativas, o de la voz que trato de otorgarle a un poema traduci­do (aunque la traducción sea sólo una aproximación).

—En cuanto poeta, acaba de publi­car dos nuevos libros, ¿cómo desarrolla ese universo tan propio dentro de la ac­tual poesía latinoamericana?

—Sigo apostando a lo subjetivo en el arte, aun en el marco de ciertas tradi­ciones y legados culturales. En otras ocasiones he reiterado la idea, nada ori­ginal, de que cada poeta debe fundar su propio ismo, su propia tradición, su verdad no intercambiable, su modo de escarbar la médula de cada palabra, su sed del nombre secreto de los seres y las cosas, su arte poética irrenunciable e invendible. Mis recientes poemarios, escritos en los últimos diez años, tien­den a plantear, en el primero ¿Pala­bras?, las dudas metafísicas sobre el verbo poético en sí y para sí, más allá de las pulsiones temáticas y las angus­tias de tono ético. Y en el segundo Poeta semiautomático, un reconoci­miento a la herencia surrealista (direc­ta e indirecta) que se fue acumulando irregularmente en mi escritura desde hace décadas. Dicen que el surrealismo ha muerto, fagocitado por la posmo­dernidad neobarroca, ¡entonces viva el surrealismo! Mi amigo Floriano Martins estaría de acuerdo.

— Los temas en su obra aparecen y desaparecen con el paso de los años. ¿Considera importante en su trayecto­ria recuperar algunos temas olvidados?

—¿Existe el olvido en poesía? Pero es verdad: temas van y vienen; a veces no son temas, sino la máscara de de­seos, frustraciones, impulsos, símbo­los, imágenes, etcétera, que el incons­ciente acumula y entreteje. A veces los sucesos sociales (con su cauda de injus­ticia, de corrupciones, de sórdidas im­punidades, de guerras imperiales, de sucia violencia, de agresiones ideoló­gicas, etcétera) se transforman o pro­ducen impulsos que se unencon la energía interna. De esa unión convul­siva puede surgir una expresión épica o una figuración de amores rotos. Nunca se sabe. Hay temas, sí, arraiga­dos a la infancia, que son recuperados con cierto ritmo. El poeta no debe de­jar morir al niño que está en él, que no duerme, atento siempre. Si lo ve ago­nizar, debe aplicarle una buena respi­ración boca a boca... Los temas, pues, no tienen fecha de aparición, así como la creatividad trabaja en su propio tiempo histórico.

— En estos más de 30 años de vivir en Méxi­co su producción ha sido muy vasta. ¿Cómo la definiría en cuanto a un pro­ceso que aún no acaba?

—No es fácil una respuesta afinada, pues uno está como en medio de un ca­mino por el que pasa mucha gente. Se hace camino a lo Machado, y pocas ve­ces te detienes a mirar para atrás, recor­dando la canción de Atahualpa Yupan-qui. Debo suponer que de algún modo uno realiza un examen más o menos crítico del propio trabajo, pero desde el ejercicio de la escritura. Incluso, desde esa protoescritura, desde esos versos que apenas se insinúan a partir de una imagen, de una representación, de una mínima angustia, de una injusticia so­cial soterrada o evidente... Pero sí po­dría mencionar instancias personales que se expresaron en la poesía: el exi­lio, sobre todo (ese exilio que en más de un sentido nunca termina). Y las nume­rosas circunstancias de la vida cotidia­na, los viajes, los amores, las amista­des, las resonancias de la multiplicidad cultural mexicana, la actividad labo­ral. Pero la poesía no fue suficiente en mí, por eso la apelación a continuar la forja de un discurso narrativo desarro­llado en novelas y cuentos. Pienso que ambos discursos, el narrativo y el poéti­co, constituyen el envés y el revés  de un entramado único.

 

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