De cómo Matilde Montoya logró vencer todos los obstáculos y se convirtió en la primera médica mexicana | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 12 de Enero, 2019

De cómo Matilde Montoya logró vencer todos los obstáculos y se convirtió en la primera médica mexicana

En la segunda mitad del siglo XIX, muchos creían que las mujeres no podían dedicarse a tareas intelectuales, ni siquiera de mediana complejidad. El cerebro femenino, afirmaban, no daba para tanto: nada de matemáticas ni filosofía ni ciencia. Concha Miramón aseguraba que la locura de Carlota venía de su empeño en querer abordar cuestiones de Estado y alta política. La tenacidad femenina demostró otra cosa

De cómo Matilde Montoya logró vencer todos los obstáculos y se convirtió en la primera médica mexicana | La Crónica de Hoy

El sitio donde se llevaba a cabo aquel examen profesional no era el Salón de Actos de la Escuela Nacional de Medicina, sino un salón menor, donde la Sociedad Filoiátrica de Beneficencia de Alumnos solía tener sus juntas. Se esperaría que aquel examen se efectuase en el gran salón que merecía la notoriedad de la sustentante, por ser la primera mujer que se atrevía a acreditar su saber médico, y del hecho de que allí apareció, para presenciarlo, nada menos que el presidente Porfirio Díaz.

Ella era Matilde Montoya, y con ese examen se terminaban años de estudio, de esfuerzo y de preparación, pero también mucho tiempo de lucha personal, para no abandonar el proyecto, cosa que le habría gustado mucho a numerosos médicos varones. Matilde era una rareza, una muy inquietante rareza.

UN EXAMEN EXCEPCIONAL. Era la tarde del 24 de agosto de 1887. El salón estaba atiborrado de personajes de la buena sociedad porfiriana y redactores de periódicos. Ante tan selecta concurrencia, Matilde Montoya, una mujer de 30 años, se sometía al interrogatorio de un jurado integrado por seis médicos destacados, profesores todos con fama de severos: un cardiólogo, un oftalmólogo, un higienista, un  farmacólogo, un experto en medicina legal, y un ginecólogo. Su tesis abordaba cuestiones de bacteriología.

Dos horas duró el examen, donde lo mismo se le interrogó a Matilde sobre la escarlatina, los padecimientos cardiacos, la higiene y la microbiología. Inquieta y nerviosa al principio, Matilde fue ganando seguridad a medida que avanzaba el interrogatorio. Al terminar, el salón se llenó de aplausos.

Al día siguiente, en el Hospital de San Andrés —ubicado en la calle de Tacuba, donde hoy se encuentra el Museo Nacional de Arte— Matilde hizo, con el mismo jurado, su examen práctico.  Cada sinodal le señaló un paciente: Matilde debía examinarlo, emitir un diagnóstico y prescribir el tratamiento.

Después, Matilde y sus sinodales entraron al anfiteatro, donde se encontraba ya un cadáver, sobre una mesa iluminada. Allí, la sustentante mostró su destreza con el bisturí y su conocimiento del organismo humano. Sólo entonces, el jurado se retiró a deliberar. El veredicto se materializó en seis bolas blancas en una pecera de cristal: la alumna Matilde Petra Montoya Lafragua había sido aprobada por unanimidad.

Todos los asistentes la aclamaron. El secretario de Gobernación y suegro de don Porfirio, don Manuel Romero Rubio, le entregó, en lo que era un gesto de deferencia, el título a la nueva médica, la primera de México.

UNA HISTORIA DE ESFUERZO. Matilde Montoya había nacido en 1857 —otras fuentes señalan que el verdadero año de su nacimiento era 1852—, hija de Soledad Lafragua, una huérfana refugiada con las monjas de San Vicente de Paul, que desquitaba el sustento cuidando a los enfermos en el Hospital de San Andrés. Allí conoció al soldado José María Montoya, quien al poco tiempo le propuso matrimonio. Matilde fue la hija menor de aquella unión.

Se sabe, por la biografía que de la nueva médica escribió, en 1888, Laureana Wright de Kleinhans, editora del diario Las Hijas del Anáhuac, que Matilde terminó sus estudios primarios a los once años. Quería ser maestra e intentó presentar el examen correspondiente, pero la rechazaron: era menor de edad.

Quiso después, convertirse en partera. Para eso, había que estudiar dos años en la Escuela Nacional de Medicina, y presentar dos exámenes, uno por ciclo. Logró inscribirse en 1870, pero abandonó los estudios: enfermó de la vista y murió su padre.

Los siguientes dos años, Matilde vivió en Cuernavaca, donde ejerció como partera. No tenía título, pero, como se estilaba en la época, fue sometida a examen por dos médicos prestigiados, y se le declaró apta para ejercer.

De regreso en la capital mexicana, Matilde se acercó al Hospital de San Andrés, donde recibió lecciones informales  del médico Luis Muñoz, que estaba al frente de la sala de cirugía para mujeres. Allí, la muchacha aprendió y pudo practicar, al tiempo que daba clases en escuelas de primeras letras para poder sobrevivir.

Con mejores armas, Matilde decidió probar suerte en la ciudad de Puebla. Allí se hizo de una amplia clientela femenina, y se ganó la antipatía de médicos y parteros, que se dedicaron a criticarla, acusándola de pertenecer a la masonería y profesar el protestantismo. A tal grado llegaron los ataques, que Matilde perdió su consulta. Se fue a Veracruz, aunque al poco tiempo regresó a Puebla, pues los infundios se habían aclarado y sus pacientes la requerían. Entonces pensó en cursar los estudios para convertirse en médica.

Puebla no fue una buena ciudad para Matilde. La llamaron “peligrosa” e “impúdica”. Resolvió entonces que volvería a la capital para estudiar allá.

EN LA ESCUELA DE MEDICINA. Entrar a la Escuela de Medicina no supuso gran problema para Matilde. Los problemas empezaron después. Era 1881, y se volvió piedra de escándalo porque, como todo estudiante, debía hacer sus prácticas con cuerpos humanos: el alboroto se debía a que era muy impropio que una mujer trabajara con cuerpos desnudos y, peor aún, que las prácticas las hiciera junto con sus colegas varones.

Su tesón le granjeaba a Matilde apoyos importantes: el principal cirujano del país, Francisco Montes de Oca, también director del Hospital Militar, puso a disposición de la muchacha, todos los días, un anfiteatro y un cadáver, para que pudiese practicar a solas.

La comunidad de la Escuela Nacional de Medicina estaba dividida: había, entre maestros y alumnos, tanto partidarios como detractores de Matilde. Algunos se quejaban —y lo publicaba la prensa— que con una mujer en el aula, “era imposible” exponer  con libertad las cátedras de fisiología y cirugía. Pero Matilde siempre tuvo profesores y compañeros entusiasmados que la apoyaron.

Costó trabajo a Matilde completar sus estudios, casi siempre atenida a los pequeños huecos en las leyes educativas que no estaban pensadas para beneficiar a las mujeres. Incluso, tuvo que presentar, al mismo tiempo que estudiaba medicina, todos los exámenes de la Escuela Nacional Preparatoria, que, en sus reglamentos, no consideraba la inscripción de mujeres.

Tampoco tuvo novio: a diario, su madre la esperaba afuera de la escuela. Ambas creían que Matilde no podía darse el lujo de tener una relación sentimental que pusiera en riesgo su reputación y, por ende, su permanencia en la escuela. 

Una vez titulada, se dedicó por entero a su vida profesional, y aunque nunca se casó, adoptó algunos niños. Siempre tuvo dos consultorios: uno donde cobraba la consulta y otro de atención gratuita. Ejerció la medicina hasta los 73 años y fue, hasta su muerte, en 1938, objeto de homenajes por las agrupaciones profesionales femeninas, que veían en ella el inicio de un largo linaje: el de las universitarias mexicanas.

Imprimir