Los clubes de lectura, una catarsis para los venezolanos, dice Alberto Barrera | La Crónica de Hoy
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Los clubes de lectura, una catarsis para los venezolanos, dice Alberto Barrera

El escritor caraqueño habla de su reciente novela Mujeres que matan, que indaga en la naturaleza femenina y retrata la Venezuela de Maduro. También es una crítica a los libros de autoayuda, añade.

Me pareció un tema maravilloso para indagar en unas mujeres heridas que empiezan a leer el libro y cómo ese espacio amable de repente dispara otra cosa: la posibilidad de la violencia, indica Alberto Barrera.

Los clubes de lectura se convirtieron en una actividad concurrida por los venezolanos, especialmente por las mujeres, ya que reunirse en casa de alguien era un acto seguridad, de catarsis y de rutina después de estar largas horas formadas para comprar suministros básicos de comida. Ese auge de lectura comunitaria y en voz alta, lo retoma el autor Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960) en su reciente novela: Mujeres que matan.

La obra, editada por Literatura Random House, narra cómo la lectura de libros de autoayuda provoca en un grupo de mujeres —desde una exprofesora encarcelada, una madre que vio el asesinato de su hija durante una manifestación, hasta una secretaria amante de su jefe— el sentimiento de matar.

En entrevista con Crónica, el también Premio Herralde Novela 2006 y Premio Tusquets de Novela 2015, explica que en su libro hay una crítica hacia los bestsellers, cuando las mujeres del club deciden leer a Alma Briceño, autora de libros de autoayuda sobre liberación femenina.

“Quería indagar en la naturaleza femenina y la novela retrata a la Venezuela de Maduro sin que lo diga de forma directa. En 2014 empezó el auge de clubes literarios porque eran espacios-burbujas frente a una crisis. Me pareció un tema maravilloso para indagar en unas mujeres heridas que empiezan a leer el libro y cómo ese espacio amable de repente dispara otra cosa: la posibilidad de la violencia”, indica.

— ¿Es verídico el aumento de los clubes en Venezuela?

— Ya existían, pero empezaron a tener más fuerza porque eran espacios seguros en un país con una crisis de violencia en la calles. En los clubes de lectura las personas se podían reunir en una casa. Asistí a varios como escritor e invitado.

“Representaron una burbuja y eso se empalma con una tradición muy larga dentro de nuestra literatura que viene desde El Quijote, es decir, la idea de que los libros son peligrosos, que los libros pueden detonar la locura”.

— ¿El gobierno o el Alto Mando como lo nombras, decía algo de estos clubes?

— El Alto Mando no se enteraba, eran experiencias de gente que tiene un club de cualquier otra cosa o que se reúnen para hablar. El Alto Mando es una especie de recreación y juego, la novela no nombra a Maduro ni a los generales ni a las fuerzas.

— ¿Hay poca accesibilidad a los libros en Venezuela?

— Desde la crisis económica, que es muy fuerte, que tiene que ver con la caída de los precios del petróleo para un país absolutamente monoproductor, los libros son muy caros. En los últimos años ha habido cierres del 80% de las librerías, las editoriales no están produciendo porque el papel es caro, además la gente no tiene dinero para comprarlos.

— ¿Las lecciones de leer son dos: escribir y tomar acciones radicales?

— El tema de la escritura y lectura me interesa, está presente en lo que escribo. Sólo ordeno las cosas al escribir, pienso que es mi experiencia contra el caos, lo único que ordena al caos es la escritura. Eso me funciona con los personajes.

“En el caso de las mujeres de la novela quería contraponer la idea del libro de autoayuda, de un libro que habla sobre la feminidad en contra del amor romántico, eso me permitiría indagar sobre el universo femenino, de poner a unas mujeres a hablar sobre un libro que supuestamente habla de mujeres. Traté de hacerlo un poco y de buscar las pistas”.

Sin embargo, comenta Barrera Tyszka, su primera intención al hacer esta novela era escribir un libro de autoayuda y una novela.

“Quería escribir dos libros: esta novela y el libro de autoayuda, el que ellas leían, pero no lo logré, no fue tan fácil. Me parecía interesante que en este ambiente donde todo mundo está en una burbuja, la autoayuda detonara el límite y lo más peligroso del ser humano: la posibilidad de matar a otro”.

—¿Venezuela vive en la melancolía?

— Toda la novela tiene una cosa melancólica pero también asfixiante. Me parece un país sin salida, sin un escenario de escape. La novela retrata los últimos años de la Venezuela de Maduro que tiene ese fondo de desazón y desesperanza porque hay una crisis económica enorme y un estancamiento político muy fuerte.

— ¿No estar informados es peor que las mentiras?

— En Venezuela hubo algo que se llamó la nueva hegemonía comunicacional, es decir, que el gobierno controla casi todos los medios, vía control real propio o vía de la promoción de la autocensura a través de medidas de miedo. Tú puedes estar ahí y puede haber una gran manifestación en otra ciudad y tú no estar enterado de eso.

“Es una sociedad opaca y eso crea la sensación de que nunca sabes qué está pasando. Venezuela es un país que se quedó sin verdad, sin posibilidades de saber la verdad”.

— ¿Se puede crear sin hablar de la crisis venezolana?

— El creador aunque haga cosas que parecen místicas siempre tiene el contexto, no siempre tiene que ponérselo como una cosa voluntaria. El creador no debe ser un militante. Todos como ciudadanos ejercemos lo que queremos, pero escribí la novela porque me duele; pero si lo que me dolieran fueran historias de vampiros en el sur de mi país, seguramente también ahí estaría el contexto del país en algún momento de la historia.

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