Ignacio Allende, el orgulloso criollo que se declaró culpable de “alta lealtad” a su patria | La Crónica de Hoy
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Ignacio Allende, el orgulloso criollo que se declaró culpable de “alta lealtad” a su patria

Ignacio Allende, el orgulloso criollo que se declaró culpable de “alta lealtad” a su patria | La Crónica de Hoy

El fiscal Rafael Bracho llamó al acusado “primer perturbador de la quietud de esta América” y lo acusó de alta traición, dada su calidad de militar del ejército novohispano, capitán del Regimiento de Dragones de la Reina. Pero Ignacio Allende y Unzaga, criollo nacido en el Bajío, de 42 años en el momento de su juicio, se rebeló ante el cargo, y orgulloso, afirmó que antes que traidor, el cargo debería ser “de alta lealtad” a su patria, pues conspiraciones e in­surrecciones no tenían otro fin que dar a la Nueva España el destino grandioso que su extensión y recursos suponían inevitables, si es que la corona española dejaba de sangrar al reino para garantizar su propia supervivencia.

Unos pocos meses de campaña habían bastado para que la rebelión, cuya cabeza visible era el cura Miguel Hidalgo, hiriera de muerte, como expresó el historiador Edmundo O’Gorman, al virreinato. En los días del juicio a Allende,  de principios de mayo a fines de junio de 1811, el movimiento había crecido en otros rumbos. El liderazgo de Morelos en el sur del reino ya era una realidad. De todas maneras, como el párroco de Dolores le había dicho al sanmiguelense, ellos muy difícilmente habrían de ver el fruto de sus esfuerzos.

EL CRIOLLO CONSPIRADOR.  Hoy se sabe que Ignacio Allende estuvo involucrado con las conjuras criollas que buscaban la manera de transformar el régimen virreinal novohispano mucho antes de 1810. Desde 1808, a raíz de la invasión francesa a España, la población criolla veía la coyuntura ideal para hacerse con un poder que, hasta entonces, los relegaba en términos políticos.

Se sabe, que en algún momento, en la puerta de su habitación del cuartel de San Juan de los Llanos, Allende, en un acceso de indignación, llegó a escribir: “Independencia, cobardes criollos”, asunto que le costó una reprimenda. Pero si bien no volvió a poner letreros en su puerta, el capitán no se recataba de opinar en diversos espacios y situaciones sobre la conveniencia de que la Nueva España se volviese independiente.

En esos días, los planes, asociaciones y conjuras menudeaban, no sólo en el reino, sino en toda la América española. Si no se descubrió la participación de Allende en la conspiración de Valladolid de fines de 1809, fue porque su nombre y el de su compañero, el capitán Mariano de Abasolo aparecieron en una carta en clave que las autoridades no pudieron descifrar.

Las declaraciones de personajes como José Mariano de Michelena muestran que Allende participó en una junta conspiradora que operaba en San Miguel el Grande, su ciudad natal, y que esta junta mantenía lazos de comunicación y cooperación con grupos similares de Querétaro, Celaya y la misma Valladolid. Documentación hallada con posterioridad habla de que Allende tendría, sólo en Querétaro, unos mil 800 partidarios del levantamiento y otros tres mil repartidos en la Ciudad de México, Celaya y Guanajuato.

Para variar, algunas de estas reuniones subversivas se disfrazaban de tertulias: un testimonio anónimo de mediados de 1810 menciona la “academia doméstica de literatura” que tenía lugar en la casa de José Domingo de Allende,  Sin embargo, todos los planes cuidadosos que Allende y sus compañeros habían trazado se vendrían abajo con una delación. El levantamiento criollo se desvanecía en el fragor de la vorágine desatada por Hidalgo, cuya presencia hizo posible el “puente” que vinculó las ambiciones criollas con el reclamo popular de los desposeídos, los indígenas y esa compleja parte de la población del reino, abigarrada y variopinta, que eran las castas.

LOS DILEMAS DE LOS CONJURADOS. Una de las grandes diferencias que Allende tendría con Hidalgo radicaba en la forma y acciones del ejército que lideraron durante unos cuantos meses. El militar sanmiguelense hubiera preferido contar con una tropa disciplinada, hecha para obedecer órdenes, formada para soportar los horrores de la guerra. Para nada le acababa de gustar la multitud que aumentaba de manera desordenada, a medida que avanzaban por los caminos del Bajío.

Peores le parecieron las cosas cuando esa misma horda, de gran utilidad a la hora de intimar a la rendición a cuanta población se les ponía enfrente, daba rienda suelta al resentimiento social y se dedicaba al saqueo y al pillaje. Se quebrantaban todas las leyes de la guerra y parecía en ocasiones que solamente Allende se preocupaba por eso, y encima la fama de personaje poco honorable también le afectaba: en una obrita teatral acerca del combate a la insurgencia, el abogado Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, el personaje principal era un indio enloquecido por el saqueo y que de un día para otro, por andar en la compañía del militar, ya tenía el grado de coronel.

Hidalgo prefirió alentar a la muchedumbre, como después declararía en su proceso. A la larga, la decisión marcó la derrota de esas primeras tropas insurgentes, integradas en buena parte por indios y castas que no tenían armas de fuego, y que al primer cañonazo se dispersaban despavoridos.

LA TRASCENDENCIA DE IGNACIO ALLENDE. Ahora que se cumplen 250 años del natalicio de aquel capitán criollo, se ha escrito mucho acerca de él y se le puede apreciar en una dimensión más precisa, desechando la imagen de simple seguidor de Miguel Hidalgo. Orgullosos, una vez que la Nueva España se convirtió en una nación independiente, los sanmiguelenses le cambiaron el nombre a su ciudad, bella y próspera desde los tiempos virreinales, y la llamaron San Miguel de Allende, como ahora se le conoce. En las conmemoraciones de 2010 se rescató la casa que fue de la familia Allende, convertida en  museo. Desde hace mucho, entre los paisanos del militar, surgió el empeño de redefinir a Allende como el verdadero artífice del movimiento independentista que estalló en septiembre de 1810.

Los sanmiguelenses, junto con algunos historiadores, especialistas en el movimiento de Independencia, han dedicado energías y trabajo a explicar cómo Ignacio Allende  había dado claras muestras de sus fervores independentistas. Al rescatar los vínculos que tuvo Allende con las juntas conspiradoras de su ciudad y las relaciones que sostenían con los grupos de conjurados que operaban con discreción en Valladolid y Querétaro en 1809, la conspiración de 1810 se replantea como un eslabón más de un trabajo sostenido por la causa independentista.

Los debates por la revaloración de Allende, que para algunos significa demeritar a Hidalgo, y para otros ponerlos en igualdad de importancia, no han sido obstáculo para que en su patria chica se festeje, por todo lo alto, su natalicio, cada 21 de enero. Orgullosos, los sanmiguelenses grabaron, en un muro, en 1895, el que ha sido uno de sus empeños mayores:

“Esta ciudad siempre ha reclamado para su ilustre hijo don Ignacio Allende la gloria de haber sido el primer promovedor de trabajos efectivos para realizar la independencia de la Patria: una tradición constante así lo afirma y lo corroboran, además, pruebas fehacientes. El Ayuntamiento acordó se erigiera esta inscripción el 16 de septiembre de 1895.”

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