Cada profesión tiene su propio idioma - Consejo Consultivo de Ciencias | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 12 de Marzo, 2019
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Cada profesión tiene su propio idioma

Consejo Consultivo de Ciencias

Puedes reconocer la profesión de una persona que ha cursado una carrera universitaria por el vocabulario que utiliza. Así, una de las experiencias interesantes en la Facultad de Medicina fue aprender un nuevo idioma. Para poder adquirir el mundanal de conocimientos en las diversas materias, había que aprender muchas nuevas palabras. Los nombres de partes anatómicas, procesos fisiológicos, medicamentos y procedimientos quirúrgicos.

En anatomía aprendí que tenemos en el oído medio tres huesecillos minúsculos que se llaman martillo, yunque y estribo que sirven para transmitir las ondas sonoras a la membrana oval y me sorprendió enterarme que traemos un órgano en la parte alta e izquierda del abdomen que se llama bazo y que sirve para limpiar la sangre de microbios y destruir las células sanguíneas que ya están viejitas.

La fisiología fue también una fuente de palabras y conceptos nuevos. Potencial de membrana, que se refiere a la diferencia eléctrica que existe entre el interior y el exterior de las células.

La sinapsis, proceso por el cual una neurona se comunica con otra. Hiperkalemia, que se refiere a que la concentración del potasio en el suero rebase un límite máximo establecido. O bien, el reflejo condicionado, en el cual el sistema nervioso es capaz de anticipar un evento y prepara al organismo al respecto. Por ejemplo, secretar ácido clorhídrico en el estómago cuando sabemos que vamos a comer y así, estar listo para empezar a digerir los alimentos en cuanto lleguen. Para un compañero era muy confuso distinguir entre homeostasis, hematosis, hemostasia y hematemesis. A saber, respectivamente, el mantener el balance de líquidos y electrolitos en el cuerpo, el intercambio de gases en la membrana alveolar, detener una hemorragia, ya sea por mecanismos fisiológicos o manuales y la presencia de sangre en el vómito.

En el curso de microbiología aprendí el nombre de algunos microorganismos que se me antojaban muy elegantes, aunque la enfermedad que produjeran no lo fuera tanto. La Hymenolepis nana, que suena a nombre de señora de alta alcurnia, cuando en realidad es un helminto que produce una parasitosis similar a la de la famosa solitaria (Taenia solium). Qué decir de la Malassezia furfur, que parecería ser la vecina de Hymenolepis en las Lomas de Chapultepec, pero en realidad es el hongo que causa la caspa. La Bordetella pertussis y la Moraxella Catharrhalis se antojan como para completar el cuarto del juego de canasta de señoras elegantes en el café Tacuba a principios del siglo XX, pero en realidad son las bacterias causantes de la tosferina y de una especie de catarro, parecido a la influenza, respectivamente.

La farmacología no fue la excepción. Había que aprenderse el nombre de toda la farmacopea, que quiere decir, el cúmulo de medicamentos con los que contamos. La cefalosporina (antibiótico), el propanolol (antihipertensivo), la digoxina (tonificador cardiaco), la lidocaína (anestésico local) y la heparina (anticoagulante). Era divertido darte cuenta de lo apegados que podemos estar a un medicamento, sin conocer realmente qué es lo que contiene.

Una tía mía tiene una hija (mi prima) que vive en Nueva York. Cuando mi tía va para Nueva York, mi prima siempre le encarga que le lleve un antiinflamatorio cuyo nombre comercial es el Flanax (naproxeno) porque ése es el que a ella le funciona, mientras que mi tía le dice que, a su vez, por favor le consiga otro antiinflamatorio que sólo venden allá, pero que a ella le sirve mejor, cuyo nombre comercial es el Aleve (naproxeno). En esta rama de la ciencia médica no he dejado de aprender.

Cada año que paso visita durante un mes en un sector de internamiento del Instituto aprendo nuevos medicamentos, sólo que ahora de verdad que los hacen con nombres complicados. Hoy en día tenemos una farmacopea de anticuerpos monoclonales humanizados contra diversidad de proteínas del sistema inmune, cuyos nombres terminan todos con MAB (por monoclonal antibody), como adalimumab, rituximab, cetoximab, por dar unos ejemplos.

En la segunda parte de la carrera, la llegada a la clínica fue la que más nos llenó de terminología médica. Los síndromes o enfermedades de Conn, Cushing, Crohn, Chagas o la crioglobulinemia, sólo por mencionar ejemplos que inician con la tercera letra del abecedario. Una vez aprendidos los términos médicos como deben ser, también hubo que aprenderlos en el lenguaje de los pacientes. El espinazo, para referirse a la columna vertebral, la paleta cuando les duele la región del omóplato o las coyunturas para referirse a las articulaciones. En los últimos años, sin embargo, he tenido que aprender más palabras del área administrativa de las que hubiera deseado. Así, ya sé que para la administración, los jóvenes que cursan un doctorado no son estudiantes, son “recursos humanos”. A lo que no funciona o lo hacemos mal se le dice “área de oportunidad”. Que FODA es la técnica de valoración de potencialidades y riesgos organizacionales y personales, respecto a la toma de decisiones y al medio que afecta y que de ahí se desprenden las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas.

También me ha llamado la atención la insistencia y de hecho obligación actual de enunciar la “misión, visión y valores” de la Institución. Antes sabíamos qué queríamos hacer y cómo lo queríamos hacer, sin tenerlo que enunciar de esta manera. Prueba de ello fue la generación y crecimiento de grandes instituciones mexicanas como los Institutos Nacionales de Salud, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Colegio de México o el Instituto Mexicano del Petróleo.

Hoy en día cuando escuchas de un médico o de un científico palabras como las mencionadas en el párrafo anterior, sabes de inmediato que ese personaje tiene, además de su profesión original, funciones directivas que delata por su forma de hablar.

 

Dr. Gerardo Gamba
Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán y Unidad de Fisiología Molecular, Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM

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