EU negocia con los talibanes cómo salir de su Vietnam del Siglo XXI | La Crónica de Hoy
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EU negocia con los talibanes cómo salir de su Vietnam del Siglo XXI

Desgaste. Tras dieciocho años de guerra en Afganistán, el presidente Trump ha dicho “basta”, pero para tratar de sacar a sus tropas de allí ha tenido que sentarse a dialogar con la misma gente que disparó a Malala en la cabeza y demolió los milenarios budas de Bamiyán

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En marzo de 2001, mucha gente descubrió a los talibanes. Aunque llevaban cinco años gobernando Afganistán en medio del caos, el grupo radical wahabista saltó al foco mediático cuando, con grandes esfuerzos y a lo largo de días, logró hacer saltar por los aires a cañonazos los milenarios Budas del valle de Bamiyán. Eran un símbolo de la herencia del centro de Asia, combinación de culturas, religiones y pueblos, y de ellos sólo quedaron los agujeros excavados en las montañas donde se aposentaban las enormes e imponentes figuras.

Los talibanes los consideraron ídolos, y por tanto, siguiendo la interpretación más rígida del Corán, los demolieron, negándose a escuchar las súplicas de la comunidad internacional.

Esto fue medio año antes del 11 de septiembre, que desató la invasión de EU en Afganistán, que logró expulsar a los extremistas del poder y que dura hasta hoy, casi dieciocho años más tarde.

Aunque el ejército estadunidense logró expulsar a los talibanes, fundados en 1994, de Kabul, y recluirlos en su primer feudo, la zona sur de Kandahar, los extremistas nunca se rindieron, y a lo largo de la siguiente década se dedicaron a reagruparse para regresar con más fuerza.

UNA TRAMPA SIN FIN. Estados Unidos se dio cuenta de que Afganistán es un país extremadamente complicado de manejar, debido a su largo historial de guerras, la atomización de sus poderes locales, divididos en mil señores de la guerra, y a una orografía especialmente complicada, con cordilleras y más cordilleras atravesando el país.

Estas cordilleras sirvieron durante una década como escondite a Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda y artífice de los atentados en las Torres Gemelas de Nueva York. Y sirvieron también a sus aliados talibanes para recomponer un movimiento que ha pasado de tener 11 mil miembros en 2008, según estimó el ejército estadunidense, a 60 mil en 2014, según publicó Voice of America.

Aquel año Estados Unidos puso fin formalmente a la Operación Libertad Duradera, lo que en la práctica era la guerra de Afganistán, en la que participaron decenas de países bajo el mando de la OTAN a partir de 2006. El entonces presidente estadunidense, Barack Obama, se comprometió a dejar sólo unos 4 mil soldados en el país, que debían prestar asesoramiento al ejército afgano, ya completamente a cargo de toda la seguridad en el país.

Sin embargo, con los talibanes recuperándose y con la irrupción del Estado Islámico en Siria e Irak, pronto quedó claro que aquello no funcionaría, y Obama ya autorizó que su ejército participara en operaciones de combate de manera puntual. Que cada vez fue menos puntual.

UN DESGASTE INFRUCTUOSO. De hecho, incluso el actual mandatario, Donald Trump, autorizó en agosto de 2017 enviar 4 mil soldados más a Afganistán, cuando conservaba entonces 8 mil 500, y la cifra luego volvió a subir. Los 14 mil soldados actuales de EU en el país están lejos del contingente de EU y extranjero que había en 2012, cuando llegaba a 120 mil soldados, pero queda claro que la tendencia ha sido a mandar más soldados en los últimos años, a medida que los talibanes han ganado terreno al ejército afgano y al gobierno de Kabul.

Sin embargo, Trump está harto. Y más allá de cuestiones ideológicas, no es de extrañar. En más de 17 años, la guerra en Afganistán ha costado a EU la vida de más de 2 mil 400 soldados, y un escalofriante total de 900 mil millones de dólares, entre gastos militares y de infraestructuras, como la construcción de puentes, carreteras o centrales eléctricas.

Por ello, en diciembre de 2018 el mandatario estadunidense dio un golpe de timón, y anunció que retirará a 7 mil soldados de Afganistán, la mitad del total.

NEGOCIACIÓN CON LOS EXTREMISTAS. Pero para evitar causar una catástrofe, y permitir a los talibanes recuperar más ­terreno, la diplomacia estadunidense decidió sentarse a negociar con los talibanes. A la vez, los rebeldes extremistas no quieren saber nada del gobierno de Kabul, al que consideran ilegítimo, por lo que en primer lugar aceptaron negociar con Washington.

Una imagen que parecía imposible terminó produciéndose en enero de 2019, después de un año de declaraciones de intenciones y globos sonda. Estados Unidos quiere un alto el fuego, pero para ello, los talibanes exigen, además de una retirada de sanciones, la salida inmediata de las tropas extranjeras, algo que Washington desea, pero que no está dispuesto a conceder sin plenas garantías para el gobierno de Kabul.

Sin embargo, los talibanes se sienten con la fuerza de ver como su control sobre el territorio sigue aumentando; sólo en dos años ha pasado del 8 al 12 por ciento del total, mientras que el gobierno afgano ha pasado de controlar el 63 por ciento al 55.5 por ciento. El resto, está en disputa.

Este pasado martes concluyó la segunda ronda de negociaciones entre ambas partes, celebrada en Kabul. El representante estadunidense, Zalmai Khalilzad, aseguró que hubo “verdaderos progresos” de cara a lograr un acuerdo de paz y la retirada de las tropas de EU, pero nada concreto. El portavoz talibán, Zabihullah Mujahid, corroboró los avances pero destacó que “no se ha alcanzado ningún acuerdo respecto a un alto el fuego o charlas con la administración de Kabul”.

UN FUTURO SOMBRÍO. Puede pasar mucho tiempo antes de que las pláticas den frutos de verdad. Pero si esta paz termina llegando, será muy probablemente a costa de dar mucho poder a los talibanes, y de alguna manera, dejar las cosas cerca de donde estaban cuando EU entró en el país en 2001. Si esto ocurre, el régimen de terror de los extremistas volverá a cortar manos o brazos a los ladrones, a prohibir la música y los juegos, a obligar a los hombres a llevar turbante y barba pero, sobre todo, volverá a confinar a las mujeres en sus casas, a tapar las ventanas para que no sean vistas desde fuera. Les prohibirá trabajar en nada que no sea atendiendo a otras mujeres en el sector sanitario, les prohibirá reír o caminar rápido para que no hagan ruido, y por encima de todo, les prohibirá recibir educación. Al fin y al cabo ésa fue la razón fundamental por la que talibanes pakistaníes dispararon en la cabeza a Malala Yousafzai cuando, en 2012, regresaba de la escuela.

Si esto ocurre, dos décadas de guerra no habrán servido para prácticamente nada.

 

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