El mundo estremecido: así lo vieron los mexicanos de los años setenta | La Crónica de Hoy
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El mundo estremecido: así lo vieron los mexicanos de los años setenta

Muchos años después, quienes cambiaron los tradicionales libros de texto de Historia por los de Ciencias Sociales, contaron que uno de sus principales propósitos es que los niños de los años setenta encontraran, en esas páginas novedosas, la explicación a todos los sucesos que veían, cada jornada, en los noticieros de la televisión o que leían en la prensa. Y es que, en esos años, muchos de aquellos sucesos se parecían a lo que ocurría aquí, y algunos llegaron a tocar a la puerta misma de este país.

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Guerras, escándalos, golpes de Estado, prodigios y horrores: la condición humana, pero a gran velocidad. Eso era lo que los mexicanos, como tantos otros, podían ver por las noches, en los noticieros de televisión. Como si no fuese suficiente lo que se vivía internamente, hubo sucesos que conmovieron a los consumidores de información, fuera por lo insólito, por lo aterrador o por lo extravagantes que resultaron algunas de esas historias, varias de ellas, convertidas, casi cincuenta años después, hasta en películas taquilleras.

Porque insólito fue enterarse que parte de los 45 pasajeros del avión uruguayo que se estrelló en los Andes en octubre de 1972 había sobrevivido, y que, para lograrlo, y mantenerse con vida hasta que los rescataron,72 días después, se había visto obligados a alimentarse con parte de los cadáveres de las víctimas del choque del avión. La noticia de su salvamento, que dio la vuelta al mundo, tocaba uno de esos grandes tabúes culturales de occidente: se habló y se escribió, refiriéndose a ellos como “los supervivientes de los Andes”, y los que decidieron hacer a un lado el tacto hicieron alusión a ellos como “los caníbales de los Andes”.

Insólito y extravagante fue ver al gran pintor surrealista, Salvador Dalí, dejándose entrevistar por Jacobo Zabludovsky, a ese mismo Dalí que se paseaba por París, en aquellos días, llevando con correa a un aparatoso oso hormiguero.

Para un México sensibilizado en el tema de los movimientos radicales de izquierda, las guerrillas y los secuestros, resultó sorprendente fue enterarse del secuestro de un jovencito, nieto de uno de los hombres más ricos del mundo: John Paul Getty, pero la sorpresa no venía del hecho en sí mismo, ocurrido en julio de 1973, sino en el extraño final. El secuestrado, John Paul III, víctima de la delincuencia organizada, se convirtió en fallida moneda de cambio: sus captores pretendían un rescate de 17 millones de dólares, que, pensaban, para la familia sería como el pelo de un gato. No contaban con que los padres del muchacho vivían con modestia, y que el abuelo, con fama de austero rayano en la tacañería, se negaría a poner un solo dólar para salvar a su nieto.

“Tengo 13 nietos”, alegó el anciano Getty. “Si pago el rescate, después secuestrarán a los demás”. Durante semanas, la prensa de todo el mundo estuvo pendiente de los mensajes amenazantes de los secuestradores y de la pública resistencia del viejo millonario para recuperar a su nieto. Al abuelo no se le movió un cabello cuando llegó un ultimátum: le cortarían una oreja al chico si no había buena voluntad de la familia. El abuelo se mantuvo inconmovible y recibieron la oreja del muchacho. Toda esta historia era seguida en las casas mexicanas donde se veían noticias, casi como si fuera una de las telenovelas del momento. A fines de ese 1973, el viejo Getty decidió prestarle a su hijo casi todo el monto del rescate, a un módico interés de 4% anual, y él mismo aportó 2.2 millones. La cantidad, explicó, era la que podía proporcionar deduciéndola de impuestos. La tacañería y la escasa sensibilidad del anciano petrolero se volvió legendaria.

Como legendario, con un toque de novela, fue el caso de otra rica heredera, Patty Hearst, nieta de William Randolph Hearst uno de los magnates de los grandes medios de comunicación de la época. A la muchacha, de 20 años, la secuestró, del departamento de su novio, en febrero de 1974, una organización más bien pequeña, pero que, con el suceso se volvió mundialmente conocida: el Ejército Simbiótico de Liberación, que pidió como rescate una donación de comida, “para los pobres”, por 6 millones de dólares. Pero aun cuando la demanda fue satisfecha, Patty no volvió a casa.

Un par de meses después, Patty fue reconocida durante un asalto bancario: empuñaba una metralleta y formaba parte del grupo. Entonces, su caso se volvió escándalo mundial. Se supo que ya no se llamaba Patty, sino Tania, en homenaje a una guerrillera argentina, Tamara Bunke, que con ese mismo sobrenombre se había unido a las acciones del Che Guevara en Bolivia. También se supo que parecía estar muy convencida de sumarse al Ejército Simbiótico de Liberación. La policía estadunidense capturó a Patty y a varios de sus compañeros al año siguiente, en septiembre de 1975 y se le llevó a juicio. “Me lavaron el cerebro”, declaró la muchacha, y su frase fue nota de primera plana en los periódicos de todo el mundo. Con los años, después de que el presidente Jimmy Carter redujo su condena, la muchacha Hearst se convirtió en el ejemplo más preciso de lo que hoy se conoce como Síndrome de Estocolmo.

Si se preguntara cuál caso estremeció a los televidentes de todo el mundo, muy probablemente el asesinato del cineasta italiano, Pier Paolo Pasolini, ocurrido en noviembre de 1975, sería un serio finalista. Con un autor confeso, un muchacho de 17 años Giuseppe “Pino” Pelosi, la investigación del homicidio, brutal y violento, ocupó, durante semanas, espacio en los principales noticieros televisivos mexicanos. A Pasolini se le conocía en México por algunas de sus películas, como “El Decamerón” o “Los Cuentos de Canterbury”, siempre exhibidas con el estricto marbete “Solo adultos”, y la homosexualidad del cineasta, uno de los factores que, aparentemente, influyeron en el crimen, no fue obstáculo para que el tema se mantuviera por semanas en los materiales periodísticos de un México que aún tenía facetas conservadoras.

Ese fue el México que, por televisión, vio terminarse la guerra de Vietnam; que leyó como nota de primera plana, antes que un tema local, el conflicto árabe israelí de octubre de 1973, la Guerra del Yom Kippur. Ese México que se enteró, en 1972, del allanamiento de las oficinas del Partido Demócrata estadunidense, y de cómo aquel suceso creció hasta convertirse en el caso Watergate, vio renunciar, de manera insólita, al presidente Richard Nixon, y los seguidores de John Lennon entendieron un poco más por qué en su LP –esos discos que hoy los jóvenes llaman “vinilo”-  “Imagine”, aparecido un año antes de Watergate, en 1971,el ex Beatle se refería a Nixon como “Tricky Dicky”: Ricardito el Tramposito.

LOS GOLPES DE ESTADO, LAS DICTADURAS MILITARES. 

Asombro es la palabra que remite a lo que muchos mexicanos experimentaron una noche de septiembre de 1973, cuando vieron por televisión el bombardeo aéreo al Palacio de la Moneda, asiento de la presidencia de Chile. Así se terminaba la experiencia socialista de aquel país, y, poco a poco, por medio de la televisión, el horror del golpe militar fue conocido en todo el mundo. Muchos mexicanos sabían quién era el presidente Salvador Allende, que había estado de visita en México, y a quien el presidente Echeverría había tratado con calidez y cercanía. Pocas horas después del ataque a La Moneda, el cuerpo del presidente fue sacado del recinto, cubierto con algo que parecía un sarape.

La brutalidad del golpe militar empezó a revelarse y a escandalizar a los sectores ilustrados de muchos países latinoamericanos; a los mexicanos de a pie no dejó de conmoverles la narración cotidiana que la prensa hacía de aquella tragedia: Augusto Pinochet, con anteojos oscuros, se convirtió en foto de primera plana, y se supo de persecuciones, de fusilamientos, de desapariciones, de quema de libros. El embajador mexicano en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá, se convirtió, sin saberlo, en héroe; en ese héroe del que sus paisanos sabían por los noticieros, y que acogió en su casa, al día siguiente del golpe, a la familia de Salvador Allende; que recibió a más de 300 perseguidos en la embajada y que, entre el 15 de septiembre de 1973 y junio de 1974, logró sacar de Chile, en cinco aviones fletados por el gobierno de Luis Echeverría, a 756 personas.

Aquellos 756 refugiados vinieron a México. A muchos, el gobierno federal les halló acomodo, como académicos, en las instituciones de educación superior. A los chilenos siguieron los argentinos, los bolivianos, los uruguayos que venían huyendo de las persecuciones desatadas en sus países por las dictaduras militares. Aquí se quedaron, aquí algunos se hicieron adultos y otros tuvieron hijos y envejecieron. Algunos dejaron el corazón en sus países, y otros resolvieron mexicanizarse desde el momento en que bajaron del avión que los trajo.

Volvieron a empezar. A ratos, en el discurso de calidez oficial con el que habían sido recibidos, saltaba por ahí un inquieto, un inconforme: habiendo tantas necesidades, tal vez a los refugiados les estaba yendo demasiado bien. Pero en el trajín de la vida diaria, los recién llegados se volvieron parte de la vida diaria: dieron clases, hicieron música, escribieron, hicieron caricatura y cartón. Se volvieron parte de la historia de los agitados años setenta mexicanos.

¡POR FIN SE MURIÓ FRANCO!

En septiembre de 1975, en lo que ahora se ve como una maniobra un tanto artificial del gobierno echeverrista, las comunicaciones y los intercambios económicos y culturales con España se interrumpieron. ¿la causa? la condena a muerte de un grupo de activistas, contrarios a la dictadura franquista. Serían ejecutados con un mecanismo añejo y brutal: el garrote vil. La prensa mexicana estuvo pendiente del proceso, y de las presiones que el gobierno inició para promover el indulto, estrategia que, ciertamente, fue ineficaz.

La “suspensión de intercambios”, ciertamente, era una pirueta conceptual del gobierno mexicano, pues, de hecho, y desde los tiempos de la Guerra Civil, en los años 30 del siglo XX, mantenía el reconocimiento al gobierno de la república española y nunca había reconocido a Francisco Franco como cabeza del Estado español. “Es una estrategia para ejercer presión a través de la ONU”, explicó el presidente Echeverría. Pero Franco, que vivía los últimos meses de su vida, no se ablandó ante la presión y la crítica mundial.

Cuando el viejo dictador murió, el 20 de noviembre de 1975, muchos de aquellos viejos refugiados españoles, que habían reconstruido su vida en nuestro país, festejaron: “¡por fin se murió!”, y todos aquellos que, desde su llegada a México, tres décadas y media atrás, hacían votos, cada año nuevo, porque “esta vez sí se muere Franco”, sintieron que podrían dormir mejor. De cualquier manera, muchos de ellos ya estaban bastante mexicanizados.

 

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