El totalitarismo: una advertencia - José Fernández Santillán | La Crónica de Hoy
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El totalitarismo: una advertencia

José Fernández Santillán

Cuando el Ejército Rojo tomó Berlín y estaba a unas pocas cuadras del Búnker de Hitler, éste se suicidó junto con su amante, Eva Braun (30 de abril de 1945). La toma de ese sitio representó la caída del último reducto nazi. El acta de capitulación fue firmada el 8 de mayo de 1945 en Karlshorst, Berlín. Stalin, en cambio, falleció en su cama el 5 de marzo de 1953, en Kuntsevo Dacha. La muerte fue lo único que pudo separarlo del poder que tomó desde que ascendió al puesto de Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1922.

¿Por qué hago estas referencias históricas? Porque aun siendo ideologías opuestas, el nazismo y el comunismo dieron pie a una forma de dominación inédita: “el totalitarismo difiere esencialmente de otras formas de opresión política que nos son conocidas, como el despotismo, la tiranía y la dictadura.” (Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Alianza Editorial, 2016, p. 617). Como dice esta autora, las constituciones bajo las que los hombres vivieron durante largo tiempo fueron tempranamente descubiertas por los griegos, y mostraron ser extremadamente longevas; pese a las muchas variaciones, la tipología de las formas de gobierno no cambió en los dos mil quinientos años que separan a Platón de Kant.

Salvo raras excepciones, la política siempre fue concebida como sinónimo de conciliación, de búsqueda de la armonía para beneficio de la colectividad y de los sujetos que formaban parte de ella.

No obstante, aparecieron corrientes de pensamiento que, por el contrario, contemplaron a la política como conflicto.

Esa fue la posición adoptada por las doctrinas racistas al estilo de las enarboladas por Gobineau, Houston Stewart Chamberlain y Alfred Rosenberg. También el marxismo, pensamiento inspirador de la revolución bolchevique, entiende a la política como confrontación, pero no de razas sino de clases sociales.

Para el totalitarismo de derecha el enemigo a vencer es una raza previamente identificada, como los nazis hicieron con los judíos; para el totalitarismo de izquierda el enemigo a vencer es la clase opresora, es decir, la burguesía.

El hecho es que Hitler y Stalin, a pesar de su muerte, lograron contaminar del virus del totalitarismo a mucha gente. Ese mal o una cosa parecida renace en nuestra época: “Por ello puede ser erróneo suponer que la inconsistencia y el olvido de las masas significa que se hayan curado de la ilusión totalitaria. Ocasionalmente identificada con el culto a Hitler o Stalin; lo cierto puede ser todo lo contrario.” (Ibidem., p. 432)

Ya había llamado la atención sobre los vasos comunicantes entre el populismo y el totalitarismo (ver, Id., “El fascismo: una advertencia”, La Crónica, 5 de abril de 2018).

Vale la pena insistir: hay diversos enlaces entre el populismo y el totalitarismo. Por ejemplo, la concepción ya mencionada sobre la política. La ola populista (sea de derecha  o sea de izquierda) que se registra hoy en muchas partes del mundo tiene como una de sus características fundamentales el ver a la política como una disputa entre la élite (“la mafia del poder”) y el pueblo (encarnado en el líder).

Por tanto, el Estado no sirve para armonizar los conflictos sociales o las disputas entre diversos grupos y corrientes; el Estado populista, al igual que el Estado totalitario, sirve para desaparecer cualquier vestigio de democracia; vale decir, la supremacía de la ley, la división de poderes, el sistema de partidos, la libertad de prensa y las organizaciones civiles.

Dice Hannah Arendt: “Se ha señalado frecuentemente que los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirlas.” (Ibid., p. 440)

El populismo y el totalitarismo se parecen en su vocación destructora: las instituciones existentes, el desprecio por el sistema jurídico, la lealtad cívica. En su lugar su infunde el culto al líder, al partido, al movimiento, el fanatismo, la intolerancia y, en consecuencia, la polarización de la sociedad entre leales y desviacionistas. En el caso de México, entre juaristas y conservadores.

Un punto más de convergencia entre ambos sistemas es el ensalzamiento del líder: “La calificación principal de un líder de masas ha llegado a ser su infinita infalibilidad; jamás puede reconocer un error.” (p. 483)

Y aquí se entrecruzan el papel del líder con la propaganda: el efecto propagandístico de su figura y sus dichos lo presentan como intérprete de la historia pasada y futura. Anuncia sus intenciones político-gubernamentales como profecías.

Tanto la propaganda populista como la propaganda totalitaria tienen el propósito de borrar las fronteras entre los hechos y la ficción, entre la verdad y la falsedad. Como prueba están lo que hoy llamamos “noticias falsas” (fake news) o “hechos alternativos”: “El objeto ideal de la dominación totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción y la distinción entre lo verdadero y lo falso.” (Ibid., p. 634).

El antídoto—sostiene Arendt—frente a este embate en la suprema capacidad del hombre de ejercer el pensamiento crítico, defender su libertad.

 

Twitter: @jfsantillan
Mail: jfsantillan@tec.mx

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