Dualidad y contradicción

Guillermo Puente Ordorica

Para los que no se lo tomaron en serio cuando era un estridente y disparatado candidato a la presidencia y no le veían mayores posibilidades de ganar las elecciones, la primera lección del actual inquilino de la Casa Blanca fue demostrarles que estaban equivocados al ganar la Presidencia. Ya en el poder, la opinión generalizada apuntaba a que, dada su incapacidad de entender el mundo y a su obsesión por deshacer toda obra de su antecesor y retirar a su país de tratados y foros internacionales, no buscaba sino el aislamiento de su país. Esas opiniones lo ­subestimaron. Al parecer lo que está en el fondo de la propuesta que enarbola el consabido lema de batalla “Hacer América grande otra vez” (Make America Great Again) no se refiere realmente tanto a buscar aislar al país como a subrayar su autoridad en el mundo. No es aislacionismo sino un rancio imperialismo. Los imperios no negocian, dan órdenes. No hay pares sino súbditos.

En su libro Tiempo Nublado, Octavio Paz advertía que el país estadunidense mantiene una dualidad profundamente contradictoria como esencia de su ser nacional, al ser al mismo tiempo una democracia y un imperio. Ello se veía reflejado en sus dinámicas políticas, económicas y sociales internas y externas. Partiendo de lo certero de esa observación, parecería que el presidente estadunidense y el grupo que representa, tendría interés en resolver esa contradicción con una dosis de autoridad superlativa, dificultando el equilibrio de poderes sobre el que se basa el régimen interno de su país, y también hacia el exterior dictando los términos de la convivencia.  Su contencioso con la prensa, los poderes legislativo y judicial de su país, así como su línea política favorable a los sectores más reaccionarios y supremacistas parecen apuntar hacia esa meta. Por estos días, esta trama se ha extendido a lo que analistas y congresistas consideran ha abierto una crisis constitucional, ante la reticencia y los obstáculos puestos por el mandatario a la supervisión que corresponde al Congreso en las investigaciones emprendidas sobre su pasado fiscal y su presente político.

El tono con el que trata a los aliados tradicionales de Estados Unidos en las diferentes regiones del mundo, así como la dirección que pretende imprimirles es emblemático de esfuerzos tendientes a la autoridad y no a la negociación. El capítulo sobre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el Grupo de los Siete (G-7) o sus opiniones sobre el brexit y el papel de Reino Unido en la Unión Europea, tal vez representen los ejemplos más paradigmáticos en ese sentido. A sus vecinos fronterizos les ofrece maltrato, ni qué decir de los que considera sus adversarios en América Latina, Oriente Medio, Asia y otras latitudes. A los frentes internos en su país, mantiene varios canales de conflicto externos que van desde la migración y su idea de un muro en su frontera con México, la ofensiva política y diplomática contra Venezuela y Cuba (en defensa de la libertad y la democracia, lo que sea que ello signifique para él) como su actitud hostil en Oriente Medio y su abierto respaldo a las posiciones más duras del gobierno israelí, sin olvidar la creciente presión al gobierno iraní y el abandono del acuerdo nuclear. En ese inventario también están los intentos (resulta difícil hablar de una política diseñada) de someter la voluntad disruptiva de Corea del Norte en su búsqueda de armamento nuclear. No puede dejar de mencionarse el pulso que sostiene con Rusia respecto de ciertos arreglos internacionales en materia de regulación de armas de destrucción en masa, como el Tratado para la Eliminación de Misiles de Corto y Medio Alcance (Tratado INF), entre otros, y desde luego, la disputa comercial que mantiene con China, la cual tendrá importantes repercusiones para la economía internacional.

La unilateralidad de sus decisiones no parece encaminada a aislar sino a subrayar su autoridad en lo interno y la de su país en lo externo de su país. Es difícil pensar que el mundo en sus actuales circunstancias de interdependencia pudiera dar cabida en su devenir a un nuevo orden tan unilateral como el que parece proponer el trumpismo; lo que no puede descartarse es que busque sembrar y poner los cimientos de un nuevo tipo de autoritarismo dentro y fuera de su país.

 

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