El aborto es una tragedia necesaria

Marcel Sanromà

Esta semana, el aborto volvió a encontrarse en el foco mediático, especialmente de Estados Unidos, a raíz de las nuevas leyes híper-restrictivas que están aprobando varios estados gobernados por republicanos en el país. El caso más alarmante es el de Alabama, que penalizará todo aborto en cualquier punto de la gestación y en todos los casos, excepto en el de que el embarazo suponga un riesgo para la vida de la madre. Todo, con el objetivo de que el caso llegue al Tribunal Supremo y éste, ahora con mayoría conservadora, ilegalice el aborto en todo el país.

Si bien en la mayoría de Europa occidental el derecho de las mujeres a interrumpir su embarazo en fases tempranas de la gestación prácticamente no despierta discusión en el debate público, en la mayor parte del mundo, y especialmente en América, es un tema candente.

Los partidarios de prohibir el aborto han logrado una importantísima victoria mediática, la de haber logrado etiquetarse como “pro-vida”, como si los demás fueran algo así como “pro-muerte” y se alegraran de la pérdida de una futura vida. Una falacia absoluta.

Creo que nadie celebra un aborto. Un aborto es siempre una tragedia, una situación que genera un enorme estrés emocional en la mujer y deja una marca de por vida, por pequeña que sea.

Pero un aborto no es sólo un feto que nunca verá las maravillas y las desgracias de la vida, es consecuencia de los fracasos de nuestra civilización. Siempre. Cuando se trata de un embarazo fruto de una violación, es el fracaso de la sociedad a la hora de erradicar el machismo y la cultura de la violación, que empuja a millones de hombres en el mundo a creer que pueden disponer de cuerpo de una mujer sin preguntar.

Si es un embarazo no planeado, es el fracaso de la sociedad a la hora de enseñar educación sexual a los niños y a los jóvenes, y a la hora de lograr ver el sexo como un tabú y pasemos a verlo como algo natural, parte de la vida de todos los seres humanos.

Sea cual sea la razón, detrás de un embarazo que se desea interrumpir, en el centro del debate se encuentra la cuestión de qué importa más: la vida que se está gestando o el derecho de la mujer a hacer con su cuerpo lo que le parezca conveniente; no sólo para abortar, también para coger, amar, tatuarse o bailar.

Los religiosos consideran que por encima de todo hay que defender la vida, misma razón por la que se oponen a la eutanasia, pero parten de una base errónea, y es que un cigoto no es una persona, y por tanto no tiene derechos. Lo explicó perfectamente el reputado especialista mexicano en biología evolutiva, Antonio Lazcano, hace un par de meses: “Un cigoto está vivo y es el resultado del proceso de fecundación, pero es a partir del momento en que aparece el sistema nervioso, entre las semanas 12 y 16, que ya hablamos de una persona”. “En las primeras semanas de embarazo un cigoto es una masa de células vivas, pero no una persona”, insistió Lazcano. “Hay veces en que el cigoto se vuelve incluso una masa amorfa tumoral que no es persona”, añadió.

Por tanto, no hay absolutamente ninguna razón biológica, científica, para impedir un aborto por razones éticas antes de la semana 12 de embarazo, lo que reduce los argumentos de los religiosos a la irracionalidad y pone en evidencia su desprecio a la ciencia.

Pero es importante tener una visión más amplia sobre la problemática de aborto. No se trata sólo de impedir que el mundo se llene de familias desestructuradas, llenas de infelicidad.  Se trata de hablar de pobreza y de riqueza, porque a menudo las familias que se ven condenadas a ver cómo su tamaño crece sin voluntad, son las de menores recursos, porque quien puede logra el aborto, sea legal o no. Hay que hablar de la clandestinidad a la que cada año recurren miles de mujeres para abortar y los peligros que entraña.

Este mismo marzo, una joven argentina de 30 años, madre de dos hijas, murió tras intentar practicarse un aborto clandestino introduciéndose una rama de perejil en la vagina, lo que le provocó una infección generalizada, según publicó el diario Página 12.

En una sociedad racional donde la evidencia científica tuviera el peso que merece y las creencias basadas en la fe y no en la razón quedaran estrictamente relegadas al ámbito privado y personal, el derecho de toda mujer a practicarse un aborto no se discutiría.

 

marcelsanroma_gmail.com

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