La primera manifestación estudiantil | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Domingo 19 de Noviembre, 2017

La primera manifestación estudiantil

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NOVENA PARTE

El 68 explicado a los jóvenes

La conversación con mis alumnos continuó y ellos manifestaron interés en saber sobre cómo se desenvolvió la acción estudiantil en los días siguientes.

—El fin de semana (sábado 3 y domingo 4 de agosto), les dije, hubo gran actividad en las escuelas en huelga: se preparaban mantas, pancartas, banderas, etc. En las escuelas se echaron a andar los mimeógrafos y comenzó la producción masiva de volantes. Reinaba una gran euforia. El lunes 5, por la mañana, las asambleas estuvieron rebosantes de alumnos y estallaron las discrepancias entre los estudiantes que apoyaban la huelga y aquellos que se oponían a ella. Fueron debates encendidos que, en la mayoría de los casos, los ganaron quienes apoyaban la huelga. Estas escenas se repitieron en numerosas escuelas del IPN y de la UNAM. Las discusiones se propagaban y los estudiantes se familiarizaban rápidamente con palabras como “libertad”, “autoritarismo”, “autonomía”, “democracia”, “justicia”, etc. Había un ambiente de huelga y movilización. En la Facultad de Ciencias se organizaron comisiones de propaganda, de información, de brigadas, de finanzas, etc. Al redactar un volante, al hablar en público, dialogar en grupo, levantar un acta, los estudiantes en realidad adquirían habilidades cívicas elementales y todo esto en medio de un ambiente alegre y solidario.

Mónica me interrumpió:

—¿Y qué hacían los que se opusieron a la huelga?

—Pues esos, yo creo, tras perder el voto de la asamblea se fueron a su casa. Ese día la movilización de estudiantes fue, realmente, enorme y eso lo comprobamos esa tarde al llegar a Zacatenco: en el acceso al lugar, tropezamos con decenas de autobuses rebosantes de jóvenes que coreaban las porras del IPN y de la UNAM. Fue, además, una tarde luminosa con cielo despejado. Alrededor de las 17 horas comenzó a integrarse la columna de manifestantes con contingentes por escuela, de forma alternada, es decir, un contingente del IPN era seguido por otro de la UNAM. Al frente de cada grupo iban los líderes estudiantiles. En cada costado de la columna se formaron cordones protectores con jóvenes que se tomaban de la mano. El ambiente era de entusiasmo indescriptible, los estudiantes organizados ahora bajo las siglas del CNH iban a manifestar desde Zacatenco hasta el Casco de Santo Tomás, una distancia realmente corta (unos 8 kilómetros) pero esa caminata adquiría una significación política enorme. Fue una prueba de fuego y un ejercicio crucial de autoafirmación. Prueba de fuego por el hecho de que se iba a salir a la calle sin contar con permiso oficial, —algo inconcebible hasta ese momento—y ejercicio de autoafirmación porque el movimiento apenas nacía y necesitaba probarse a sí mismo. Los estudiantes estaban desafiando a las autoridades y en un estado autoritario, como el mexicano, ese desafío entrañaba graves riesgos, principalmente, el de la represión.

—Eso significa que había miedo—Comentó Estrada.

—En efecto, había miedo. Y no poco. Desde que la manifestación inició su recorrido se percibió la tensión en el ambiente, la gente escrutaba las bocacalles esperando ver a la policía, pero a medida que avanzó la gente fue cobrando confianza y el entusiasmo y la energía se hicieron patentes. Cada metro, cada cuadra, que se avanzaba era vivido como una victoria. (Ahora, debo menciona un hecho previo. En la salida de Zacatenco –que fue el punto de arranque de la manifestación—se hallaba otro grupo se estudiantes; eran los seguidores de la FNET que trataban de hacer una manifestación alterna a la del CNH, pero, al darse cuenta de que su grupo era muy pequeño, sus miembros optaron por integrarse a la marcha mayor. No hubo conflicto alguno. La manifestación del lunes 5 de agosto se desarrolló en una línea de ascenso constante; al principio hubo que resolver diversos problemas logísticos: por ejemplo, dado que no había policía, cuando la columna llegaba a una esquina, brigadas de estudiantes se ocupaban de detener la circulación de vehículos y otros grupos se adelantaban a la marcha pidiendo a los comercios que cerraran sus puertas pues se temía que hubiera tropelías o vandalismo por parte de provocadores. A media ruta, la marcha mostraba gran energía, no obstante, al llegar a Calzada de los Misterios, hubo un acto estúpido de provocación: dos camiones militares irrumpieron por un costado de la columna provocando la reacción airada de la multitud que comenzó a corear: “¡Libros sí, militares no!” “¡Libros sí, militares no!”. No hubo, por fortuna, más incidentes. 

—¿Cuáles fueron las consignas que se corearon en la marcha? –Preguntó Eliseo.

—Hubo muchas. Debo decir que detrás del primer contingente de la manifestación (compuesto principalmente por maestros) venía una manta con la frase: “Ninguna autoridad se justifica imponiendo orden con el desorden” y enseguida venía otra con el lema “Respeto a la Constitución y a las garantías individuales”. Y a lo largo del recorrido los estudiantes repitieron, con ritmo, expresiones como “¡Únete pueblo!”, “Prensa vendida!”, “¡Democracia y libertad!”. La emoción colectiva era embriagante: los gritos y las voces provenientes de los diversos contingentes se mezclaban, a veces con coherencia y otras con una confusión indescriptible. Manifestar es una fiesta, una ruptura momentánea con la vida rutinaria. Las consignas del día 5 de agosto eran sencillas, eran críticas contra los granaderos, contra los jefes de la policía, contra la FNET, contra el regente de la ciudad, contra los militares, contra la prensa y a favor de la unidad entre politécnicos y universitarios. Cuando la manifestación llegó a la altura de la Unidad Nonoalco-Tlatelolco, una vez más (como ocurrió en el multifamiliar Miguel Alemán en la manifestación del rector), la gente volvió a asomarse a las ventanas para aplaudir a los manifestantes y cuando la cabeza de la columna llegó a su meta, la Plaza del Carrillón, hubo una explosión de júbilo, se inició una fiesta de triunfo, con porras, gritos y cantos. Uno a uno los contingentes desembocaron en la plaza hasta llenarla y desbordarla. Pasó mucho tiempo antes que llegara el último grupo. Enseguida se inició el mitin anunciado. El maestro de ceremonias pidió a la multitud un minuto de silencio por las víctimas de la represión. Luego, vinieron los oradores que pronunciaron discursos en los que se repitieron, una y otra vez, las seis demandas del pliego petitorio y se recordó repetidamente el plazo de 72 horas que se daba a las autoridades para que dieran respuesta a las demandas. De no hacerlo, el movimiento se volcaría hacia el resto de las instituciones de educación superior buscando estallar una huelga nacional. Este fue el primer mitin del CNH. Fue un primer ejercicio y probablemente los discursos que se pronunciaron no tuvieron la unidad y la coherencia deseable y, todavía más, es posible que reflejaron ya, aunque esquemáticamente, las diferencias de opinión que dividirían más tarde al movimiento estudiantil. Por ejemplo, en ese primer mitin hubo, junto a los esfuerzos de unos por introducir racionalidad y sentido al momento político que se vivía, conductas de oportunismo y de provocación por parte de otros.

Pero eso fue pecado menor frente al éxito de la manifestación. Es verdad que el acto no repercutió tanto en los medios de comunicación –recuérdese que estaban sujetos a un férreo control gubernamental--: la televisión nada dijo y los periódicos, en su mayoría, disminuyeron la significación del evento. El diario El Día, que era visto por los estudiantes como el más progresista, apenas dedicó unas líneas a la manifestación. Pero, en cambio, el acto del día 5 produjo en la masa estudiantil un sentimiento de seguridad y de identidad. Se puede decir que a partir de ese momento el movimiento estudiantil se inició. 

 

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