“Cambió la vida de Yucatán y Campeche”: huella de Cabalán Macari | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 19 de Julio, 2018

“Cambió la vida de Yucatán y Campeche”: huella de Cabalán Macari

En la vida empresarial y económica del país, la comunidad aporta personajes que se ganan el cariño de la comunidad; dejan huella en una colonia o incluso en una región del país. La iniciativa de este inmigrante revolucionó la vida económica de toda la península

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Teté Cuevas, antropóloga, es rotunda: “Cabalán Macari transformó la vida en Yucatán y Campeche”. Ella, cronista de la comunidad libanesa asentada en la región, y desde Mérida, habla para Crónica de un empresario inmigrante que en su época gozó de fama y apreció mucho más allá de la península yucateca, donde labró su proyecto de vida, creó fuentes de trabajo y después se dedicó a tareas filantrópicas. Su nombre no se ha olvidado: está en la memoria, en la vida cotidiana, en la historia económica de la zona. Hoy, en Hecelchacán, Campeche, funciona una escuela federal que lleva su nombre. Si se ha de contar la historia de inmigrantes que gracias a su trabajo dejan huella en la vida de todos los días, la fama de Macari fue larga y positiva.

Tomás Arnabar Gunan, cronista que, siendo muy jovencito, conoció al empresario Macari, dedicó años a recuperar testimonios que explican su importancia y su trascendencia. Radicado en Campeche, asegura a Crónica que nunca, nunca, se topó con alguien que hablara mal de ese hombre que nació en Líbano hacia 1890 y que pisó tierra mexicana despuntando el siglo XX, en 1903. El resultado de sus trabajos fue un libro, El Midas peninsular: Cabalán Macari Tayún. Y asegura que el título describe a la perfección al personaje.

“Fue un ejemplo de industrial en Campeche y Yucatán”, asegura Arnabar. “El negocio de la cordelería, de la industrialización de la fibra del henequén, crecieron gracias a sus ideas; intensificó la ganadería y, en ese proceso, en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, buscaba forrajes adecuados. En esos trajines, supo que en Puerto Rico había un ingenio, con toda su maquinaria, listo para trasladarse a Estados Unidos. Pero en la guerra, los gringos finalmente no lo quisieron, y don Cabalán lo consiguió y lo trajo a Campeche en esa época, cuando las comunicaciones y los viajes por mar eran tan difíciles. Así nació el Ingenio La Joya, que le dio  trabajo a mucha gente del municipio de Champotón. Él solía decir “aquí, el que no tiene dinero es porque no quiere trabajar”. Él se jugó mucho con el ingenio y le dio excelentes resultados”.

La Joya aún existe. “Con el tiempo, lo compraron empresarios veracruzanos, que en su tierra son importantes productores de etanol”, narra Arnabar. “Creí que dedicarían el ingenio a producirlo, pero no. Hoy en día sigue produciendo, de manera creciente,  azúcar de caña.  En alguna época, don Cabalán se sentaba a mirar cómo caía, en cascada, el azúcar granulada recién producida.”

MIRADA DEL EMPRESARIO LIBANÉS

Como muchos de los inmigrantes libaneses,  el muy joven Cabalán Macari, establecido en Yucatán, se dedicó, en ese lejano 1903, al comercio. Pero, si algo ha caracterizado a la comunidad que llegó a México, fue el empeño y la tenacidad para, poco a poco, irse construyendo un futuro. Una mirada inquieta debió ser la de aquel joven, que llegó a la conclusión de que el auge de la explotación henequenera de aquellos días podría ser, incluso, mayor, si se industrializaba el famoso “oro verde” de la península yucateca.

En una sociedad donde la estamentación social ha sido tan rígida, durante siglos, el joven libanés fue involucrando a otros empresarios locales. De esa manera nació San Juan, una cordelería que transformó radicalmente el panorama de la producción del henequén. Antes del surgimiento de San Juan, la fibra del henequén salía de los puertos de la península sin procesamiento. “La gente se refería a la fibra como “sisal”, como uno de los puertos desde donde se sacaba de Yucatán”, cuenta Arnabar.

La fortuna de Cabalán Macari comenzó a crecer. Hubo otras cordelerías: Sisal y La Industrial. Si el henequén había sido el don natural, el regalo con enorme potencial que los habitantes de Yucatán recibieron, fue un libanés, dispuesto a darle todo a México, el que le agregó valor y mirada práctica a ese patrimonio regional.

La industria de la cordelería fue el punto de partida. Pero en la península, se reconoce a Macari como el impulsor de la actividad ganadera, una tarea no menor, si se consideran las condiciones de los suelos yucatecos. “Estas tierras son pedregosas. En los muchos años de colonización, siempre se dijo que no eran aptas para el desarrollo ganadero”, cuenta Teté Cuevas. “pero Cabalán Macari era conocedor de la tierra, un aprendizaje que trajo consigo del Líbano. Viajó para conseguir los pastos adecuados, los que se adaptaran exitosamente al suelo del oriente de Yucatán.  De esa manera creó grandes pastizales. También trajo sementales y así empezó a fortalecer el ganado que se tenía aquí. Demostró que la ganadería podía ser exitosa aquí, cuando los hacendados y los mestizos llevaban años repitiendo que no era posible desarrollarla”.

HOMBRE QUERIDO, “UN TIPAZO”

Los testimonios familiares cuentan que, cuando Cabalán Macari falleció, en 1962, en la ciudad de México, y se trasladó su cuerpo a Yucatán para darle sepultura, la despedida de todos los que lo conocieron —sus colaboradores y empleados o simplemente algún fragmento de sus vidas se benefició de las iniciativas o de la generosidad del empresario— tomó tres días más.

“Yo lo vi. Fue algo impresionante”, rememora Tomás Arnabar. “Desde La Joya fueron  sus trabajadores a velarlo y despedirse de él. La verdad es que era queridísimo en Yucatán; allá donó una escuela que vino a inaugurar el presidente Adolfo López Mateos, y aquí en Campeche hay  otra escuela que lleva su nombre. La gente del Ingenio la Joya lo adoraba, porque siempre estaba pendiente de ellos; hasta les hizo una pequeña clínica para que se atendieran de sus problemas de salud. Alguna vez el hijito de un trabajador se puso mal, y lo mandó a Campeche, en su camioneta y con su chofer, para que lo atendieran. De ese tamaño era don Cabalán: donde hacía falta, él ayudaba”.

Esa ayuda, ese “todo por México” que otros libaneses mexicanos han convertido en su línea de vida, era cosa de diario para Macari. “Abrió los caminos en torno a La Joya, que le interesaban para abrir sus cultivos de caña y el puente de madera que durante más de 30 años comunicó Champotón con Paraíso, también se hizo porque él ayudó.”

 “La verdad es que era un tipazo”, asegura el cronista Arnabar. “Fue capaz de romper las barreras que la división social han existido por muchos años en Yucatán; era bien recibido en todas partes. Los henequeneros lo apreciaban porque impulsó la cordelería y ellos pudieron ganar buen dinero; transformó la vida económica de la región; la gente lo quería porque tenía mucho sentido social. Tengo noticia de que en la zona de El Carmen también mandó hacer una escuela. Él cambiaba las llantas de su camioneta con frecuencia, porque se movía mucho y tenía que ver por su seguridad. Entonces, llegaba a la plaza grande en Mérida y remataba las llantas, que aún estaban bastante buenas. Cuando llegaba, los taxistas ya estaban allí, esperándolo para comprarlas.”

El cronista asegura haber visto, durante años, cómo en las ofrendas del Día de Todos los Santos, cuando se ponen los retratos de los seres queridos que han fallecido, en muchas casas se colocaba el retrato de Cabalán Macari.

“¿Cómo no iba a ser así, si no había nadie que se le acercara y no recibiera ayuda? Él inventó aquí los desayunos escolares, y en su tierra también hizo muchas cosas. Cada año viajaba al Líbano y allá también ayudaba a los pobres”, apunta Teté Cuevas.

Cabalán Macari jamás olvidó su Líbano natal. Zgarta, su pueblo, se vio beneficiado de su generosidad: allá, a las puertas de la iglesia costeada por el empresario, existe un busto que lo representa y que da cuenta de su aportación a la comunidad. “También contribuyó para que el pueblo entero tuviese agua potable. Cuando iba de visita, llenaba bolsitas con monedas, y en Zgarta, los pobres se formaban cerca de la iglesia, y hacían fila para saludarlo. Él les daba las bolsitas con monedas y les daba sus bendiciones”.

MEMORIA DE UN LIBANÉS EXITOSO

La fama de Cabalán Macari se extendió por todo el país. Supieron de él paisanos y no paisanos. A mediados del siglo XX su prestigio público era indiscutible. A cientos de kilómetros de Mérida,  en 1958, otro libanés inmigrante, Dib Morillo, que cambió su apellido por Murillo y que fue abuelo del ex gobernador  Jesús Murillo Karam, escribía sus memorias. En un intento por esbozar una especie de panorama de la migración libanesa en México, Dib Murillo, establecido en el estado de Hidalgo,  escribía que la familia Macari, en tierra libanesa, estaba involucrada en los movimientos nacionalistas encabezados por José Bey Karam. Trazó, indagando aquí y allá,  un perfil de Cabalán Macari: “En Mérida es considerado el rey de los henequeneros. En Campeche tiene uno de los mejores ingenios de azúcar; tiene también establos de las mejores vacas lecheras, fábricas de tejidos y boneterías en México, D.F. Es muy caritativo, no deja de hacer el bien por la humanidad…  Hasta la fecha, en todos sus negocios nunca se ha registrado una huelga ni un descontento. Eso se debe a que todos están bien pagados y bien tratados… Tiene mucha fama de hacer la beneficencia dentro del mayor secreto posible. Es respetado y respetuoso”.

Al final de su vida, Cabalán Macari recibió un reconocimiento público por su labor altruista. Fue Adolfo López Mateos, el mismo presidente, un convencido de las bondades de tener amigos libaneses, y quien, además, encabezó aquel homenaje. A los pocos meses, Macari fallecería. De eso hace 56 años. Pero la tierra que lo recibió y a la que él hizo su hogar, no lo olvida.

 

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