Tomás Garrido Canabal y su “laboratorio revolucionario” | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 22 de Septiembre, 2018

Tomás Garrido Canabal y su “laboratorio revolucionario”

Los movimientos revolucionarios produjeron personajes insólitos: presidentes que cantaban ópera, caciques brutales aún más empoderados por un discurso que querían llamar “renovador”, radicales convencidos de que el socialismo o el anticlericalismo más extremo eran las soluciones para reconstruir México a fondo. Garrido pasaría a la historia como la encarnación de una curiosa mezcla de autoritarismo y moralismo, con rasgos que recordaban el fascismo italiano, y con los que dominaría Tabasco por más de una década

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Durante quince años, entre 1920 y 1935, Tomás Garrido  Canabal fue el hombre fuerte de Tabasco. De él, y fuera de la entidad que controló, se sabe de su rudo ateísmo, de la persecución contra todo lo que oliera a catolicismo, de su apoyo rotundo a una propuesta educativa que llamó racionalista y de su defensa de la igualdad entre hombres y mujeres. Pero también se le acusó de crear estructuras fascistoides de movilización social, mezcladas con el autoritarismo de lo caciques tradicionales que desde hace siglos ha habido en México.

Cuando, en 1934, Lázaro Cárdenas, de visita en Tabasco, llamó “laboratorio de la Revolución” a la entidad gobernada por Garrido, lo que veía era un mundo que chocaba a la mirada centralista de cualquier habitante del altiplano: ligas de maestros ateos como promotores sociales, además de educadores, agrupaciones feministas,  juventudes organizadas en grupos que muchos calificaron “de choque”, campañas moralizantes, todas éstas medidas que se habían nutrido de los experimentos socialistas del sureste mexicano y que, se suponía, transformarían de raíz el modo de ser de los habitantes del estado. Tabasco no era precisamente un edén, pero el peculiar experimento, que duró tres lustros, impactó a propios y extraños y dejó huellas perceptibles aún en el presente.

Para quienes miran de lejos los días del garridismo en Tabasco, suele predominar la leyenda negra de la persecución religiosa y rumores exagerados, como el de que el gobernador había puesto por nombre Luzbel y Lucifer a dos de sus hijos. En realidad, se llamaban Lenin, Soyla (o Zoila) Libertad y Mayitzá Druso.

En cambio, sí fue realidad la destrucción de piezas del culto católico, como ornamentos e imágenes. En esa mirada, hasta cierto punto superficial, Tomás Garrido Canabal parecía una especie de monstruo enloquecido de fiebre persecutoria, decidido a acabar con el catolicismo, aparecido, casi mágicamente en tierra tabasqueña, cuyo radicalismo parecía gratuito. Pero lo cierto es que aquel hombre se había formado influenciado por los movimientos revolucionarios con inspiración socialista que florecieron en el sureste mexicano. Personajes como Felipe Carrillo Puerto o Salvador Alvarado, no eran ajenos al gobernante en que se convirtió Tomás Garrido Canabal. 

UN ABOGADO RADICAL. Garrido nació en la finca de su familia, en Punta Gorda, en la frontera entre Chiapas y Tabasco, en septiembre de 1890. Creció en otra hacienda tabasqueña y seguiría estudiando en Veracruz y en Campeche, donde estudió abogacía; en 1913 se unió al ejército Constitucionalista, a las órdenes de Salvador  Alvarado. Hacia 1915, volvió a Tabasco, para ocupar una plaza de juez de Distrito. Gobernaba el estado otro radical revolucionario, Francisco J. Múgica, conocido por su jacobinismo: acababa de cambiarle el nombre a la capital del estado: Villahermosa por San Juan Bautista.

Múgica lo nombró jefe del Departamento Legal del estado, y en 1919 ocupó la gubernatura de manera interina. En 1920 se sumó al Plan de Agua Prieta, y abandonó el ejército. Su vida, en adelante, alejada del ejército, correría en el mundo de la política regional. Eran, ciertamente, tiempos de cambio, con una Constitución muy joven y grupos políticos en pugna por consolidar su poder. En ese ambiente, Garrido Canabal se convirtió en un personaje de excepción.

LA CONSTRUCCIÓN DEL GOBERNANTE. Esos cinco meses de interinato, entre agosto de 1919 y enero de 1920, fueron el espacio en el que Garrido comenzó a diseñar las estructuras corporativas que después serían parte de su entramado de poder: agrupaciones campesinas, obreras y estudiantiles. Al apoyar a Álvaro Obregón, fue designado gobernador  interino de Yucatán y recibiría el respaldo del general manco, convertido en el gran líder de la facción revolucionaria triunfante, suficiente como para presentarse a elecciones como candidato a gobernador de Tabasco, cargo que ganó en los comicios de 1922: su primera gubernatura transcurrió entre 1923 y 1926, y empezó a construir  su “laboratorio”.

Todas las experiencias que Garrido había conocido en Yucatán fueron el punto de partida para las muchas políticas que instrumentó en Tabasco. Incluso, puede decirse que algunas, como la igualdad de derechos para la mujer, incluida la posibilidad de votar, fueron pioneras en la construcción del México posrevolucionario. En términos de productividad agropecuaria, el fomento a la ganadería y la variación de cultivos fueron medidas con las que intentó innovar la economía estatal.

Dueño de un curioso moralismo, rayano en lo puritano, decretó la ley seca, que, como en todos los casos, siempre tenía resquicios por los cuales podía eludirse la proscripción del consumo de alcohol. A esta estrategia sumó la promoción de una educación que quería ser racionalista y científica. A pesar de su rudeza —y hay que decir que Garrido fue claramente autoritario para aplicar todas estas medidas sociales— todas sus disposiciones tenían puntos de convergencia con la Constitución de 1917.

¿Cómo se construyó la leyenda negra de Garrido?, Indudablemente surgió de su ateísmo, que se tradujo en fuertes campañas anticlericales y, particularmente, anticatólicas, que fueron vistas, a medida que pasaba el tiempo, con la simpatía de Plutarco Elías Calles, sucesor de Álvaro Obregón en la Presidencia.

Por más que la reforma liberal decimonónica impulsó una vida pública laica, que fue refrendada en la Constitución de 1917, los mexicanos seguían siendo católicos, criados a la sombra de instituciones laicas. Por eso el anticatolicismo de Garrido se volvió escándalo más allá de los límites de Tabasco. Se hicieron legendarias sus ceremonias de destrucción de imágenes y objetos del culto; auspició la persecución de sacerdotes y los obligó a contraer matrimonio. Algunos de los detalles más elementales de la vida cotidiana, como las cruces de las tumbas, también fueron prohibidos. A la capital llegaban los ecos del garridismo como una gestión completamente negativa, dominada por  el ejercicio brutal del poder.

Garrido, a pesar de que también formó organizaciones como los Camisas Rojas, mantuvo un curioso equilibrio entre sus radicalismos antirreligiosos y las propuestas de desarrollo. Eso le permitió consolidarse como el hombre fuerte del estado, volver a la gubernatura entre 1930 y 1934, e, incluso, llegar a formar parte del gabinete de Lázaro Cárdenas, como secretario de Agricultura y Ganadería.

Su gestión como secretario de Estado no fue tan afortunada. Él y sus  Camisas Rojas estaban fuera de su elemento en la Ciudad de México, y protagonizaron enfrentamientos y actos violentos. El entorno católico capitalino generó tal presión que Garrido dejó el gabinete e incluso se exilió en Costa Rica. Aunque regresó a México en 1940, y moriría de enfermedad, en Los Ángeles, tres años después, su memoria sigue siendo no la de un personaje nutrido ideológicamente con algunas de las propuestas de avanzada de los movimientos revolucionarios, sino del ateo recalcitrante, perseguidor de católicos, que lo fue, aunque con matices más profundos. Su radicalismo quedaría retratado en la novela de un joven inglés que se asomó al “laboratorio revolucionario”. Su nombre era Graham Greene, autor de El poder y la gloria.

 

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