Bailaron mambo y chachachá, y luego aprendieron el verbo “rocanrolear” | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 17 de Noviembre, 2018

Bailaron mambo y chachachá, y luego aprendieron el verbo “rocanrolear”

De los ídolos rancheros a los rebeldes sin causa; de los éxitos de Luis Arcaraz a “La batalla de Jericó”: la transformación del país y su acelerada urbanización implicaban la apertura a otras manifestaciones culturales; y el México de los años 50, que disfrutó enormidades con los ritmos importados de Cuba, se electrizó cuando los “rebeldes”, sin causa o con ella, se convirtieron en personajes de la vida diaria, encarnados en la juventud nacional.

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Si en el mundo cinematográfico los dramas de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos reflejaban las tragedias cotidianas de la vida urbana, musicalmente “Quinto patio”, de Luis Arcaraz, uno de los grandes éxitos de principios de los años 50 del siglo pasado, también aportaba su grano de arena a ese caudal de emociones que ya no sólo se manifestaban en el entorno ranchero; de Cuba, de Estados Unidos, venían otras resonancias que los mexicanos hicieron suyas: no es, entonces, de extrañar que hasta los ídolos consagrados por sus canciones al son de los mariachis adquirieran ese “toque cosmopolita”: 1951 muestra, en la pantalla grande, a Pedro Infante cantando “Bésame mucho” en inglés, mientras, a su alrededor, docenas de mujeres se deshacen de emoción, como ocurría en Estados Unidos con Frank Sinatra.

Pero eso era apenas el principio.

Al éxito indiscutible de Luis Arcaraz y su orquesta, se sumaron los ritmos cubanos: el mambo y el chachachá hicieron furor en México. No era solamente la música que acompañaba las explosivas actuaciones de las bailarinas exóticas, eran todo un modo de expresar la alegría de vivir que inundaba el mundo. El cubano Dámaso Pérez Prado, con todo y su orquesta, escogió México para vivir y para catapultarse al mundo entero.

Bailaban mambo Tongolele y Lilia Prado; Ninón Sevilla, Meche Barba  y María Antonieta Pons. Pero también, en otras latitudes, Fred Astaire y Brigitte Bardot. Pérez Prado puso a los mexicanos de 1950 a bailar con el “Mambo Universitario”, y, para no ser menos, con el “Mambo del Politécnico”. Su cadena de éxitos siguió con “El ruletero” y con “¡Qué rico mambo!”, pero a medida que su creatividad produjo el “Mambo número 5”, el “número 8” y “Mambo Jambo”, se ganó a los estadunidenses, al grado de tener que lanzarse a hacer giras por la Unión Americana.

El mambo tendría presencia el resto de la década, empero, aún no llegaba 1955, cuando otro ritmo se ganaría su carta de nacionalización en México: el chachachá llegaba para quedarse y se incrustaría en todos los ámbitos de la vida cotidiana; el desarrollo de la televisión mexicana trajo, naturalmente, la aparición de anuncios comerciales, y ahí, en los “tres movimientos de Fab: remoje, exprima y tienda”, estaba el chachachá.

Otro cubano con creatividad y audacia, Enrique Jorrín, también juzgó que México era la plataforma indicada para impulsar esa nueva música. Aquí, en 1954, Jorrín creó su orquesta, y se convirtió en historia. Un año después, el país entero bailaba con “El Bodeguero”. Los salones de baile acogieron a la orquesta América, a la Aragón, a una agrupación conocida como “Los Cariñosos” y desde luego, a la orquesta de Enrique Jorrín, pero los mexicanos demostraron que estaban a la altura del fenómeno, y produjeron chachachás memorables: Ramón Márquez compuso “Las clases del chachachá”, y Rosendo Ruiz Quevedo se hizo famosísimo por “Qué rico vacilón” y por “Los Marcianos” que habían llegado bailando ricachá.

CHACHACHÁ, CINE, EXTRATERRESTRES Y TERROR

 

 

Una pieza como “Los Marcianos”, reflejaba mucho más que las ganas de bailar: llegaban a México las historias de ciencia ficción en cómics, novelas y en películas. En estas tierras le toman el gusto al género, y en los años cincuenta proliferan las películas de terror y fantasía, en los géneros más variados; desde Piporro tratando con dos “venusinas” (Ana Bertha Lepe y Lorena Velázquez) y Lon Chaney Jr. viniendo a México por invitación del cineasta Gilberto Martínez Solares para que actuara junto a Tin Tan, hasta la aparición de El Vampiro, que lanzó al estrellato a un joven español, Germán Robles, en su caracterización de un peculiar Drácula en tierras mexicanas.

A tal grado llegó la expectación por El Vampiro, que su presentación en sociedad se planeó por todo lo alto: en el enorme cine Palacio Chino, elegido para el estreno, se apagaron las luces. De pronto, un palco se iluminó: allí estaba el vampiro, mirando con ferocidad al auditorio. Acababa de nacer un clásico del cine mexicano.

¿RANCHERAS, TRÍOS O QUÉ?

 

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 pesar de los cambios culturales y de la muerte de los dos ídolos, Negrete e Infante, la música ranchera aún se defendía: compositores e intérpretes como Cuco Sánchez y José Alfredo Jiménez se volvieron favoritos de los más apegados a las melodías mexicanas, y un zacatecano, Tomás Ménendez, hizo historia, en 1954 con “Cucurrucucú, paloma”.

Los afectos musicales de los mexicanos no olvidaban a sus favoritos: los tríos, que, desde la década anterior ya tenían su público, crecieron en popularidad. Llegaba a la presidencia Adolfo Ruiz Cortines cuando Los Tres Diamantes eran la gran competencia de Los Panchos. El mismo año que Miguel Alemán dejaba la presidencia, 1952, llegaba a la ciudad de México un joven compositor, Roberto Cantoral, que armó otro trío, Los Tres Caballeros. Otra agrupación, Los tres Ases, con un vocalista singular, Marco Antonio Muñiz, sería de los favoritos de la gente,

Los Tecolines, los Dandys, Los Tres Reyes, fueron aplaudidos y acompañados. Pero las expresiones musicales se multiplicaban y comenzaban a surgir otros personajes que harían carreras importantes en los años que siguieron.

Un peculiar compositor, hábil retratista de la vida urbana y especialmente de la ciudad de México, se hizo de un lugar en la cima de los preferidos: Salvador Flores Rivera, Chava Flores, apareció en 1952 con piezas como “Dos horas de balazos” o “Peso sobre peso”, que, al ser interpretada por Pedro Infante, aumentó el prestigio del nuevo compositor. Otro tipo de personajes musicales, los compositores románticos que le dieron nuevos aires al bolero, hicieron su aparición. Entre ellos descollaría uno, llamado a convertirse en una institución del México musical: Armando Manzanero, quien llegó a la ciudad de México en 1957.

CON UN EMPUJONCITO
DE LA TECNOLOGÍA…

 

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os nuevos ritmos empezaron a popularizarse en dimensiones masivas apoyados por el andamiaje que suponía la conjunción radio-televisión. Pero la tecnología ayudó sobremanera a que, como en otras épocas, la música acompañara a los mexicanos mañana, tarde y noche: un invento que ya era popular, el tocadiscos, se modernizó: los viejos discos de 78 revoluciones por minuto se fueron quedando en el olvido, porque la llegada de los Long Play, los LP, que giraban a 33 revoluciones por minuto, revolucionaron el mundo de la música en casa.

Un LP, fabricado en vinilo —los de 78 eran de laca de acetato—, además de escucharse con mejor calidad, tenían mayor duración: aproximadamente 25 minutos por cada lado.

Pero la gran novedad de los años 50 fue la aparición de los discos de 45 revoluciones por minuto, aún mejores en calidad sonora y que, en cada lado, podían contener 5 minutos de música. Estos pequeños discos se tocaban en tornamesas especiales o en tocadiscos a los que se les colocaba un pequeño adaptador. Y la gran novedad musical que llegaría a cambiar, no sólo a México, sino a todo el mundo, sería el gran beneficiario de estos formatos: el rock and roll llegaba para reinar sin discusión en el México joven.

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