Violencia e inseguridad frenan trabajos en campo de científicos y estudiantes | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 21 de Noviembre, 2017

Violencia e inseguridad frenan trabajos en campo de científicos y estudiantes

Reportaje. De 2008 a la fecha se reportaron incidentes contra 171 personas de diversas universidades, centros de investigación, dependencias de gobierno, revela la encuesta realizada por el investigador de la UAM, Rurik Hermann

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El joven se adentró en territorio desconocido a bordo de la camioneta. De pronto: “pum, pum, pum”, se escucharon balazos. “¡’Fer’, ‘Fer’, ‘Fer’…!, ¿escuchaste eso? ¡Bájale a tu música! ¡Están tirando balazos!”, decía su compañero “Samuel” por radio, quien había visto cómo se alejaba a la distancia. Después de darse cuenta de la situación, dio un volantazo para regresar al camino de dónde provenía. “No sabemos si había sido una advertencia para que no se acercara al lugar…”, relata “Samuel”, joven biólogo que narra la historia de lo que investigadores y científicos en prácticas de campo esperarían no vivir jamás. 

Ese es territorio muy tenso, territorio de Los Rojos. Se trata de un sitio cerca de Mezcala, Guerrero, donde investigadores contratados por una empresa minera fueron a realizar un monitoreo de especies, como parte de un trabajo para medir el impacto ambiental de ésta. Ya habían experimentado situaciones de riesgo, sin embargo, no tenían alternativa, debían hacer el trabajo. 

Ahí, “Samuel” y sus compañeros, jóvenes biólogos egresados de instituciones como la Facultad de Ciencias de la UNAM, ya habían escuchado sobre la ejecución de personas. Ese día, a un lado del camino lograron observar una camioneta desvalijada y con las cicatrices que dejaron impactos de bala. 

En el lugar, los biólogos debían buscar sitios con diferentes tipos de ambientes, los conservados y los que no, para saber y estimar el impacto ambiental. “Andábamos en busca de territorios diferentes, algunos desplegábamos nuestro equipo, mientras otros exploraban el lugar”, como “Fernando”.

No era el primero ni el último de los incidentes que los biólogos atestiguarían en dos semanas de trabajo en este lugar remoto de Guerrero. “Samuel” firmó una carta de confidencialidad con la empresa que lo contrató para no develar detalles de su trabajo en este estado. Es por ello que pide anonimato, así como el de sus compañeros aludidos en la historia, jóvenes que se convertirían en sus mejores amigos ante la situación de riesgo que compartieron durante dos semanas en 2014, poco después de los acontecimientos de Ayotzinapa, y un año más tarde, cuando la vida de parte del grupo peligró más que nunca y estuvo muy cerca de una tragedia. 

EL SONIDO DEL BOSQUE. En ese 2014, desde el primer día que llegaron la situación era muy tensa, entre el enardecimiento social y el amedrentamiento militar en el territorio, cercano a Cocula. Ese año, “Samuel” era un recién egresado de biología en la UNAM, no tenía trabajo y los pocos proyectos donde lo contrataban, eran mal pagados. El proyecto de la minera pagaba un poco más, pero se preveía como riesgoso; sin embargo, aceptó debido a complicaciones financieras y ante la espera del nacimiento de su hijo. 

En las cercanías de los poblados hallaron retenes, policías y personal del Ejército por todos lados. Fue un recorrido muy tenso antes de llegar a territorio de la minera y posteriormente a la casa donde vivirían las siguientes dos semanas, trasladándose a diferentes puntos donde debían hacer los estudios de impacto ambiental.

La primera semana transcurrió sin problemas, pero la siguiente fue todo lo contrario. Todo inició a comienzos de ésta; para llegar a la localidad de estudio de ese día, se debían transportar en lanchas. A mitad del camino, su lanchero se hizo señas con otro que se encontraba a la distancia, éste se acercó y le dio un rifle ante el azoro de los investigadores. Después de preguntar acerca del acto, el lanchero reveló que era policía comunitario y que ya había sido amenazado por La Familia Michoacana, por ello se estaba “previniendo”. 

Una vez en el sitio, el grupo se dividió en dos para cubrir los dos sitios del monte que investigarían. Media hora después, iniciaron los balazos. “Samuel” relata que se escuchaban del otro lado, donde se encontraba la otra mitad del grupo, el cual no respondía a sus llamadas por radio. Pensaron lo peor, sin embargo, nada sucedió, sólo el primero de muchos sustos, el inicio de la cotidianidad de escuchar el sonido de detonación de un arma. 

Entre 2009 y 2010, Rurik Hermann List, ecólogo e investigador de la UAM-Lerma, trabajó durante muchos años en el municipio de Janos, Chihuahua. Realizaban un seguimiento de hurones de patas negras que se reintroducían a la zona. “En ese año, enfrentamos el problema de que en la región se había comenzado la pelea por la plaza de Janos entre grupos de narcotraficantes”. En el sitio de estudio hubo dos o tres homicidios, hasta descabezados cerca de donde hacían su trabajo, relata en entrevista. Eso les hizo pensar que no podían seguir haciendo su trabajo porque además es nocturno y no arriesgaría a sus alumnos; suspendieron buena parte del trabajo de investigación.  

ENCUESTA SOBRE AGRESIONES. Junto con otra investigadora que realizaba investigación de campo con castores en Sonora, el profesor de la UAM se encontró que no podía llegar a diversos sitios porque la gente de la comunidad le decía “para allá no vas” y “pues uno no pregunta más”. Poco a poco, de voz en voz, se dieron cuenta de que no había lugares seguros para llevar a los alumnos a realizar sus prácticas, a aquellos donde tradicionalmente se formaba a los biólogos. “De ahí surgió la idea de hacer una encuesta para saber cuál era el problema de la inseguridad y la violencia del trabajo de campo. Nos encontramos que el número de agresiones se comenzó a incrementar para biólogos, ecólogos, investigadores forestales… a partir de 2008, cuando comienza la guerra contra el narco”. 

El estudio realizado por el académico de la UAM tiene limitaciones de origen, puesto que sólo refleja lo que respondieron los investigadores agredidos a quienes llegó la encuesta, más no un número real de denuncias. No obstante, fue Sonora el estado que ha portado el mayor número de este tipo de incidentes, seguido de Michoacán, Chihuahua, Chiapas, Estado de México.

Aunque los datos de la encuesta siguen en análisis, encontramos que gente de la comunidad y narcotraficantes fueron quienes propiciaron el mayor número de incidentes, que reportaron 171 personas de diversas universidades, centros de investigación, dependencias de gobierno que respondieron la encuesta. 

Entre los datos que refiere la encuesta, señala que las áreas de investigación más afectadas han sido ecología, botánica y estudios forestales, así como trabajo en educación ambiental y trabajo social. “Además, más o menos la mitad de las personas que respondieron dijeron haber suspendido su trabajo temporal o permanentemente. Esto es muy grave porque dejamos de conocer cuál es el estado de los ecosistemas y las especies por el riesgo a la integridad física de las personas”. 

El mayor número de agresiones reportadas fueron advertencias: “no vayan para allá, si lo hacen tendrán problemas”; seguido de amenazas con arma; amenaza directa aunque no fuera con uso de armas; incidentes de agresión física; privación de la libertad y robo de equipo. Por otra parte, gran parte de las agresiones reportadas en la encuesta se llevaron a cabo en Áreas Naturales Protegidas, seguidos de ejidos a comunidades; y las personas que respondieron la encuesta provienen en su mayoría universidades públicas e institutos de investigación.

En la más reciente sesión del Consejo Universitario de la UNAM, Deni Rodríguez, investigadora de la Facultad de Ciencias de la UNAM pronunció frente al rector su preocupación por este tipo de agresiones dentro de las prácticas que realiza la Universidad. “En la facultad tenemos estrella porque hemos tenido pocos incidentes, sin embargo, tenemos preocupación por lo que nos puede pasar, sabiendo que todos los días se acumulan muertes y pueden ser jóvenes y estudiantes”, refiere en entrevista. 

Es por ello, que desde hace un par de años —y a raíz de los acontecimientos de Ayotzinapa—, el Consejo Técnico y la dirección de la facultad limitaron las prácticas de campo en esta dependencia en algunas zonas y vetaron las de Guerrero y Michoacán. Para el ciclo escolar en curso ya sólo se pueden llevar a cabo prácticas después de la aprobación caso por caso. 

En otras facultades donde se hace investigación de campo, se han tomado diversas medidas, por ejemplo en la FES Iztacala se acordó restablecer las salidas con alumnos a campo en zonas que no hayan registrado incidentes. Por otra parte, los grupos de investigación, que son más pequeños a comparación de los formados en las prácticas de carreras de licenciatura, pueden realizar sus investigaciones bajo su propio riesgo, dice la académica de la UNAM. 

Las consecuencias de la violencia e inseguridad para llevar a cabo prácticas de campo e investigación en áreas naturales del país son claras, coinciden Rurik Hermann List y Deni Rodríguez: una formación no óptima de las próximas generaciones de biólogos y la vulnerabilidad de especies y sistemas ecológicos ante la falta de investigación. 

En términos de investigación, dice Hermann List, se deja de generar información para la conservación efectiva de biodiversidad, porque no estamos viendo a los ecosistemas naturales ni evaluando las amenazas que sufren, y qué tenemos que hacer. Este problema nos está restando tiempo y no saber cómo se están afectando los ecosistemas o si han desaparecido especies.

“Las salidas a campo con alumnos implican la formación y la información de los estudiantes. El objetivo es enseñar condiciones reales al estudiante. ¿Cómo vamos a enseñarles a conocer el sistema biológico, entenderlo y proponer cómo manejarlo para evitar un colapso? No lo podemos hacer con una foto, por ello el costo fundamental lo están pagando los estudiantes de la UNAM y otras universidades”, refiere la investigadora.

En instituciones como la Facultad de Ciencias, añade, se forman estudiantes para realizar su trabajo de forma competente, pero la única forma de perfeccionar sus habilidades es mediante las prácticas de campo, “pero no los podemos llevar porque hay riesgos, como robos y sustos, hasta cosas más graves…”.  

Un día después de ese primer susto, cuatro de los investigadores contratados por la minera se trasladaban en camioneta a uno de los poblados cuando del otro lado del camino se acercaba en contrasentido otro vehículo. “Manejaba extraño… al acercarse más sacaron una pistola y comenzaron a disparar hacia el cielo”, relata “Samuel”. Pasaron a un costado a máxima velocidad y los perdieron. “No sabíamos si nos querían espantar o qué, fueron unos segundos… Pensé que en un momento dejaría de disparar hacia el aire para disparar de frente hacia nosotros y se desatara la tragedia. Lo ves tan cerca que dices ‘ya me tocó’”.

Un año más tarde, “Samuel” regresaría a hacer estudios a la zona, pero esta vez el grupo era más grande e incluía a expertos en murciélagos, quienes trabajaban de noche. En una de esas ocasiones, éstos regresaron de muy mal talante, puesto que habían sido rafagueados. Fueron días difíciles, más los que vendrían. En esa segunda incursión a la zona guerrerense, los jóvenes científicos se dieron cuenta además de que eran sus propios guías quienes sembraban la amapola que, muchas veces, sembraban forzosamente por orden de los grupos de narcotraficantes. 

“Muchos rechazaron salir de nuevo, pero porque ya no iba el mismo equipo de los especialistas en murciélagos que balearon, quienes dejaron de aceptar estos trabajos y mejor siguieron con su maestría. Casi no hablamos de esto, si acaso con unos tragos alguna vez, porque son cosas que te marcan y ves todo con un poco más de frialdad”, dice “Samuel”.

 

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