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Migraciones japonesas, influencias estéticas y proyectos culturales delinean siglos de intercambio entre ambas naciones

Relación México–Japón se refleja en su producción artística

Japón Miki Yokoigawa, profesora investigadora del Instituto de Artes de la UAEH. (Alejandra Zamora Canales)

Entre México y Japón existe una amplia distancia geográfica que separa a ambas naciones; además, sus particularidades sociales, económicas, culturales y políticas suelen parecer opuestas. Sin embargo, también hay puntos de encuentro que han permitido establecer una relación amistosa desde tiempos remotos.

Uno de estos cruces ha ocurrido en el terreno del arte; por ello, Miki Yokoigawa, profesora investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), ha centrado sus esfuerzos académicos en analizar las dinámicas interculturales y transculturales entre México y Japón durante los periodos moderno y contemporáneo.

Los colonos de Enomoto

Los registros históricos más antiguos sobre la relación entre ambos países indican que en 1610 se realizaron los primeros viajes marítimos del país del sol naciente hacia tierras novohispanas. No obstante, fue en 1614 cuando arribó a las costas de Acapulco una expedición de 60 samuráis y 130 comerciantes, encabezada por Tsunenaga Hasekura, enviado del shogun, cuyo propósito era establecer una ruta comercial con la Nueva España.

En 1639, Japón inició el periodo de sakoku, una política de aislamiento en la que se prohibía el comercio exterior, la salida de sus ciudadanos y la llegada de extranjeros al país. En 1868 esta medida llegó a su fin.

La primera migración hacia América Latina se organizó en 1897, cuando un pequeño grupo partió del puerto de Yokohama rumbo a México para establecer una compañía productora de café en Acacoyagua, Chiapas, por instrucción del excanciller japonés Enomoto Takeaki.

Yokoigawa señaló que, gracias a los trabajos de la historiadora México-japonesa María Elena Ota Mishima, hoy se comprenden mejor los distintos procesos migratorios que se vivieron en el país y cómo la comunidad Nikkei —término empleado para referirse a personas emigrantes japonesas, a sus descendientes, sus tradiciones y sistema de creencias— terminó influyendo en la plástica mexicana y, a su vez, la nipona recibió influencia de la nuestra.

México y Japón unidos por el arte

De acuerdo con la investigadora Garza, la cultura japonesa tuvo buena aceptación en México tras la experiencia de Francisco Díaz Covarrubias, astrónomo mexicano, quien realizó una visita a Japón en 1874. A ello se sumó que, durante las celebraciones por el centenario de la Independencia, el gobierno de Porfirio Díaz presentó una exposición de productos japoneses en el hoy Museo del Chopo, la cual fue ampliamente celebrada.

En esa misma época, el paisajista japonés Matsumoto Tatsugorō dejó una huella profunda en México al encargarse de los jardines de Chapultepec e introducir la jacaranda, árbol que cada primavera cubre de morado la capital. Su trabajo, sumado a la influencia del japonismo francés —fenómeno cultural nacido del diálogo entre la imagen creada por Occidente y la compartida por los propios japoneses— fortaleció la recepción de la estética oriental entre las élites mexicanas que financiaban el arte.

Desde los años veinte, México inició diversas exposiciones internacionales para dar a conocer sus expresiones artísticas. Yokoigawa destacó que, en 1950, una muestra realizada en Japón motivó a jóvenes artistas nipones a conocer por sí mismos la plástica mexicana.

A finales de los setenta se realizaron varias intervenciones japonesas en el país, de la mano del artista conceptual Kawara On con sus series I Got Up, I Met y I Went. También lo hizo el escultor Takahashi Kiyoshi, quien participó con su obra Sol en el proyecto urbano La ruta de la amistad, bajo la dirección de Mathias Goeritz, realizado para los Juegos Olímpicos de 1968.

Fue durante estos años el auge económico japonés que permitió difundir su herencia cultural, así como productos derivados de su industria cultural: manga, anime o cine de kaijus como “Godzilla”, cuyo impacto en México alcanzó fuerza durante la década de 1990.

Otro proyecto artístico relevante fue el mural El mito del mañana, de Okamoto Tarō, pintado originalmente para el Hotel de México y que permaneció perdido durante 30 años. Hoy se encuentra en la estación de Shibuya, en Tokio, la cual recuerda las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki. De acuerdo con Miki Yokoigawa, en el proyecto se aprecia la influencia de la estampa mexicana, de las celebraciones de Día de Muertos y también del muralismo mexicano.

En las obras del pintor mexiquense Luis Nishizawa se integró la influencia del paisajismo japonés con la expresión mexicana. Por otra parte, la investigadora Garza resaltó que las series Geisha y Sumo, de Yisahi Jusidman, muestran cómo un artista puede apropiarse de dos fenómenos culturales típicos de Japón y transformarlos mediante la experimentación.

Japonismo mexicano

La docente de la UAEH destacó que los artistas de la década de 1990 buscaban desprenderse de la práctica del neomexicanismo exotizante, propio de los años ochenta. Así desarrollaron un tipo de japonismo local que retoma elementos de la cultura nipona como una forma de expresión distinta, la cual también abarca lo popular, lo cotidiano o incluso lo “vulgar”, dentro de un contexto globalizado.

De esta forma, el intercambio artístico entre México y Japón revela que, pese a la distancia y las diferencias culturales, este cruce de miradas ha permitido que nuevas sensibilidades, técnicas y formas de crear circulen entre ambas naciones, enriqueciendo sus expresiones visuales a la vez que amplían sus horizontes culturales. Además, evidencia que la colaboración cultural continúa evolucionando y adquiriendo matices cada vez más complejos.

Sin embargo, es necesario continuar profundizando en los estudios culturales y artísticos sobre la relación entre ambas naciones, fuera de las grandes ciudades o de los círculos artísticos ampliamente reconocidos.

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