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¿Mujeres indígenas en Ciencia y Tecnología?Dónde estamos, hacia dónde ir

En el censo general de población de 2010, del total de indígenas mayores de 15 años con estudios superiores, apenas 0.27 tenía algún grado de estudios de maestría y sólo 0.05 de doctorado

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De acuerdo con datos del INEGI, en 2020 había en México 3.8 millones de mujeres hablantes de una lengua indígena

De acuerdo con datos del INEGI, en 2020 había en México 3.8 millones de mujeres hablantes de una lengua indígena

La escasa presencia de científicas indígenas en nuestro país es un asunto del que prácticamente no se habla, ni en medios especializados ni en los medios públicos de comunicación. Se puede argumentar que ello se debe a que se sabe muy poco al respecto. Cierto, en principio no podemos hablar de lo que ignoramos. Si, como sucede en este caso, desconocemos cuántas científicas indígenas existen en México, dónde trabajan, qué tipo de investigaciones realizan y qué relevancia tienen estas últimas, es muy baja la posibilidad de que se filtre como tema en una charla de café o como asunto de discusión especializada sobre la política científica del país. La cuestión bien podría quedar ahí, como cuando decidimos que un problema puede esperar y no actuamos hasta que nos estalla en las manos. Pero también podemos hacer de esta falta de conocimiento el tema de nuestra charla o discusión, indagar las causas de nuestro desconocimiento, aclarar si es o no un asunto relevante y, a partir de ello, decidir si dejaremos las cosas como están o si tomaremos cartas en el asunto.

Aún para quienes formamos parte de la comunidad científica del país, la subrepresentación de científicas indígenas y, visto en términos más amplios, la falta de prácticas y políticas de inclusión social en el sistema científico nacional, pueden parecer cuestiones que deben esperar su turno. Hay dificultades añejas y agudas haciendo fila para ser atendidas. La lista es larga. Por ejemplo, la insuficiente financiación, la necesidad de modernizar buena parte del equipo e infraestructura de los centros de investigación, la revisión de los criterios empleados para la evaluación del trabajo científico, los precios elevados en las suscripciones de las revistas científicas (y por lo tanto del acceso al conocimiento, aún para los propios científicos), el relevo generacional en la ciencia y, de cuño reciente, las condiciones para el regreso a actividades presenciales de investigación y docencia.

El lector se preguntará por qué y para qué entonces añadir un problema como el que refiero, máxime cuando atañe a un número muy reducido de personas como son las mujeres indígenas en condiciones de desarrollar una carrera científica en las áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (comúnmente conocidos con el acrónimo inglés STEM). Incluso habrá quien cuestione si es en realidad un problema. Hay asuntos que afectan a grupos sociales muy amplios y que requieren la inmediata atención del Estado y de la sociedad. Además, si lo que se busca es que los centros de investigación generen conocimiento útil, relevante y de alta calidad, la evaluación de capacidades y conocimientos deben ser los criterios que primen en la integración de los cuerpos científicos del país, no la condición de género o pertenencia étnica. La ciencia debe estar en manos de las personas que están más capacitadas según sus méritos. He escuchado este tipo de consideraciones en varias ocasiones. Hay, pues, un vasto terreno por arar para que se modifique la percepción que se tiene sobre los méritos, capacidades y contribuciones de las mujeres indígenas que hacen ciencia y para que se introduzcan prácticas que faciliten su incorporación y participación sistemática en las instituciones científicas del país.

Conviene ensanchar la mirada para entender que este no es un asunto de números ni que atañe sólo a “ellas”, sino que tiene proyecciones más amplias y de actualidad. Dos metas centrales de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible -el plan de acción adoptado por la Asamblea General de la ONU en 2015 en favor de las personas, el planeta y la prosperidad- son atender las causas de fondo de la desigualdad social e impulsar modelos de desarrollo que beneficien a todas las personas. La igualdad de género, el empoderamiento de las mujeres y su participación efectiva en todos los ámbitos son ejes de acción estratégicos para alcanzar estos fines. Otra esfera central de intervención es la de promover la inclusión social, económica y política de todos, independientemente de su sexo, raza y etnia. Se dirá con razón que se trata de problemas de larga data que hoy suben de nuevo a la palestra en el foro internacional. En México, la discriminación y falta de igualdad de oportunidades que históricamente han afectado a las mujeres e indígenas han privado a nuestra sociedad de contribuciones indispensables para la construcción de una sociedad realmente justa, participativa y próspera. El ámbito científico nacional no escapa a estos planteamientos y metas, antes bien, debe contribuir a su consecución, lo que incluye mirarse crítica y constructivamente hacia adentro.

Como todos los sistemas creados a partir de modelos europeos y occidentales de la ciencia, el mexicano acusa un sesgo monocultural tanto en la noción excluyente de qué es ciencia como en los criterios que rigen la selección e incorporación de nuevos investigadores. Si consideramos además que las estrictas evaluaciones de desempeño a las que están sujetos los centros de investigación no valoran ni estimulan cambios en estos dos renglones, antes bien, refuerzan el estado de cosas existente, no extraña la ausencia de modelos distintos de producción de conocimiento ni que la figura de una científica indígena en activo y adscrita a un centro de investigación sea como encontrar una aguja en un pajar. Pero las prácticas y mecanismos institucionales vigentes no sólo afectan las posibilidades de que mujeres indígenas accedan a esas entidades y desarrollen una carrera científica, también afectan la investigación que se realiza en los centros científicos y el papel que estos pueden jugar como vectores de inclusión social. La composición de la comunidad científica de México está lejos de reflejar la diversidad de nuestra sociedad. Este es un frente fundamental que atender.

Si bien la problemática de la exclusión social se manifiesta y reproduce en el seno de las entidades científicas, no inicia en ellas. Además de que no se les incorpora, hay un fuerte déficit en la cantidad de científicas indígenas. En la base de este hecho está el limitado acceso a la educación formal de las mujeres indígenas. De acuerdo con datos del INEGI, en 2020 había en México 3.8 millones de mujeres hablantes de una lengua indígena. La tasa de analfabetismo entre ellas alcanza el 35.6% y el promedio de escolaridad del segmento de más de 15 años es de apenas 5.8 años. Es fácil de entrever que, sobre este caldo de cultivo, la condición imperante en los escalones superiores de la pirámide educativa es igualmente sombría. Pese a las varias acciones y programas implementados en los últimos 20 años para incrementar el acceso de los indígenas a la universidad, su representación en la matrícula universitaria continúa en niveles muy bajos. No hay estadísticas confiables de cuántas mujeres indígenas ingresan a una licenciatura y cuántas se gradúan, pero se estima que menos del 2% de la población indígena nacional alcanza ese nivel educativo, logrando titularse sólo una minoría. En el posgrado esta situación es más aguda. No localicé datos desagregados actuales sobre el tamaño de este segmento, pero una idea al respecto la ofrece una estimación basada en el censo general de población de 2010, según la cual, del total de indígenas mayores de 15 años con estudios superiores, apenas 0.27 tenía algún grado de estudios de maestría y sólo 0.05 de doctorado. La brecha entre hombres y mujeres era entonces de 15 puntos porcentuales para maestría y casi 31 para doctorado. Mientras esta situación no se corrija, México continuará con un fuerte déficit en la formación de científicas indígenas.

Los indicadores anteriores son además una clara manifestación de la prevalencia de varias y complejas condiciones de desigualdad que constriñen seriamente la posibilidad de que las mujeres indígenas accedan y prosigan una trayectoria educativa hasta el nivel requerido para poder emprender una carrera científica. La cultura patriarcal dominante en muchos pueblos indios, el rol reproductivo asignado a las mujeres, sus responsabilidades familiares centradas en la crianza de los hijos y las labores domésticas, sumados a los estereotipos que las consideran menos competentes para el estudio -en particular para las ciencias físico-matemáticas, ingenierías y tecnologías- son algunas de las trabas internas que obstaculizan su progresión educativa formal. Este es otro complejo factor al que hay que hacer frente.

Un último elemento que considerar en este exordio, es el extendido desconocimiento sobre la conveniencia e importancia de enriquecer la composición social de los cuerpos académicos. Un estudio en curso sobre las experiencias académicas de un grupo de doce jóvenes científicas indígenas que realizan estancias posdoctorales en distintos centros de investigación del país arroja información útil al respecto. A la pregunta hecha a algunos miembros de esos centros sobre si consideraban que la condición de mujer indígena de las becarias podría reportar beneficios a la línea de investigación que trabajan en su estancia posdoctoral (por ejemplo, diferentes perspectivas de abordaje, nuevas líneas de análisis e interpretación, etc.), todos respondieron afirmativamente, aunque sin tener una idea clara sobre los rasgos distintivos de tales científicas respecto de las no indígenas. Hubo también quien señaló que el trabajo de investigación en laboratorio se lleva a cabo sobre bases científicas que no se ven alteradas por la condición étnica de quien la realiza.

Lejos de desacreditar al segmento de la comunidad científica que desconoce los atributos que para el trabajo de investigación avanzada imprime la calidad étnica de las posdoctorantes, nos alerta sobre la tarea informativa y de sensibiliación que hay que hacer al interior de nuestras instituciones científicas. Son actores de importancia estratégica que hay que traer a bordo para avanzar en la creación de ambientes que aprecien y favorezcan la diversidad cultural al interior de los centros de investigación y la instrumentación de prácticas y políticas dirigidas a ese fin.

En un reciente conversatorio sobre las posibilidades y obstáculos que enfrentan jóvenes científicas indígenas para emprender una carrera científica, Lilian Chel, doctora maya en Ciencias de los alimentos y Biotecnología y actualmente becaria del PEPMI, resumía con las siguientes palabras su sentir sobre el ambiente que prima en su entorno profesional: “Nuestra visión, idiosincrasia y necesidades están escasamente representadas en la cúpula de aquellos que pueden participar en la toma de decisiones y mucho menos ser nosotras partícipes en esas tomas de decisiones”. La labor de revertir una condición de desigualdad profundamente enraziada en nuestra sociedad como ésta sólo tendrá éxito con la participación de distintos actores y en equipo, dentro y fuera del sistema científico nacional. Los beneficios que obtendremos todos son claros, también las inercias y resistencias que hay que vencer. Tiempo de poner manos a la obra.   

1.- Se trata de las becarias del Programa de Estancias Posdoctorales para Mujeres indígenas en Ciencia, Tecnología, Ingenierías y Matemáticas (PEPMI). Este es un programa piloto que inició en 2018 y concluirá en 2022, financiado conjuntamente por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México (Conacyt) y el International Development Research Centre (IDRC, Canadá). Su operación está a cargo del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). Uno de los objetivos centrales del programa es apoyar a jóvenes científicas indígenas en disciplinas STEM en la etapa inicial de su desarrollo profesional.

2.- La grabación del evento puede verse en https://www.facebook.com/watch/live/?ref=watch_permalink&v=2648779752091333