De cómo la vida política se transformó: La reforma de los años 70 y la LOPPE

2019-04-19 21:43:30

Foto: Especial

El 1 de septiembre de 1979, el presidente José López Portillo rendía su tercer informe de gobierno, y lo hacía ante una legislatura completamente diferente a todas las que recordaran los mexicanos de aquel entonces. Porque esa Legislatura, la LI, incluía ya a diputados provenientes de fuerzas políticas que hasta las elecciones de aquel año, habían permanecido en un estado de exclusión o, incluso, de clandestinidad. En aquella legislatura se reflejaba la realidad política del país, esa que durante años el sistema no había querido reconocer.

Los cronistas que asistieron a aquel informe no dejaron de anotar, meticulosos, las 82 ocasiones en que el Presidente fue interrumpido por los aplausos. Hubo algunos, quisquillosos, que hicieron notar que los diputados de Acción Nacional no aplaudieron, pero tampoco lo habían hecho los nuevos legisladores del Partido Comunista Mexicano ni los pertenecientes al Partido Socialista de los Trabajadores.

“Hemos ampliado la legitimidad de la lucha de las corrientes ideológicas”, dijo el Presidente en aquel informe, que fue respondido, por segunda ocasión en la historia del país, por una mujer, una diputada priista, jovencita que se llama Beatriz Paredes Rangel.

¿Cómo se llegó a un nuevo escenario, a ese entonces novedosísimo sistema de partidos? Al iniciar la segunda mitad de los años setenta, la proliferación de fuerzas y organizaciones políticas distintas a lo que, formalmente se entendía por oposición —el PAN, el PPS y el PARM— y el reconocimiento de que, en el origen de fenómenos como la guerrilla urbana había una posición política eran realidades concretas. Los movimientos sindicalistas de aquellos años, como el de los trabajadores de la UNAM y el de los electricistas que se oponían al “charrismo” que por años había dominado al SUTERM (Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana) hablaban de corrientes críticas al desgastado sindicalismo mexicano. Manifestaciones y marchas habían entrado a formar parte de la vida diaria de las ciudades importantes del país.

Un rasgo sintomático del estado de cosas fue que, en las elecciones presidenciales de 1976, solamente había un candidato: José López Portillo. El PPS y el PARM se habían adherido a su candidatura representando al PRI, y una crisis interna había impedido que el PAN presentara candidatura. Además, Acción Nacional afirmaba, por aquellos días, que el gobierno priista no estaba dispuesto a respetar los resultados de las contiendas electorales.

No sin cierto humor ácido, José López Portillo reflexionaría sobre el tema, años después: “Con que hubiera votado solo mi mamá por su hijo Pepito, habría yo salido electo Presidente”. El Partido Comunista Mexicano presentó a Valentín Campa como su candidato, pero al carecer de registro y reconocimiento legal, no apareció en la boleta electoral. El PRI ganó con 83% de los votos.

México era cada vez más plural, más diverso. Los hechos consignados por los resultados electorales no eran la realidad política del país, y eso implicaba una fuerte crisis de legitimidad: el sistema de partidos, en 1976, ya no reflejaba lo que éramos en aquellos años.

UNA CUESTIÓN DE VOLUNTAD POLÍTICA. Sin duda, el político e historiador Jesús Reyes Heroles, nombrado secretario de Gobernación del gobierno fue el artífice de la reforma que transformó al México político. Desde hace años, politólogos y analistas del pasado reciente lo han señalado: Reyes Heroles “vio la realidad” política del país, y con eso que se suele llamar “voluntad política” de López Portillo, se empezó a cimentar una reforma política que, hoy día, a algunos les parece limitada y de poco alcance, pero que ciertamente es uno de los grandes momentos de la vida política mexicana del siglo XX.

Era abril de 1977 cuando en la ciudad de Chilpancingo, y ante el gobernador Rubén Figueroa —quizá uno de los más notorios representantes de ese viejo sistema político en crisis— Reyes Heroles propone el reconocimiento formal, oficial de la efervescencia política que vive el país y propone abrir espacios a esas fuerzas políticas cuya existencia no puede negarse.

De la palabra se pasa a la acción: ese mismo mes se anuncia la liberación de presos políticos vinculados a los movimientos guerrilleros, y López Portillo convoca a audiencias públicas para discutir los términos de la reforma política. Se llama a que participen todos los movimientos políticos que lo deseen, por minoritarios que sean.

Fueron una docena de audiencias, entre el 28 de abril y el 21 de junio de ese 1977. Quince organizaciones políticas, además de 26 activistas e intelectuales, a título personal, se presentaron. Hubo representantes por cada partido político, incluso de aquellos que carecían de registro.

El proyecto despertó debates en las fuerzas políticas en el seno de la izquierda e incluso de las guerrillas. ¿era acaso una trampa? Porque había otro hecho importante: la ley electoral vigente en aquellos años no tenía mecanismos ni de equidad ni antifraude, y tenía más de 20 años que no se daba registro a un nuevo partido político.

Reyes Heroles negoció con todos. Incluso, con las fuerzas políticas que, dentro del PRI, no estaban de acuerdo con esa apertura política, como la CTM o la dirigencia del propio PRI. En su primer informe de gobierno, en septiembre de 1977, López Portillo anunció la preparación de la iniciativa que reformaría el sistema de partidos y las leyes electorales. Le pidió a las mayorías reconocer los derechos de las minorías.

En diciembre de aquel año, el Congreso aprobó la reforma de 17 artículos constitucionales, y nacía la Ley Federal de Organizaciones políticas y Procesos Electorales (LOPPE): los partidos tendrían recursos públicos para campañas. Aparecía la figura de registro condicionado y se aumentó el número de diputados, con un centenar de representantes de lo que se llamó representación proporcional.

Tres fueron los partidos que obtuvieron registro a partir de la reforma política: El Partido Comunista de México, el Partido Socialista de los Trabajadores y el Partido Demócrata Mexicano, vinculado a grupos sinarquistas y algunos núcleos relacionados con los movimientos cristeros. Mantuvieron su registro, porque el PCM tuvo 5% de la votación nacional, y el PST y el PDM obtuvieron, cada uno, 2% de la votación. Y aunque tuvieron pocos legisladores —el PCM 18, y el PDM y el PST 10 cada uno de ellos— la composición política del poder legislativo era completamente distinta.

Sí, México también cambiaba en su realidad política.

LA VIDA DE TODOS LOS DÍAS. ¿Cómo era ese México que políticamente se transformaba al final de la década de los setenta? El último día de agosto de 1979 había muerto Concepción Acevedo de La Llata, la Madre Conchita, involucrada en el asesinato, en 1928, de Álvaro Obregón. Murió en su departamento de la colonia Roma, que, cosas de la vida, estaba junto al edificio del Partido Popular Socialista, justo donde alguna vez estuvo la casa que habitó Álvaro Obregón en sus últimos días.

Cuando aquella LI Legislatura entró en funciones, en varios cines de la ciudad de México se programaba un festival fílmico en honor a los Beatles, con todas sus películas. El payaso Cepillín seguía triunfando entre el público infantil y ya tenía su película, Milagro en el circo. Los adultos veían Muerte en el Nilo, con Peter Ustinov haciendo de Hércules Poirot.

En casa, los niños se pegaban a la tele para ver Burbujas. Llevaba años en las preferencias de la gente la serie La criada bien criada —aún no era políticamente incorrecto llamarle así a las empleadas domésticas— que protagonizaba María Victoria. Se transmitían las competencias de la X Universiada México 79, y Paco Malgesto visitaba a las estrellas. Se repetían hasta el cansancio, y sin hartar jamás, programas como Ensalada de Locos, Mi Marciano Favorito. ¡Seguían pasando Lassie!

La teleaudiencia se enganchaba con las grandes series de aquellos años, como El Crucero del Amor, Columbo, Kojak y Starsky & Hutch. Como éramos modernos, en el cine se estrenaba una película mexicana inquietante, y desde luego, solo para adultos: Amor Libre, de Jaime Humberto Hermosillo, con Julissa y Alma Muriel.

No era ya la única voz la de Jacobo Zabludovsky la que informaba a los televidentes. Un joven Joaquín López Dóriga era el rostro estelar de los noticieros de la televisión pública, que competía presentando series que hicieron época en la teleaudiencia, como Raíces, acerca de la esclavitud en los Estadios Unidos del siglo XIX. Luis Spota con Fuera de Serie aportaba análisis, y era uno de los escritores más leídos de aquellos días, con sus novelas acerca del poder y la sucesión.

En el 13, para competirle a Televisa que tenía la animación japonesa Heidi, salida de un clásico de la literatura infantil, y se programó a Marco, historia inspirada en un cuento decimonónico italiano, De los Apeninos a los Andes”. Y Pedro Ferriz, en ese mismo canal, conducía el programa de concurso Las 13 preguntas del 13.

Las faldas femeninas se habían estacionado a la altura del famoso midi, cinco o seis dedos abajo e la rodilla y ya se vendían fragancias unisex, como  Eau Libre de Saint Laurent. El perfume de moda era “Charlie”, de Revlon.

Además de “Los ricos también lloran”, la gente veía a Angélica María haciendo de Yara, una indígena -no- indígena lacandona, y triunfaba La Carabina de Ambrosio, a pesar de que César Costa dejaba el programa y lo sustituía el cantante Gualberto Castro. En ese programa, Chabelo, la Pájara Peggy y Alejandro Suárez hacían las delicias del público, y la sección de Suárez, La Palabra Canta daba ratos de risa loca a los chamacos de secundaria, y los mayores esperaban a que fuera más tarde para ver a Olga Breeskin.

TECNOLOGÍA E INFLACIÓN. Una empresa fabricante de galletas, Gamesa, pagaba planas enteras para explicarle al consumidor cómo el aumento del precio de los ingredientes que empleaba había aumentado, entre 1974 y 1979, mucho más que el precio de una caja de galletas: el trigo aumentó, en ese lustro, 130%, el azúcar, 141%.

No había comida rápida por doquier: una de las escasas pizzerías que ya estaba en México desde entonces, Pizza Hut, solamente tenía tres sucursales, una en la Zona Rosa, otra en San Ángel y otra en Ciudad Satélite Eso sí, abundaban las sucursales de la cadena de hamburgueserías, esa sí, mexicana, Burguer Boy.

En algunos almacenes departamentales empezaban a promoverse ¡oh, novedad!  los hornos de microondas, con sistema digital que, aseguraban,  cocinaban tres veces más rápido que  cualquier horno tradicional y hasta le ofrecían al comprador 5 cursos para que aprendiera a usarlo y además le regalaban un exprimidor  eléctrico y una licuadora. El aparato costaba 22 mil 995  pesos, apenas menos que un lavavajillas, de 22 mil 575 pero una recámara cara costaba 18 mil 500 pesos y una sala 13 mil. Unas botas para mujer  menos caras 899 las más caras 1,795. Sí, un microondas era algo muy caro.

Empezaban a anunciarse esos artefactos con los cuales hoy el ser humano mantiene una relación tormentosa: las que entonces se llamaban “minicomputadoras”, porque LAS computadoras, se sabía, eran tan grandes que llenaban habitaciones enteras, y la novedad de la vida cotidiana eran los relojes de cuarzo, para los que estaban hartos de darle cuerda diariamente a su reloj. Para disimular, los nuevos de cuarzo igual tenían manecillas.

Y la década se terminaba con un nuevo impuesto, que eliminaba el impuesto a los artículos de lujo, de 4% inventado en el sexenio de Luis Echeverría. Llegaba el Impuesto al Valor Agregado, el IVA, que, desde entonces, para bien y para mal, forma parte de nuestras vidas.

 
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