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Mundial 2026: cuando el futbol se convierte en religión

La secularización no eliminó la necesidad humana de creer. Contrario a lo que algunos pensadores del cientificismo llegaron a pronosticar, el mundo contemporáneo no parece menos religioso que el de antaño. Lo que ha cambiado son los objetos de devoción. En la actualidad, el concepto de religión se utiliza con frecuencia para describir aficiones, ideologías y prácticas que despiertan adhesiones emocionales intensas. Entre ellas destaca el futbol, el deporte más popular del planeta.

La comparación entre futbol y religión puede parecer exagerada, pero resulta útil para comprender ciertos comportamientos colectivos. Millones de aficionados viven su pasión por un equipo con una intensidad que recuerda a la fe religiosa. Los colores, los escudos y las camisetas generan un profundo sentido de pertenencia e identidad. Los estadios se convierten en espacios de encuentro donde los seguidores participan en rituales compartidos: cantos, porras, celebraciones y ceremonias que fortalecen los lazos de la comunidad deportiva.

Siguiendo esta analogía, los equipos ocupan el lugar de las divinidades y los jugadores el de héroes o elegidos. Cada jornada recrea una especie de relato mítico en el que se enfrentan fuerzas rivales con la promesa de alcanzar la gloria. El campeonato representa una suerte de paraíso terrenal donde los fieles encuentran redención, orgullo y prestigio. Aunque se trate de una metáfora, ilustra la capacidad del futbol para movilizar emociones y construir identidades colectivas.

Religión y futbol

En algunos casos, la semejanza trasciende el plano simbólico. En Argentina existe la llamada Iglesia Maradoniana, fundada por admiradores de Diego Armando Maradona. Este peculiar movimiento cuenta con celebraciones, fechas conmemorativas e incluso textos inspirados en la figura del legendario futbolista. Más allá de su tono lúdico, el fenómeno revela cómo ciertas figuras deportivas pueden ser elevadas a la categoría de auténticos ídolos populares.

La próxima Copa Mundial de Futbol de 2026, organizada por México, Estados Unidos y Canadá, constituye un ejemplo extraordinario del alcance global de esta pasión. México hará historia al convertirse en el primer país en albergar tres mundiales. Millones de personas seguirán el torneo desde todos los continentes y miles viajarán para apoyar a sus selecciones. Las ciudades sede recibirán una auténtica peregrinación de aficionados dispuestos a recorrer grandes distancias para formar parte de la experiencia mundialista.

Religión y futbol

Sin embargo, toda religión tiene el riesgo del fanatismo, y el futbol no es la excepción. Cuando la pasión se transforma en intolerancia, aparecen conductas comparables a las de los extremismos religiosos. Algunas barras y grupos de animación han protagonizado episodios de violencia que contradicen el espíritu lúdico del deporte. El caso más recordado en México ocurrió en 2022 en el Estadio Corregidora de Querétaro, donde una batalla campal entre aficionados dejó decenas de heridos y mostró el rostro más oscuro de la afición radical.

Apoyar a un equipo, celebrar una victoria o sufrir una derrota forma parte de la experiencia deportiva. El problema surge cuando la identidad futbolística se convierte en motivo de odio hacia quienes apoyan otros colores. Ningún resultado deportivo justifica la agresión, la discriminación o la violencia. El Mundial de 2026 representa una oportunidad para demostrar que la pasión puede convivir con el respeto y la pluralidad.

El futbol puede unir pueblos, generar amistades y crear memorias compartidas. Pero conviene recordar que sigue siendo un juego. Las grandes causas de la existencia humana —la solidaridad, la fraternidad, la búsqueda de sentido y la trascendencia— merecen una entrega más profunda que cualquier campeonato. Los equipos pueden enfrentarse cada fin de semana; sus seguidores, en cambio, deben aprender a convivir como miembros de una misma comunidad humana.

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