La oficina de Laura Imelda Pérez Segura tiene algo de sala de guerra y algo de parroquia de barrio. En las paredes cuelgan planos del municipio, fotografías, gráficas de incidencia delictiva; en el discurso, en cambio, aparecen colibríes que buscan extinguir incendios forestales y una especie de fe obstinada en que la política todavía sirve para algo más que sobrevivir.
Ella habla rápido. Como quien gobierna con el reloj encima. Como quien sabe que, en un municipio como San Pedro Tlaquepaque, el día empieza antes de amanecer y termina mucho después de que se apagaron los teléfonos oficiales. Habla y enumera: drenajes colapsados, colonias abandonadas, policías sin armas, mototaxis, inundaciones, corrupción, chalecos negros, luminarias fantasma, mujeres jefas de familia, el Parián, el Mundial.
A ratos parece entrevista. A ratos confesión administrativa.
—Nunca había sido presidenta municipal —dice apenas sentada—. Entonces una tiene una idea, pero la realidad siempre termina siendo otra cosa.
La frase podría sonar protocolaria si no fuera porque enseguida empieza a describir el caos con una precisión casi doméstica: una administración recibida sin entrega-recepción, sin nómina, sin contratos, sin plantilla laboral. Como entrar a vivir a una casa donde alguien arrancó hasta los cables de la luz antes de irse.
—Tuvimos tres días sin dormir tratando de pagar la nómina.
Lo cuenta sin dramatismo. Como quien ya se acostumbró a vivir dentro de la emergencia.
En México los políticos suelen hablar de “retos”. Ella habla de colonias. De lugares específicos. Cerro del Gato. El Órgano. Ojo de Agua. Juan de la Barrera. Lugares que, pronunciados en voz alta, suenan menos a mapas urbanos que a zonas expulsadas de la ciudad.
—Había colonias que jamás habían sido atendidas. Sin drenaje, sin agua, sin alumbrado. Lo básico.
La palabra “desigualdad” aparece muchas veces en la conversación. Pero no como categoría académica: la dice con el cansancio de quien ha visto que a veinte minutos de los restaurantes de moda todavía hay calles donde la lluvia entra a las casas como si cobrara renta.
En algún momento menciona al SIAPA y luego habla de Valle Real, colonia de alta plusvalía.
—Nunca falta agua allá.
No necesita completar la idea. En Guadalajara las geografías sociales se entienden rápido: de un lado la ciudad que presume desarrollo; del otro, la ciudad que todavía espera drenaje.
La presidenta habla de corrupción como quien habla de humedad: algo pegado a las paredes desde hace años. Dice que encontraron compras injustificadas, desarrollos inmobiliarios irregulares, luminarias caducadas, limpieza simulada de un cerro por veinte millones de pesos.
—La mayoría de los negocios sin licencia pagaban “directo”.
“Directo” es una palabra elegante para decir mordida.
Mientras habla mueve las manos con energía. No parece una política entrenada para la neutralidad. Más bien alguien que todavía conserva el enojo. Quizás por eso, cuando toca el tema de movilidad y del enfrentamiento con la Secretaría de Transporte estatal, deja salir una frase que mezcla molestia y orgullo:
—A mí no me cita un secretario del estado.
No lo dice como altanería sino como defensa territorial. Como si en el fondo sintiera que Tlaquepaque lleva demasiado tiempo siendo tratado como patio trasero metropolitano.

Entonces aparece otro de los temas inevitables: la seguridad.
Dice que recibieron 30 patrullas operativas y menos de 900 policías. Que había elementos comisionados, otros en oficinas, otros en puntos fijos. Que durante años ni siquiera hubo inversión en armamento.
Ahora presume cien patrullas, más cámaras, capacitaciones en Ciudad de México, una reducción del 30 por ciento en delitos y una excelente relación con el encargado de la Seguridad Nacional, Omar García Harfuch.
La estadística le importa, sí. Pero insiste más en otra palabra: percepción.
—La gente vive lo que siente.
Ahí está quizá una de las claves del discurso político contemporáneo: no basta con disminuir delitos; hay que disminuir miedo.
Y el miedo, en San Pedro Tlaquepaque, también llega con el temporal.
Cuando recuerda las inundaciones cambia el tono. Habla más lento. Como quien vuelve mentalmente a las imágenes de casas llenas de agua.
—Nos comíamos las uñas.
Cuenta que el año pasado dormía pendiente de los reportes meteorológicos. Que abrieron calles para cambiar drenajes y una suspensión judicial frenó la obra justo antes de las lluvias. Que sentía angustia porque una solución podía convertirse en desastre.
En México gobernar muchas veces consiste en eso: pelear contra problemas heredados mientras el próximo aguacero ya viene doblando la esquina.
La conversación avanza y aparece inevitablemente Morena. Morena. Las divisiones internas. Las aspiraciones para 2030. La posibilidad de reelegirse.
Ella responde como responden casi todos los políticos cuando todavía falta tiempo: sin cerrar puertas.
—Estoy concentrada en concluir mi mandato.
Pero luego sonríe apenas cuando le preguntan si Jalisco se pintará de guinda.
—Definitivamente tenemos una gran posibilidad.
Hay algo interesante en verla hablar de política partidista después de casi una hora hablando de drenajes y mototaxis: el contraste entre la épica nacional y la mugre municipal. Entre las grandes consignas y las fugas de agua.
Porque al final la política local siempre termina reduciendo cualquier ideología a cosas concretas: basura, calles, policías, camiones que pasan o no pasan.
Quizás por eso el símbolo del colibrí termina teniendo sentido.
Cuando le preguntan por qué aparece en su imagen institucional, la presidenta por primera vez deja el tono técnico. Cuenta la historia del colibrí que intenta apagar un incendio llevando gotas de agua en el pico mientras los demás animales huyen.
—Yo sé que no lo voy a apagar, pero estoy haciendo mi parte.
La frase podría parecer ingenua. Tal vez lo sea. Pero mientras la dice, uno piensa que gobernar municipios en México consiste exactamente en eso: correr de incendio en incendio con una cantidad ridícula de agua entre las manos.
Y aun así intentarlo.