Opinión


1519 o el asombro de los españoles desde los ojos de Alfonso Reyes

1519 o el asombro de los españoles  desde los ojos de Alfonso Reyes | La Crónica de Hoy

Javier Garciadiego *

En el prólogo de la nueva edición de Visión de Anáhuac (1519) preparada por el sello de El Colegio Nacional para conmemorar el 500 aniversario del encuentro entre españoles y mesoamericanos, Javier Garciadiego narra el proceso de elaboración y la recepción de una de las obras más importantes en la bibliografía alfonsina. A continuación reproducimos un fragmento de la novedad editorial disponible ya en librerías:

 

En 1917, después de vivir poco más de dos años en España, Alfonso Reyes publicó tres libros, luego de no hacerlo desde 1911, cuando apareció Cuestiones estéticas. La principal explicación de aquel silencio está en su biografía: 1913 fue el peor año de su vida, con la trágica muerte de su padre, por absurda e inútil, la cual sería un parteaguas, y con su salida a Francia en un exilio tanto sentimental como político, disfrazado de encargo diplomático. El año de 1914 no fue mejor: el triunfo de la revolución constitucionalista lo dejó desempleado en París, ciudad que tuvo que abandonar pronto por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Exiliado en España, 1915 fue un año agotador: tuvo que convertirse en un “galeote literario”, escribiendo innumerables “articulillos” para revistas y periódicos americanos, haciendo traducciones anónimas y hasta críticas cinematográficas con seudónimo. Comprensiblemente, sólo de manera furtiva escribía literatura de su agrado. La pobreza que padeció lo obligó a habitar en posadas y apartamentos desvencijados, de auténtica “picaresca”, ubicados en barrios populares de Madrid. Aquella inédita situación impuso que su única diversión fuera ir los domingos —día gratuito— al Museo del Prado, y no al teatro ni a otras diversiones onerosas.

Para 1916 casi había logrado estabilizar su vida profesional, lo que explica que haya concluido tres manuscritos, los que ciertamente incluían algunas páginas escritas con anterioridad, pero que hasta entonces pudo organizar y preparar para su edición. Reyes sabía que ya habían pasado cinco años desde su primer —y único— libro. Para hacerse escritor, para darse a conocer en España y para ser recordado en México tenía que publicar. A su amigo y maestro Pedro Henríquez Ureña le confesó estar “en un verdadero estado de locura por no publicar”.

Prueba de la amplitud de su obra, los tres libros eran de muy diversa factura y temática. Uno, Cartones de Madrid, estaba compuesto de breves crónicas escritas “sobre las rodillas”, en las que describía sus primeras impresiones de Madrid. El Museo del Prado se refleja en sus páginas, sobre todo Goya, lo mismo que los ámbitos callejeros y populares.

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De los tres libros, sin duda los Cartones de Madrid y la Visión de Anáhuac. (1519) están más vinculados, pues aluden a sus dos geografías: en uno están sus primeras impresiones de España; el otro es prueba de su añoranza por México, como lo dijo el propio Reyes en forma clarísima: “sentirme olvidado por mi país y la nostalgia de mi alta meseta me llevaron a escribir la Visión de Anáhuac” (1915). En términos más prácticos, también buscaba no desvincularse de los círculos literarios mexicanos, de los que llevaba ya cuatro años de alejamiento físico y de silencio literario.

¿Cuándo fue que la escribió? ¿En qué condiciones? ¿Qué fuentes utilizó? ¿Cómo eligió el título? Diversos testimonios sostienen que desde finales de 1915 Reyes había sido contratado por las editoriales La Lectura y Calleja para que les preparara ciertas ediciones y antologías de “clásicos”, como Juan Ruiz de Alarcón, Quevedo y Baltasar Gracián. También se le pidió un estudio sobre Antonio de Solís. Para cumplir con tales encargos, Reyes comenzó a frecuentar la Biblioteca Nacional, desde entonces ubicada en la céntrica calle de Recoletos. Aprovechó, pues, tal repositorio para releer las Cartas de relación, de Hernán Cortés; la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, del soldado cortesiano Bernal Díaz del Castillo; a López de Gómara, y la crónica del Conquistador Anónimo, incluida en el libro de Giovanni Battista Ramusio.

 

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Su variada naturaleza

Si bien hoy nadie cuestiona que Visión de Anáhuac es el texto más difundido y reconocido de Reyes, su naturaleza sigue siendo motivo de graves aunque sanas diferencias. ¿Crónica, ensayo, prosa poética, narración histórica? En una carta que Reyes escribió a Joaquín García Monge a finales de octubre de 1916 le agradecía la hospitalidad de publicar su texto en su “preciosa colección”, aunque le confesó que le había puesto un título “absurdo”: Mil quinientos diez y nueve, así, con letra, pero lo autorizaba a ponerle “este otro” si no le gustaba: Visión de Anáhuac. (1519). No hay duda de que dicha cifra-fecha era “poco expresiva para lectores ajenos a lo que significó en el pasado de esta parte de América”. Atinadamente, gracias a García Monge, prevaleció el nombre poético, basado en la palabra visión, por sobre el título cronológico, que convertido en número pasó a ser el subtítulo. Así, la poesía venció a la historia, pero fue un triunfo forzado, impuesto. Hoy se sabe que la redacción de la Visión no terminó en 1915. Reyes alteró la fecha porque quería jugar, porque como clasicista gustaba de las simetrías, porque le fascinaban las paradojas y los acertijos.

Es riesgoso intentar definir la naturaleza de Visión de Anáhuac: ¿poema en prosa o historia?, ¿crónica o ensayo? Hasta se acuñaron dos términos tan conciliadores como ingeniosos: “poesía historificada” y “poema genésico”. Por un lado es evidente que Reyes se basó en fuentes documentales —las crónicas de Cortés y de Bernal Díaz— y que narra un hecho histórico, no menor, por cierto, a pesar de las pocas páginas de su texto, pues describe un episodio clave en la historia del mundo; de hecho, plasma uno de los momentos en que se inicia la mundialización de la historia, lo que se dio a través de un “encuentro”, incluso con obsequios de por medio. Sin la pretensión de terciar en una conocida polémica historiográfica y diplomática —o sea, política—, parece claro que se trata de dos etapas distintas más que de dos situaciones excluyentes. Primero hubo un “encuentro”, con algunos meses de convivencia más o menos pacífica, y luego hubo una cruenta conquista. Reyes no trata ninguno de los dos; más bien, se refiere al momento previo, el del asombro que produjo en los españoles divisar Tenochtitlan, incluyendo su contexto físico y geográfico. Al margen de esto, como hijo y nieto de militares, Reyes tenía gran interés en los temas castrenses, como lo prueba su colección de soldaditos “de plomo” de la Conquista.

Para complicar aún más la definición de la naturaleza de la Visión y el tipo de trabajo de su autor, debe recordarse que, al tiempo de su publicación en Costa Rica, Reyes coordinaba una página semanal —los jueves— en el periódico El Sol, de Madrid, dedicada a los temas de “Historia y Geografía”. Además, gran parte de su tiempo laboral lo dedicaba a hacer investigaciones de historia literaria, sobre el Siglo de Oro español, en tanto colaborador del Centro de Estudios Históricos de Madrid, donde tuvo a don Ramón Menéndez Pidal como jefe, como ya se ha mencionado. El propio Reyes zanjó la cuestión, al reconocer que él traía un historiador “en el bolsillo”. Asimismo, en una carta le confesó a un compañero escritor y colega diplomático que soñaba con que Visión de Anáhuac fuera “el primer capítulo” de una obra mayor —“serie de ensayos”— en la que “procuraría extraer e interpretar la moraleja de nuestra terrible fábula histórica”. Por último, aunque fuera por poco tiempo, Reyes había trabajado en la comisión que buscaba documentos históricos relevantes para México en los archivos europeos. Me pregunto si podría cerrarse la discusión con una frase de él mismo, quien definió la Visión como un “ensayo histórico” en el que se “evoca la primera impresión que, al asomarse al valle de México tuvieron los conquistadores españoles”.

No considero recomendable reducir la naturaleza de la Visión a una sola característica. Su valor está en su maleable plasticidad. Desde un principio fue incuestionable que Reyes practicó varios géneros: poesía, ensayo, cuento. Lo mismo puede decirse de Visión de Anáhuac, breve texto que sería injusto encasillar en un solo género, pues eso significaría empobrecerlo. En lo único en lo que todos los que han estudiado el tema coinciden es en su gran calidad literaria. Si bien está escrito en una prosa difícil —la sencillez vendría con la madurez—, en ocasiones hasta “arcaizante”, lo cierto es que Reyes mismo se afanó en impregnarle ese tono y lenguaje, a pesar de lo cual le dio total “fluidez y naturalidad”. Recuérdese la defensa de su texto frente a las críticas de Henríquez Ureña. Se basó en los grandes cronistas de la Conquista, esto es, de la primera mitad del siglo XVI, a los que tenía que hacer accesibles a sus lectores de principios del siglo XX. No hay duda alguna: Visión de Anáhuac fue escrita cuando Reyes, por razones laborales, estaba dedicado a la lectura de los autores del Siglo de Oro. Por supuesto que llama la atención su precocidad: tenía entonces sólo veintiséis años. Por eso uno de los mejores alfonsistas asegura que desde entonces demostró ser, indiscutiblemente, “sabio y artista”; pues desde entonces integraba “poesía y saber”, a pesar de ser dos elementos tan dispares, por lo que para ello se requirió “la magia” de Reyes.

En síntesis, encuentro tres razones para asegurar que hoy Visión de Anáhuac es el texto más popular de Reyes, lo más cercano a su libro insignia: su indefinible pero atractiva naturaleza, que lo hace imposible de encasillar; su evidente filiación mexicanista, con lo que Reyes desmiente tantos denuestos injustos, y su belleza literaria.

 

Integrante de El Colegio Nacional

 

 

 

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