Opinión


1994, excelente explicación de un año fatídico

1994, excelente explicación de un año fatídico | La Crónica de Hoy

No creo que sea fortuito que el arte cinematográfico haya sido tomado por asalto por los mexicanos. No sólo están los directores que arrasan en los festivales internacionales, también están aquellos que Ulises Castañeda, el crítico de cine de nuestra casa editorial, ha señalado como nuevos valores a seguir. No creo, finalmente, que sea casualidad que Diego Enrique Osorno haya encontrado su madurez como narrador en el video; resulta lógico que se sume a esa corriente y que lo mejor de su trabajo esté hoy en la serie documental llamada 1994, trasmitido por Netflix.

Lo de Osorno es una mirada inteligente sobre aquel año fatídico y un verdadero chispazo de genialidad: Los recursos logísticos en la elaboración del documental son más bien escasos, pero no hace falta más. Osorno ha sabido meterse en la memoria de quienes vivimos aquel año —confiados en la llegada de la modernidad, embrujados por una figura como la del entonces presidente Salinas y obligados a repensarlo todo por el levantamiento indígena en Chiapas y los asesinatos políticos—, y ha sabido presentar aquel año a quienes no lo vivieron. Que el hombre todopoderoso (y después francamente calumniado) se presente, que diga quién es, aparece como primera escena de 1994. Y es ésa una señal acertada. Los 25 años han pasado desde entonces, lo han hecho con fuerza, tiempos violentos como aguas de un río joven que erosionan las piedras en su fondo y las convierten en superficies de contornos suaves, que se antojan fáciles de describir: Salinas, Zedillo, EZLN, el error de diciembre, el segundo disparo, la calaca del Encanto, Colosio, Aburto, pueden ser asuntos conocidos, pero han perdido sus aristas y su verdadera complejidad con el paso de los años.

El pasado debe pensarse, recrearse a partir del conocimiento y la información. 1994 de Diego Osorno es justamente repensar el pasado y recrearlo a partir de información. No hay simplificación posible para quien desea conocer un parteaguas nacional.

Como ya mencionaba previamente, lo relevante en el trabajo de Osorno es lo que vendrá desde ahora. Primero, porque ya se encontró como el gran narrador que estaba destinado a ser en lo individual. Quienes ya vieron la serie, tendrán que hacer un esfuerzo consciente para percibir que la estructura formal es muy sencilla. Los extractos de video son escasos, pero precisos. Si bien muchos entrevistados aparecen sentados en la misma sala, su palabra y el lenguaje corporal ayudan a entender quién es. La palabra los distingue y cada uno toma su lugar, va encajando en un rompecabezas que termina en Aburto, un chaval torpe, megalómano, presentado como lo que es (y tan parecido a nuestros sicaritos y halconcitos de hoy en día).

¿Cuál es la gran revelación de Osorno respecto a 1994? Ninguna y eso también es un acierto. El director supo que tenía frente a sí una historia abierta, que los hilados de aquel año se han prolongado hasta nuestros días y que están aún enredados en nuestro presente con gran firmeza. Muchas preguntas seguirán allí, rondándonos, por mucho tiempo.

Más allá de las preguntas obvias (aquella, por ejemplo, que dio a Zedillo una razón para aceptar la candidatura priista, y la Presidencia: ¿quién mató a Colosio?), las preguntas sobre cómo debe ser este país, cómo debe entender su forma de gobierno, cómo debe transitar el paso del tiempo sin desdibujarse, siguen sin una respuesta contundente. Nuestro 1994 interno, el que nos ha mostrado Osorno, un narrador y director de cine que ha alcanzado madurez, sigue allí, en todos nosotros, quienes lo vivimos y quienes no.

 

Arturo Ramos Ortiz

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