Opinión


1999, mi primera colaboración con La Crónica

 1999, mi primera colaboración con La Crónica | La Crónica de Hoy

Se cumplen exactamente veinte años de que publiqué por primera vez en estas páginas. En el 23 aniversario del periódico La Crónica de Hoy he querido recordarlo como un reconocimiento al diario que desde 2013, y antes, entre 2002 y 2005, recibe semana a semana mis colaboraciones, que he escrito y entregado —siempre— con entera libertad.

En junio de 1999 de este periódico, dirigido en aquel entonces por Pablo Hiriart mientras que la sección cultural estaba a cargo de Héctor de Mauleón, me invitaron a participar en una serie especial por la que le pidieron a escritores de mi generación explicar el origen y las causas de su vocación por la escritura. Éste es un fragmento de lo que escribí y se publicó en estas mismas páginas el 12 de julio de 1999.

“La inquietud que no cesa.

“Aún ahora no he podido discernir a ciencia cierta si llegué a la literatura por accidente o por vocación. Me queda claro por lo pronto que el oficio de escribir obedece en mi caso a esa forma insospechada del azar a la que llamamos destino. En la bitácora de mis afinidades electivas hay evidencia suficiente como para aceptar la intervención de lo circunstancial en la mayoría de mis actos, y salvo por algunos datos por demás exiguos, como lo fue la composición de algunos poemas y fábulas extraordinariamente malas por ahí de los diez años; o el descubrimiento feliz, por aterrador, de los cuentos de Allan Poe, Lovecraft y Quiroga, no bien había concluido la primaria, mis certezas vocacionales variaron con el tiempo tanto como yo mismo.

“Tengo treinta y un años. Hace veinte estaba convencido que mi destino me llevaría a las grandes ligas del beisbol, pero el sueño se disipó muy pronto. Lo entendí la mañana que el manager de mi equipo me recordó a gritos que yo era el peor jugador que había visto en su vida, luego que me poncharon con la casa llena y dos outs en el noveno inning, partido final de la temporada. Tuve que responderle que no podía esperar mejores resultados de mí siendo la primera vez que me metía al partido en los últimos dos meses.

“Al cumplir dieciocho creía en la revolución por sobre todas las cosas; eso me llevó a una fatigosa militancia y a cortar algodón en la Nicaragua sandinista otorgándole a mi vida los quince minutos épicos a los que todos tenemos derecho. Muchos datos que se fueron agregando con el tiempo contribuyeron a la desilusión, pero hay uno en particular que hoy recupero como el más definitivo. En cierta ocasión me encargaron atender en la ciudad a un famoso comandante sandinista que estaría en México por unos cuantos días. Junto conmigo formaba parte de la comisión una muchacha de mi edad de quien me había enamorado con la discreción hermética que sólo puede justificarse en un adolescente preso de la timidez y el celibato. Hasta que descubrí que todas las noches, mientras regresaba a casa satisfecho por haber cumplido mis deberes revolucionarios, el comandante gozaba de mi Dulcinea en la habitación de un hotel de cinco estrellas. Mientras yo pensaba que hacía la revolución a bordo de un autobús de la ruta 64, ellos hacían el amor. No sabía yo que aquel personaje no era la reencarnación de Lenin, sino una imitación tropical de Humpert Humpert, el célebre personaje de Nabokov.

“Terminé el bachillerato y me inscribí en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ahí encontré lo que puedo considerar como la tercera pasión de mi vida, y tal vez ahora podría ejercer a plenitud mi oficio de historiador, si no fuera por la irrupción de nuevas señales que me anunciaban otros rumbos. La primera de ellas tiene que ver con la narrativa como una necesidad inaplazable.

“Cierto día descubrí en la hemeroteca un periódico del siglo XIX que anunciaba la llegada al país del primer elefante que pisó suelo nacional; aquello fue todo un acontecimiento que culminó un año después con la muerte del paquidermo y la venta de su carne a los taqueros de la ciudad. Me resultaba imposible ajustarme al formato de un informe escolar para reportar mi hallazgo, y eso me llevó de manera natural a la redacción del primer relato que escribí y que poco después publiqué en una revista universitaria, lo cual, a su vez, me permitió acceder a una de las becas para escritores jóvenes que por entonces otorgaba el INBA. Debo pues, mi iniciación literaria, a un elefante africano.

“La segunda señal vino por el rumbo del periodismo. Desde los tiempos de la universidad accedí a las páginas de un diario en calidad de articulista y ello sería el principio de una costumbre cuyo ejercicio sistemático se prolonga hasta el día de hoy y constituye a su vez el principal eje de mi actividad profesional.  La tercera señal, finalmente, se reveló al término de mis estudios. Entonces dos necesidades se me presentaron de manera inexorable: trabajar para sostenerme, y viajar. La primera me condujo a emplearme como asesor político, lo que por algún tiempo me retribuyó un salario regular y muchas horas de angustia kafkiana; la segunda pude cumplirla el día que renuncié a todo y me embarqué en un buque carguero en el que pude cruzar el océano Atlántico para instalarme por una temporada en Europa, en donde también ejercí mis quince minutos henrrymillerianos a los que todos tenemos derecho.

“Todo lo anterior teje una trama oblicua e incidental que de una u otra forma me allanó el camino hacia la escritura por una ruta más bien heterodoxa: no estudié letras, ni asistí a talleres literarios, ni conviví con escritores, ni formé parte de alguna logia tribal. En resumen, me dedico a escribir porque no pude de ser pelotero de los Yankees de Nueva York, ni comandante de alguna revolución latinoamericana, ni historiador de tiempo completo, ni asesor presidencial, ni viajero errante. Escribo, pues, porque es lo único que sé hacer sin temor al repudio, al descalabro o a la desilusión, y sobre todo porque encuentro en el acto de escribir, quiero decir, de narrar, una de las formas más consistentes que adopta en mí la palabra satisfacción.

“No puedo escribir nada si antes no cuento con una historia que narrar, su procesamiento por medio de la escritura viene después, pero no podría sólo apostar por el lenguaje. No podría ser puro estilo fabulación. Me preocupa más la anécdota que la forma, acaso por una doble deformación profesional: el periodismo y la historia.

“En 1994 vivía en España cuando estalló en Chiapas la revuelta zapatista, esa distancia me permitió hacer mi propia lectura de los hechos, y traducirlos a las páginas de una novela que me propuse como un examen cáustico e hiperbólico del acontecimiento más importante de la década de los noventa en México. El resultado es una pieza satírica que se arriesgó en la crítica iconoclasta del Subcomandante Marcos y al mismo tiempo una fábula de la fusión de los medios y la política, de las ideologías y el mercado, de la disidencia y la moda, en esta gran aldea orwelliana que nos tocó habitar.

“Todo lo anterior, sin embargo, habrá que tomarlo con suma cautela. ‘Cada ser es un himno destruido’, sentenció Cioran, y por ello más vale preguntarse con Heine: ‘¿O quedaré tirado en una playa/ de aún no sé qué mar del desengaño?’ ”.

 

 

 

 

edbermejo@yahoo.com.mx

@edbermejo

 

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