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“Quedó debilucho, perdió 8 kilos... y ahora es ‘el peligroso’, ‘el que puede contagiar’”

David, joven vendedor de frutas, sobrevivió al coronavirus. Además de las secuelas físicas, corre el riesgo de ser señalado y marginado por sus vecinos, que le preguntan por su aspecto. Pasó tres semanas hospitalizado. “Fueron los peores días de mi vida”, cuenta don Clemente, su padre.

“Quedó debilucho, perdió 8 kilos... y ahora es ‘el peligroso’, ‘el que puede contagiar’” | La Crónica de Hoy

El contagio de David le cambió la vida a toda la familia. Ahora todos usan cubrebocas, ya apren-dimos que no va en la barbilla, ni en el cuello, ni hay que estarlo agarrando a cada ratito. En la casa llegamos del tianguis y nos cambiamos de ropa”.

De la parte de atrás de su puesto de frutas asoma David sus delgadas manos, extiende el brazo y ofrece una bolsa de plástico, con voz apagada pregunta: ¿qué va a llevar marchanta?”. 

La respuesta con otra pregunta es inmediata: —¿qué te pasó mi´jo?, hace buen rato que no te veía… ¡Estás rete flaco! 

Su afilada cara trata de dibujar una sonrisa, sin responder nada. Lo apagado de sus ojos deja ver que se siente débil. 

Rápidamente don Clemente, padre del joven, ataja, como queriendo parar el interrogatorio: —¿Qué le voy a dar marchanta?... 

Atiende a la clienta y cuando se va sigue contando

“Pues a éste —señala a su hijo, quien nuevamente desaparece en la parte de atrás del puesto y se sienta en un huacal vacío— le dio el COVID, ese dichoso… y la verdad sí se vio malo… hace una pausa y reconoce: sí tuve miedo de que se me fuera…. 

David intenta contar a Crónica, pero ante la debilidad que muestra, es su papá quien inicia el relato. Ambos con cubrebocas debidamente colocado, ahora agregan a los cuidados, recibir el dinero y devolver los cambios cubriéndose las manos con bolsas de plástico. 

David estuvo internado tres semanas en el Hospital General de Zona 48, San Pedro Xalpa, del IMSS, al que está asegurado por parte de su esposa. “Fueron los peores días de mi vida, diario teníamos que hablar por teléfono para saber cómo había amanecido David, siempre con el miedo de que se complicara y que nos dijeran que había sido entubado. Gracias a Dios todo salió bien y a principios de julio fue dado de alta. 

Fueron días muy complicados, agrega don Clemente, porque además de tener a David hospitalizado, se le adelantó el parto a su esposa, así que su nuera tuvo que irse con su mamá a Coacalco, para atenderse del parto y para no enfrentar el peligro de que si alguien más de la familia se contagió del coronavirus se lo fuera a transmitir a mi nuera y al bebé.

“Ahorita ya no tiene nada, sólo que sí quedó muy debilucho, perdió como ocho kilos, todavía se cansa mucho, él me dice que como que le cuesta un poquito respirar normal, o sea, que tiene la sensación de que sus pulmones no se están llenando completamente de aire y quedó con dolor de articulaciones, pero pues ahí la va llevando poco a poquito”. 

Asegura que ahorita ya no tiene nada del virus, porque a los 15 días que salió del hospital regresó a hacerse otra prueba y salió bien, “pero éste es rete necio y ya no quiere quedarse en la casa, así que por ratitos viene al puesto, está aquí y luego se regresa a la casa a acostarse”. 

En el tianguis de El Rosario, cuenta don Clemente, muchos sospechan lo que le pasó a David, “pero nadie se atreve a preguntar abiertamente, y qué bueno, porque pues te van haciendo el feo y te conviertes en ‘el peligroso’, ‘el que puede contagiar a todos’ y se van alejando de ti”. 

No saben cómo se contagió David, dice, ya que el único contacto con gente es aquí en el tianguis —donde trabaja don Clemente hace más de 30 años, antes de que naciera su hijo—. “A la central voy yo con mi hermano, por la mercancía, así que quién sabe. Afortunadamente no ha habido otro contagio, pero pues ahora tenemos más miedo, porque ya se presentó un caso que no sabemos ni de dónde nos pegó”.

El contagio de David le cambió la vida a toda la familia, además de don Clemente, cuenta, están su hermano Guadalupe, quien tiene dos hijos y tres nietos, y sus hermanas gemelas, con dos hijos cada una, todos en casas diferentes, pero viven cerca unos de otros y se mantienen en constante comunicación. 

Ahora todos usan cubrebocas “la verdad es que aquí en el puesto a veces era complicado tener el cubrebocas todo el tiempo, pero ya aprendimos que no va en la barbilla, ni en el cuello, ni hay que estarlo agarrando a cada ratito. En la casa llegamos del tianguis y nos cambiamos de ropa.  

Hace 15 días que David volvió a estar con su esposa, y ahora más que nunca han extremado medidas de seguridad, él va al tianguis a ayudarle a su papá con el puesto sólo tres de los seis días que se pone la semana el mercado sobre ruedas. Ya no permite que nadie se le acerque a menos de un metro de distancia y antes de entrar a su casa, se retira el cubrebocas y toda la ropa que traía puesta para salir a la calle se lava de inmediato, y los zapatos son desfinfectados con cloro y se mete bañar. 

Antes de irse a su casa, dice con voz baja “ya aprendí la lección, esto del coronavirus es real y lo más peligroso es que le puede dar a cualquiera, es decir, hasta usted puede tenerlo y no saberlo y andar por ahí contagiando gente hasta que se le presentan los síntomas como me ocurrió a mí, que sólo comencé con fiebre que no se me quitaba y que por actuar a tiempo, dicen los doctores que evitó que se complicara”.

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