Opinión


Adriana Luna Parra, Barra de Potosí y María Novaro

Adriana Luna Parra, Barra de Potosí y María Novaro | La Crónica de Hoy

1Adriana. Hace casi un año ya que murió Adriana Luna Parra, mi amiga y colega de los años de la solidaridad con la Nicaragua sandinista. La conocí a mediados de la década de los ochenta como vicepresidenta del Comité Manos Fuera de Nicaragua, del que yo formaba parte de su comisión juvenil. En aquel tiempo era harto conocida su historia de amistad con la guerrillera mexicana Araceli Pérez Darias, destacada militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) quien murió a manos del ejército somocista poco antes del triunfo revolucionario.

  Coincidieron ambas en las aulas de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México como estudiantes de psicología. Años más tarde, en 1976, Araceli ingresó clandestinamente a Nicaragua y por espacio de tres años formó parte activa y destacada de la revuelta sandinista, pero fue capturada, torturada y asesinada en abril de 1979. Alguna vez Adriana me contó que atesoraba la poca correspondencia que logró intercambiar con su amiga guerrillera en los primeros meses de su llegada clandestina a Nicaragua.  Espero que esas cartas existan todavía y que sus familiares pudieran compartirlas públicamente por el gran valor histórico y humano que entrañan.

                Adriana Luna Parra Lerdo de Tejada murió en la Ciudad de México el pasado mes de agosto a los 72 años de edad. Formó parte de una familia con gran presencia en la vida policía mexicana de la segunda mitad del siglo XX, y era también descendiente de Sebastián Lerdo de Tejada, el político liberal mexicano del siglo XIX.

                Fundadora y diputada federal por el PRD, la vida nos puso cerca nuevamente en 1997, con motivo de las elecciones en las que Cuauhtémoc Cárdenas ganó la jefatura de gobierno de la Ciudad de México. Aquella noche del seis de julio de 1997 ambos comulgamos de aquella celebración democrática en el Zócalo capitalino. Ahí nos vimos, nos abrazamos, nos felicitamos.

Fue directora del bosque de Chapultepec durante el gobierno de Cárdenas en la Ciudad de México, fue también simpatizante y promotora del EZLN y de otras tantas causas de la izquierda mexicana en el cruce de dos siglos. Como muchos otros fundadores del PRD renunciaría al partido años después, en medio del desencanto y la frustración. Entiendo que en sus últimos lustros de vida pública y profesional se orientó más a la participación desde la sociedad civil, y especialmente destacó en el impulso de una agenda de inclusión para las personas de la tercera edad: a iniciativa suya se fundó en la ciudad de México la Universidad de la Vida para Personas Mayores, que dirigió a partir de 2013.

                La última vez que coincidimos por varios días fue en la República Popular China en 2004. Me desempeñaba yo entonces como agregado cultural de la Embajada de México y Adriana viajó a Pekín acompañando a su hermana Georgina Luna Parra, cuya extraordinaria colección de máscaras mexicanas se exhibieron en un museo de la capital china. Una última coincidencia con Adriana me abre las puertas para la segunda parte de esta entrega.

2 Barra. A ella y a mí nos unió la misma admiración, cariño y lealtad por una playa mexicana en la Costa Grande de Guerrero: Barra de Potosí, una de las formas extremas del paraíso en la tierra. Adriana conoció aquella pequeñísima comunidad  -ubicada muy cerca de Zihuatanejo- en los años noventa, cuando fue una activa organizadora del gremio de pescadores en las costas de Guerrero y Michoacán. Con los años compró un terreno en Barra de Potosí y poco a poco construyó una casa modesta que luego fue adaptando y ampliando para recibir a huéspedes. “La casa de la Luna”, se llama esta propiedad que es querida y respetada por los pescadores de esta comunidad de menos de 500 habitantes.

                En mi caso conocí Barra de Potosí en los años universitarios y por espacio de tres décadas he regresado con la lealtad y la frecuencia de quien viaja no a un destino turístico sino a uno de sus orígenes electivos.  Durante mis años juveniles en varias ocasiones acampé con mis amigos de la universidad sobre la arena y en condiciones que hoy me parecerían insufribles. Años después solía regresar y hospedarme en cuartos alquilados de condición más bien rupestre que los colonos fueron habilitando para recibir a los pocos fuereños que sabíamos de las virtudes secretas de aquel edén.

En los últimos años, y gracias a que algunos extranjeros -principalmente canadienses- rentan las casas que han construido para huir temporalmente de sus gélidos inviernos -construcciones que conviven armoniosamente con el entorno y no amenazan con desbordar la paz de aquel santuario ni afectan a la vida cotidiana de sus colonos- he regresado con mucha frecuencia. Y es ahí, en Barra de Potosí, en una hermosa casa a los pies de la playa, donde he visto pasar, año tras año, viaje tras viaje, la infancia completa de mi hijo que llegó muy pequeño, es hoy un adolescente y que ha crecido junto con otros chicos de la comunidad que se han convertido en sus amigos de la vida.

Barra de Potosí se mantiene milagrosamente aislada de esos dos polos de crecimiento urbano y turístico que son Zihuatanejo e Ixtapa y, lo que resulta aún más sorprendente, se ha logrado mantener al margen de las múltiples violencias del narcotráfico que azotan a la Costa Grande de Guerrero. Su sola sobrevivencia es una hazaña.

3. María. Por todo esto, cuando mi hijo y yo vimos hace unos meses en la Cineteca Nacional la película “Tesoros” (2017) de la directora mexicana Maria Novaro, que transcurre íntegra en Barra de Potosí, y que tiene  a la “Casa de la Luna” como una de sus principales locaciones, más que ver una hermosa película -a medio camino entre la ficción y el documental dirigida a un público infantil- lo que mi hijo y yo vimos -sorprendidos y conmovidos- fue una suerte de álbum fotográfico de familia y una bitácora visual de nuestro territorio afectivo. Reconocíamos cuadro a cuadro, secuencia a secuencia, un espacio tropical al que nos une una suerte de pertenencia biográfica.

La cinta de Maria Novaro -seleccionada en el Festival de Berlín- es una historia de infancia y aventuras en medio de un paraíso suspendido en el tiempo. Pensaba para sus nietos, “Tesoros” cuenta la historia de Jacinta, Dylan, Andrea y Lucas que arman una pandilla con otros niños de Barra de Potosí para buscar un tesoro escondido que el pirata Francis Drake habría dejado cuatro siglos atrás.

La trayectoria de Adriana Luna Parra, la geografía de Barra de Potosí, la filmografía de Maria Novaro, la infancia de mi hijo, mi paternidad, cuentas distintas de una misma cuenta que es la vida. La celebro.

 

 

@edbermejo
edgardobermejo@yahoo.com.mx

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