Opinión


Algarabía se pinta el pelo de 175 colores

Algarabía se pinta el pelo de 175 colores | La Crónica de Hoy

Tengo el privilegio de formar parte del consejo editorial de la revista Algarabía, inteligente y persuasiva publicación que caía en mis manos durante las interminables o fugaces filas en los supermercados, o las antesalas también largas o cortas, en los revisteros de Sanborns. Sus fundadoras siempre conseguían su objetivo: aplacar al cicatero que se aferra a mi billetera cuando entro a esos establecimientos a surtir una lista específica de productos, echarme unos tragos o comprar un regalo de último momento. Siempre había en los números de la revista algo que me atrapaba: una hermosa portada, un artículo sobre cierto tema de mi interés depositado en mis pendientes de un pasado remoto o inmediato y que de pronto reaparecía ante mí, mágicamente, desarrollado con claridad y casi siempre con humor, en un puñado de páginas con ilustraciones ad-hoc.

Aunque Algarabía tiene una larga historia editorial tras de sí y participa en ella un cohesionado grupo de trabajo en su mayoría conformado por mujeres, mis amigos del Consejo Editorial no podrán negarme que detrás de su éxito hay dos mujeres guapas, inteligentes y simpáticas que hacen un excelente binomio: Pilar Sicilia y Victoria García Jolly.

A Pilar, directora de Algarabía, la conocí en una charla que llenó la plaza roja de la UAM Xochimilco, convocada por Walter Beller. Me cayó gordo que de último momento tuviera que subir corriendo a solicitar que me cambiaran el nombre de Pilar Sicilia, por el de María del Pilar Montes de Oca Sicilia para una tarjeta que se pondría en un paquete de libros. Pensé que me toparía con un solemne plomo como muchos que deambulan por los ahora desiertos pasillos universitarios, pero resultó todo lo contrario. Me cayó a todo dar. La conferencia, por supuesto, fue todo un éxito. Y poco tiempo después nos acercamos a ella para que nos proporcionara un artículo para RanAzul.

A Victoria García Jolly, directora de arte de la publicación, la conocí poco tiempo después, también en la UAM Xochimilco en una conferencia magistral presentada por René Avilés Fabila, confeso fan de Algarabía. Tiempo después Victoria y yo entablamos una fraterna amistad a prueba de insidias. La había leído con anterioridad sin saber quién era, y creo que fui uno de los primeros reseñistas que tuvo su libro del café que ya ha tenido varias ediciones.

Bueno, el caso es que estas dos mujeres se entienden bien, son mancuerna y han hecho de Algarabía una revista atractiva y de colección; también han logrado adaptarse a un cambiante mercado editorial y superar con éxito las adversidades del neoliberalismo benefactor de las publicaciones de la caprichosa intelectualidad orgánica, por lo que la pobreza franciscana no supone para Algarabía las tragedias griegas que enfrentan las revistas que antaño fueron dispendiosamente subsidiadas, pese a sus magros resultados de venta.

El formato de la revista también la torna singular y supuso todo un reto imaginativo homogenizar su producción para prensa plana o rotativa, para couché primero y más tarde en papel ligero. Han querido imitarla pero nadie le da al formato. Lo cual, por cierto, también ha sido objeto de algunas anécdotas dignas de contarse en otro momento como lo que sucedió con el número del diablo, en el que se dieron cita todas las Leyes de Murphy y aún así la publicación salió avante con un simpático error de antología que el diablo les tenía preparado, descubierto cuando ya era demasiado tarde.

Algarabía tiene un cuidadoso proceso de selección temática y programación editorial, cuenta con una familia tipográfica con cinco fuentes desarrollada por Leonardo Vázquez y Victoria García Jolly llamada desde luego Algarabía, se alimenta también por secciones fijas que son muy buscadas por su público.

Aunque Pilar y Victoria son el alma de la fiesta, en torno a esta revista fluye una corriente de camaradería y buena vibra que difícilmente se logra en otros entornos. A lo mejor lo digo porque yo voy sólo cada mes a las sesiones del consejo y lo veo todo color de rosa, al calor de los buenos tragos y el punzante intercambio de opiniones que mantengo con mis colegas, pero algo me dice que no me equivoco. Algarabía es una revista que nació con estrella.

Y, a todo esto, ¿qué tiene que ver el título de mí artículo con su contenido? Sencillo, el número 175 dedicado al color es el mejor de los que he leído. Me pasé todo el viernes disfrutándolo y pensaba escribir sobre él, pero, como a veces me sucede, me desvié del tema. Además, dejo en el curioso lector la inquietud por adquirir este ejemplar, que será histórico y de antología.

 


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