Escenario


Alguien, en algún lugar: El amor moderno a la vuelta de la esquina… ¿o no?

El nuevo filme de Cédric Klapisch forma parte del Tour de Cine Francés que se exhibe en México hasta el 11 de noviembre

Alguien, en algún lugar: El amor moderno a la vuelta de la esquina… ¿o no? | La Crónica de Hoy

Foto: (Cortesía)

La primera secuencia de Alguien, en algún lugar, el nuevo trabajo del cineasta Cédric Klapisch, define perfectamente la tónica general de la obra: un gran collage con diversas tomas del metro parisino, donde se pueden ver a muchas personas caminando y viajando vertiginosamente a sus respectivos destinos. Y, mientras transitan, o van sentadas o paradas juntas en los vagones llevando a cabo sus traslados, prácticamente ninguna de ellas habla entre sí, y algunos pasajeros se limitan a hacer sus recorridos absortos en sus celulares. Observación simple pero precisa de la realidad cotidiana en cualquier megalópolis: En la era de la hiperconectividad, seguimos estando solos entre la multitud.

Al final de dicha secuencia inicial, vemos a Rémy (François Civil) y Mélanie (Ana Girardot), protagonistas del filme, quienes viajan en uno de esos vagones, sentados juntos sin mirarse ni dirigirse la palabra, por la sencilla razón de que no se conocen. A pesar de vivir en el mismo barrio, en la misma calle, en edificios adyacentes y en departamentos los cuales prácticamente se encuentran juntos, jamás se han visto realmente y mucho menos cruzado palabra alguna, a pesar de que incluso, al mismo tiempo, han caminado por las mismas aceras; han frecuentado el mismo negocio propiedad del afable Mansour (Simon Abkarian), e incluso han platicado con las mismas personas. 

Aunque su estatus socioeconómico y su modo de ganarse la vida difieren grandemente, conforme la trama avanza, se va develando que la pareja protagónica tiene más cosas en común además de solo compartir la misma ubicación geográfica: A ambos les agradan los gatos, les encanta observar la ciudad desde sus respectivos balcones, están descubriendo las posibilidades y los inconvenientes de las redes sociales e, incluso, gustan de una misma canción… ¿En algún momento se percatarán uno al otro de su mutua existencia? 

Con esa premisa ideal para recrear una comedia romántica al estilo de Sintonía de amor (Ephron, 1993), Klapisch decide en cambio desarrollar un drama intimista con una narrativa próxima a lo hitchcockiano, en el sentido de que al espectador se le brindan varios elementos e información suficiente para convertirlo en cómplice, pero un cómplice silencioso, el cual debe limitarse a mirar cómo se desenvuelven los acontecimientos. Y el único suspenso que experimentarán aquí, consiste en saber si el encuentro romántico de los personajes tendrá lugar o no.

En ese compás de espera, dicho espectador descubrirá que el dúo principal también es atormentado por malestares similares: ambos están sumergidos en una profunda soledad, sufren depresión (la cual les está produciendo distintos desórdenes del sueño) y ello les orilla a ponerse en las manos de psicoterapeutas; descubriendo así que las raíces de sus respectivos síntomas están en sus particulares pasados familiares y deberán trabajar para enfrentarlos y aprender a sobrellevarlos. Es decir, al director de ...Y Chloé perdió a su gato (1996), Quizás (1999) y El viñedo que nos une (2017), le interesa más profundizar en las historias individuales de sus personajes, afectados por los mismos males cotidianos que aquejan a todos, y mostrarnos cómo lidian, a su manera, con dichos problemas para poder superarlos y avanzar.

Reforzado por el ojo fotográfico de Élodie Tahtane (quien retrata lugares citadinos de forma tal que irradian una belleza propia y muy particular), el cineasta presenta un drama ligero con juguetones tintes cómicos en el cual, a través de sus protagonistas, describe paralelamente, con tono amable, sensibilidad y puntualidad (características propias de su obra previa); las neurosis comunes que afectan a nuestras sociedades actuales. E inquiere (por medio de su dueto estelar) en la necesidad de aprender a escucharnos, de poder verbalizar lo que sentimos y en general, de fomentar el amor hacia nosotros mismos, de aprender a sobrellevar las cargas del pasado y permitirnos vivir el presente y disfrutar así de los pequeños encantos de la vida. Y de paso nos invita a que apostemos más por las conexiones reales entre los individuos, que por las que se puedan generar a través de las redes sociales.

En ese contexto, aquí el amor no está planteado como el fin último, como la solución definitiva a los problemas de las personas, sino como algo que debe llegar en el momento menos esperado (pero indicado), cuando estas últimas estén más satisfechas y en paz consigo mismas, para justamente complementar su dicha de vivir.

Alguien, en algún lugar forma parte de la edición 24 del Tour de Cine Francés, el cual se puede ver en diversas salas de la cadena Cinépolis y en la Cineteca Nacional.

 

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