Opinión


AMLO: La fuga retórica hacia adelante

AMLO: La fuga retórica hacia adelante | La Crónica de Hoy

Uno de los puntos clave en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha sido su capacidad de generar una narrativa propia, destinada a consolidar la legitimidad de su gobierno. El problema es que, luego de diez meses exitosos, a partir del operativo en Culiacán esa narrativa ha comenzado a hacer agua.

El Presidente, a través de las conferencias mañaneras, ha dictado en muchas ocasiones la agenda. También ha sido capaz de dar su propia narrativa a los hechos, y llevarse con esa versión a la mayoría de la opinión pública. Así, tuvimos que si hubo falta de gasolina, fue por la lucha contra el huachicoleo; que si la economía no crece, es porque la lucha contra la corrupción obliga a hacer recortes y a que las cosas se detengan para revisión, y un largo etcétera.

En ese sentido, el uso combinado de periodistas serios con paleros durante la mañanera funcionó durante meses con la dosis que permitía, por un lado, que el Presidente respondiera algunos cuestionamientos de interés y, por el otro, que el ambiente de estas conferencias le fuera favorable. Durante meses, AMLO ha dictado buena parte de los temas, cambiando el eje de la discusión pública a conveniencia.

El guión funcionaba de perlas, con apenas algunos tropezones menores, hasta que llegaron los problemas en la explicación del hecho que más ha sacudido el gobierno de López Obrador: el fallido operativo en Culiacán. La existencia de versiones encontradas e imprecisiones terminó por generar una amplia demanda de claridad, que terminó por exasperar a las partes.

Escribió en su cuenta nuestro reportero Daniel Blancas: “la mañanera nos ha quedado grande a todos: a quienes preguntamos, porque la mayoría carece de sensibilidad e investigación, y cada vez son más los títeres de grupos partidistas, políticos o de sus propios intereses… y al Presidente, porque olvidó que la esencia del verdadero periodismo es cuestionar, vigilar y ha apostado por las descalificaciones y por proteger errores de su gabinete. Pero hay trecho para mejorar, pulir, construir y convertir a la conferencia en genuino instrumento ciudadano”.

Coincidiendo con ello, el problema es que, al momento en que el guión dejó de funcionar, López Obrador se ha lanzado en una fuga retórica hacia adelante. Y todo ello amenaza con deshebrar lo que se había tejido con bastante éxito en los meses anteriores.

El desencuentro con la prensa coincidió, infelizmente, con el ya conocido discurso del general Gaytán ante la plana mayor de las Fuerzas Armadas. Es un discurso durísimo, que no puede considerarse un exabrupto y que da cuenta de manera abierta de un malestar dentro de la oficialidad, antes expresado por otras vías. Ese malestar va, en primer lugar, dirigido a los mandos civiles, pero en la arenga se insiste en la importancia de la unidad nacional como valor esencial para que el país pueda ver sus aspiraciones satisfechas. Ese rejuego se presta para interpretaciones varias.

Lo interesante es que AMLO primero dio una respuesta institucional, aunque algo a la defensiva: hay quienes quisieran vernos divididos, pero no lo estamos, tengo el apoyo de mi gabinete de seguridad. Pero luego pasó a la interpretación más extrema, habló de golpe de Estado y comparó a la prensa mexicana actual con la que hace más de un siglo fustigó a Madero y, en su concepción, abrió el camino para que la opinión pública no viera tan mal al golpismo huertista.

Más allá de que en 1913 el golpe no fue obra de la prensa, sino de militares coludidos con la embajada estadunidense, hay una confusión grave: una cosa son los cuestionamientos legítimos hacia algunos actos de gobierno —por ejemplo, pedir congruencia respecto a lo sucedido en Culiacán— y otra, muy diferente, es que detrás de ellos haya la intención de sacar del poder a un presidente electo democráticamente y que además cuenta con el apoyo de la mayoría de los mexicanos.

Y López Obrador fue más allá, en la fuga retórica: subrayó como un error de Madero no haber convocado a la mayoría que lo apoyaba. No haberse apoyado en una base social que lo respaldara. Luego pasó a recomendar una fábula de Esopo, en la que las ranas están molestas porque Zeus les mandó de rey un zoquete (que eso es un palo inerte), y se las cambió por una serpiente que las devoró.

De ahí pasamos a los ataques en redes sociales a la prensa, que primero fueron, según AMLO, “una reacción genuina de la gente” pero que, ahora resulta (y para eso se utilizó la agencia de ciberseguridad del gobierno federal) que fueron orquestadas desde la derecha ­de­sestabilizadora. Como si uno no supiera que existen granjas de bots en ambos bandos y que la llamada “red AMLOve” estuvo muy activa en el ataque a la prensa.

En el camino, como quien no quiere la cosa, quedó embarrado de nuevo el expresidente Calderón, quien resulta un adversario muy conveniente para el Presidente. Lo suficientemente impopular como para ser siempre minoritario, y también lo suficientemente popular entre quienes tienen opiniones impopulares.

Sabemos que parte importante de la estrategia de López Obrador es mantener las tensiones. Pero éstas también deben ser medidas, si de lo que se trata es de ser eficaces. Es perjudicial elevarlas, cuando una comunicación clara, cierta discreción en las relaciones con la cúpula militar y, sobre todo, la capacidad elemental para reconocer errores pueden ser mucho menos costosas para una narrativa que iba bien, y que puede volver a estarlo. Pero, si sigue por el camino de la fuga retórica hacia adelante, terminará deshilachada. 

 

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