Opinión


AMLO, uno más

AMLO, uno más  | La Crónica de Hoy

Seis meses le llevó al presidente López Obrador resignarse a no hacer historia, sino pasar como un mandatario más, uno del montón.

Tal capitulación se halla escondida en la expresión “no crean que tiene mucha ciencia el gobernar”, pronunciada con suficiencia por el tabasqueño.

Le asiste la razón. Gobernar, del modo como se ha entendido este vocablo en nuestro medio y que con ciertas variaciones persiste en la 4T, en modo alguno presenta un desafío descomunal.

Gobernar ha consistido en mantener intocable el estado de cosas imperante, repartir prebendas a grupos de poder y de presión, respetar la inveterada impunidad de los individuos y estamentos más corruptos e influyentes…

Ha consistido en observar una actitud no obsecuente sino de plano lacayuna ante los primos de allende el Bravo, como asumiendo con total conformidad un destino manifiesto.

En controlar el usufructo de la riqueza nacional y su vinculación con el partido en el poder y las distintas fuerzas políticas.

Por ejemplo, en la petición de sobornos a cambio de contratos para transnacionales y su transferencia a campañas electorales, con el fin último de garantizar la perpetuación del statu quo.

O, también en el campo político-partidista, en ejercer de líder nato del partido gobernante para —caduceo en mano, cual Mercurio— dirimir conflictos con la actitud de quien separa serpientes en lucha.

Y —¡cómo no!—, en garantizar mediante la forja de negocios lícitos o no, la estabilidad económica familiar de varias generaciones de integrantes del gobierno, empezando por los de más arriba.

Sin olvidar, ni más faltaba, repartir migajas a la abrumadora mayoría de la población sólo para evitar soliviantarla.

Realidad, esta última, que se traduce en más de la mitad de los mexicanos en condiciones de pobreza a secas, con serias complicaciones para allegarse satisfactores básicos. Sin contar a quienes, en la pobreza extrema, afrontan dificultades hasta para conseguir alimento.

Ejercer el mando con semejante noción es sencillo. Quizá por eso, en años recientes, hasta gatos y burros han sido inscritos —al parecer sin reparos y con intención de escalar los más altos peldaños de la política— en procesos electorales, en diversos puntos del país.

Cosa de recordar a los asnos Cleofas, en San Luis Potosí, en 1999, y Chon, en Ciudad Juárez, en 2013; o al minino Morris, en Jalapa, en 2009.

Gobernar con paso pusilánime, sin pena ni gloria, es simple. ¡Con decir que hasta Vicente Fox consiguió hacerlo!

Tratar de emular a Benito Juárez, como pretendía nuestro Presidente, requiere de otros atributos y mayor esfuerzo.

Desde su experiencia de mediocre estudiante de ciencia política y 200 días en el timón del buque nacional, el de Macuspana ilustró al respetable:

“Eso de que la política es el arte y la ciencia de gobernar, no es tan apegado a la realidad”.

La política “tiene más que ver con el sentido común —que es el menos común, eso sí— de los sentidos. Tiene que ver más con el juicio práctico.

“La política es transformar, es hacer historia; es un oficio noble que permite a las autoridades servir a sus semejantes, servir al prójimo. Ésa es la verdadera política”.

Falso. Confunde nuestro Jefe de Estado lo que es con lo que debe ser. En la cotidianidad mexicana la política se cuenta entre las actividades menos nobles, y por lo mismo, las de menor estima entre la población.

Se la asocia con trabajar poco, ganar mucho, tener acceso a canonjías, traficar con todo lo traficable y aplicar el criterio de todo se vale.

Desde zancadillear al amigo, darle codazos al adversario, posar de honrado y andar de logrero, hasta descender al fondo de las alcantarillas, tragar sapos sin chistar, ser capaz de toda suerte de mezquindades y trepar a costa de la dignidad…

Por injusto que pueda sonar, ésta es la extendida idea que el grueso de la gente tiene de nuestra política, sublimada por El Peje.

Sin menosprecio alguno por el conocimiento, puede decirse, eso sí, que gobernar a la manera que conocemos por estos lares no requiere de los más pomposos títulos emitidos por las más caras universidades del orbe.

La realidad es elocuente. Egresados de las más reputadas y costosas casas de estudios nos han dejado donde estamos. Y más de uno ha confesado, sin recato, su incompetencia.

“¿Cómo te sientes haciendo frente a la oposición?”, le preguntó en 2009 Ernesto Zedillo a un Felipe Calderón Hinojosa asido del poder hasta con las uñas.

“Alguien dijo que estar en la oposición es como estar en el cielo… Estar gobernando es estar en el infierno”, dijo, sin pudor, el michoacano.

Y para Enrique Peña Nieto gobernar fue tener que escoger entre matices de negro; “entre menos negro o más negro”, según dijo, en mayo de 2018.

Peor:

“No saben lo difícil y duro que es ser Presidente, porque pesa en una sola persona, en el cargo de Presidente de la República, tomar muchas decisiones”, expresó Peña Nieto, con aire de desespero.

Al escuchar a estos políticos provistos de los más onerosos cartones uno acaba convencido de que, en materia de gobierno, entre poco y nada hemos avanzados desde los tiempos de los gobernantes “de oídas”.

Desde los tiempos de Manuel Bernardo Aguirre y Rubén Figueroa, o Tulio Hernández, convencido éste de que para gobernar bastaban “saliva y pulque”.

Nuestro actual mandatario expuso su facilona conclusión acerca de lo que es gobernar, al lado de un político que en su ADN lleva el poder y la política: Alfredo del Mazo Maza.

Hijo y nieto de gobernador —Alfredo del Mazo González y Alfredo del Mazo Vélez—, bisnieto de alcalde —Manuel del Mazo Villasanta, mandamás de Atlacomulco—, el Ejecutivo mexiquense parecería por sus antecedentes familiares predestinado para gobernar y gobernar bien.

Ironías de la política y prodigios de la corrupción, Del Mazo González mereció ruidosa rechifla de sus gobernados, en la entidad donde un modesto maestro de banquillo, Carlos Hank González, amasó desde el poder público una fortuna inconmensurable y a punto estuvo de alzarse con la Presidencia.

Le fue bien a López Obrador en Ecatepec, tras sus definiciones sobre gobierno y política, que denotan el techo de las aptitudes gubernativas y satisfacción con el rumbo de la nave.

En los predios del decepcionante “te lo firmo y te lo cumplo”, le aplaudieron hasta cuando ofreció “cumplir al pie de la letra los compromisos”.

A un año del triunfo en las urnas, en efecto, el balance es positivo. Aunque propio de un buen gobierno dentro de lo conocido, y nada más.

Toca apretar el paso el tiempo que resta.

 

Aurelio Ramos Méndez

aureramos@cronica.com.mx

 

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