Opinión


AMLO y los nuevos símbolos

AMLO y los nuevos símbolos | La Crónica de Hoy

Hay algunas cosas que, cuando se repiten, revelan de manera descarnada su carácter de farsa. Hace años, en ocasión de las fiestas patrias, no faltaba el fanático lopezobradorista que colgaba una bandera mexicana pintada de negro en sus redes sociales y proclamaba que “no hay nada qué celebrar”.  Ahora, algunos de quienes se proclaman “liberales” hicieron exactamente lo mismo y se vieron francamente ridículos. Es como si el país se construyera o se destruyera de un plumazo, dependiendo del color del gobierno en turno.

México es mucho más grande que cualquiera de sus gobiernos. Lo ha demostrado una y otra vez a lo largo de su historia. Lo que celebramos en estas fechas es la realidad de una nación que se hizo independiente, que tiene una gran fuerza cultural, que se ha modernizado y democratizado. Es el lugar de un pasado común, y también de un futuro común, y esa continuidad es lo que se celebra.

Cuando López Obrador anunció que daría 20 vivas, no faltó la especulación sobre los destinatarios de al menos la docena de ellas que no han sido parte de la arenga en los últimos años. Y nos dijo más acerca de los especuladores que acerca del propio AMLO.

Nos dijo que hay quienes han decidido luchar, no contra los excesos y errores del gobierno de López Obrador, sino contra la caricatura de López Obrador que ellos mismos han dibujado. Ya era estirar las cosas imaginar que lanzaría un “Viva Juárez”, pero no parecía imposible por eso de su autoidentificación con el Benemérito, pero muchos se imaginaron que lanzaría vivas a la 4T (es decir, a sí mismo), a Pemex y otras ocurrencias. Como ellos dicen que el Presidente está perdiendo el piso, entonces iba a perderlo de verdad. Y dicen que está perdiendo el piso porque se mueve con una lógica distinta a la de ellos.

Es fácil inventar un monigote para pegarle. Es más útil intentar comprender al personaje, entender sus fortalezas y debilidades, y entonces sí analizar lo positivo y lo negativo.

Señalábamos, al analizar la toma de posesión de López Obrador, que “la proliferación de nuevos símbolos es parte integral de la transformación del país que pretende el nuevo gobierno”, y que “tenemos un Presidente que sabe utilizar los símbolos para consolidar su poder… puede parecer una obvia manipulación de sentimientos y emociones, pero vale recordar que precisamente fueron sentimientos y emociones los que lo llevaron a ganar las elecciones, no un frío análisis racional de diagnósticos y propuestas”.

La ceremonia del Grito fue parte de esos nuevos símbolos. E inició desde el paso de la escolta, que ya no con invitados emperifollados a los lados, sino en la magna sobriedad del pasillo de Palacio Nacional que conduce al balcón.

¿Qué le decían esos invitados a la gente? Que había clases sociales, que unos estaban en Palacio y otros en la calle, a menudo empapándose. Y cuando el tipo de invitados se hizo más vulgar, tanto peor. Llegamos al extremo de que, en alguna ocasión, la nota del día siguiente fueron los trancazos que se dieron una estrellita de Televisa y su marido mientras pasaba la escolta, y no el Grito mismo.

Por supuesto, en la ceremonia de este año hubo también invitados emperifollados. Por ejemplo, estaba, como siempre, el cuerpo diplomático en pleno. Pero los colocaron en el patio, lejos de las cámaras y del piso de parquet. El mensaje a enviar a la población, los símbolos que importaban, eran las imágenes de la transmisión oficial. Y esos eran: la escolta, la bandera y el Presidente acompañado por su esposa.

No era un acto familiar. No de amigos y aliados. Era la figura presidencial ejerciendo poderes plenos. Y ese es otro simbolismo importante. El Presidente y el Pueblo, sin acompañamiento. Presidencialismo extremo, si se quiere.

De las vivas, hay dos que a mí me resultan destacables. La de los héroes anónimos, que tiene mucho de incluyente (tal vez porque soy de la idea de los heroicos son los pueblos, más que los individuos). Y la de la fraternidad universal, que me pareció tener un toque místico, muy acorde con la imagen que López Obrador maneja, y de paso con la política exterior de no engancharse (timorata, dirían algunos).

Luego hubo dos momentos que parece nos dan buena idea de cómo se comporta el grupo dominante dentro de la 4T. La intervención musical de Eugenia León, muy acorde con el gusto estético del gobierno en turno, y –a diferencia de la arenga de López Obrador- con su carga ideológica excluyente. Y el hecho de que, a diferencia de otras ceremonias, que durante décadas fueron espacio para la catarsis social, haya habido un grupo activo de ciudadanos que vitoreaban al Presidente (y conmovían visiblemente a su esposa).

Si agregamos que el tradicional desfile militar fue verdaderamente variopinto, dando una imagen de cambio, a partir sobre todo de la incorporación de la Guardia Nacional (que son los mismos, pero con otros uniformes) y que en el balcón principal sólo estuvieron representantes del Ejecutivo, podemos concluir que lo que vivimos en estas fiestas patrias fueron cambios de forma. Pero ya sabemos que, en política mexicana, la forma es fondo.

Las formas de la política varían. El profundo orgullo nacional permanece intacto, más allá de las veleidades políticas. Y eso lo debemos celebrar todos.

 

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