Opinión


AMLO y su estilo personal de gobernar

AMLO y su estilo personal de gobernar | La Crónica de Hoy

Está por venir el I Informe del presidente Andrés Manuel López Obrador. Eso implica un primer corte de caja para analizar fortalezas y debilidades de su mandato.

No siempre el primer año determina el devenir de un sexenio de gobierno. El primer año de Luis Echeverría fue de “atonía económica”, y luego hubo altas tasas de crecimiento. El primero de López Portillo fue también de vacas flacas; las que siguieron fueron gordísimas, pero con un tremendo desorden fiscal y altos niveles de corrupción. El primer año de Ernesto Zedillo fue un desastre, luego del “error de diciembre”, pero la economía salió a flote en los años siguientes. Tras el primer año de Calderón, pocos se imaginaban los costos humanos de la estrategia de combate al narcotráfico. El primer año de Peña Nieto transcurrió sobre rieles, con el Pacto por México en funciones y una popularidad presidencial aceptable: nada que ver con lo que sucedió después, cuando se acabó el guion y se multiplicaron los escándalos.

Lo que sí puede verse en el primer año es el estilo personal de gobernar. Se ve si un presidente es represor, si es frívolo, si es carismático o gris, si es capaz de cambiar puntos de vista sobre la marcha, si puede improvisar, si es acartonado, si está obsesionado con el poder, etcétera.

AMLO sigue contando con el apoyo de una sólida mayoría de mexicanos. Suelen ver las cosas positivas de su estilo personal de gobernar, empezando porque no es como los políticos alejados del pueblo y protegidos por nubes de escoltas del pasado reciente. Pero hay otras cosas en ese estilo que vale la pena ver con ojo crítico.

Es con esos asegunes que podemos dar un vistazo a los primeros meses de gobierno de López Obrador. Muchas cosas pueden cambiar, respecto al primero, en los próximos años de gobierno. Lo que difícilmente se modificará será el estilo.

¿Cuáles son las principales características de este gobierno? En primer lugar, que López Obrador está empeñado en cumplir sus promesas de campaña, aun cuando sean contradictorias entre sí o cuando generen problemas que no estaban en el guion original.

Así, tomó la decisión, costosa para el erario y para la relación con los inversionistas, de cancelar el NAIM. De igual forma, está convencido en la necesidad de sacar adelante la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya, de convertir a Pemex en palanca del desarrollo y de aumentar los apoyos sociales directos sin subir impuestos. Como había prometido, derogó la reforma educativa de Peña Nieto. Igualmente, cumplió en su propósito de no enfrentarse con Trump. De inmediato convirtió Los Pinos en museo, puso en venta el avión presidencial (que nadie ha querido comprar), dio conferencias mañaneras casi todos los días y se ha dejado ver en puestos de comida y restaurantes típicos a lo largo y ancho del país.

Algunas cosas las tuvo que disfrazar. No sacó al Ejército de las calles; convirtió a una parte de las Fuerzas Armadas en Guardia Nacional. E invoca la Guardia para todo. Igual va contra el huachicol que, ahora, contra los feminicidios. No por ello ha disminuido la violencia; los datos y la percepción social indican que ha aumentado. El Presidente ha insistido en una parte sustancial de su estilo personal: la idea de que sus llamados paternales a que la gente “se porte bien” pueden tener algún efecto. No es así, y la mejora en seguridad es el más grande pendiente que tiene su gobierno.

El propósito de mantener equilibrio fiscal, sin nuevos impuestos, al tiempo que se destinan grandes cantidades a los programas sociales prioritarios de AMLO, resultó en una gran cantidad de recortes, hechos sin una verdadera ingeniería presupuestal. Hay graves afectaciones en materia de protección al medio ambiente, en ciencia, cultura y, notablemente, en salud. Ha privado la lógica de los cortes de tajo allí donde se sospecha que puede haber corrupción, del tipo “primero recortas y después viriguas”. Y todo ello ha redundado en una menor eficiencia del quehacer público: por una parte, subejercicios en el gasto; por otra, una serie de injusticias personales. El resultado general: menor eficiencia.

Subrayo que el concepto de que primero hay que limpiar, tirando a menudo al niño con el agua sucia de la bañera, para después reconstruir, está en el centro de la concepción que tiene López Obrador de su gobierno. Lo suyo no es andarse con filigranas ni utilizar el bisturí, para hacer una limpia quirúrgica, sino cercenar para después rehacer.

Esta combinación de elementos es la que explica que, en contra de las expectativas, la economía mexicana no haya crecido en estos meses. Decisiones de inversión se han quedado atoradas por las razones más diversas: por desconfianza en espera de nuevas reglas de juego, por subejercicio público, por dificultades burocráticas con funcionarios improvisados, etcétera. La pregunta que todavía no puede contestarse es si eso se irá arreglando en los años siguientes.

Otro elemento que define el estilo de este gobierno es la centralización. La de los gastos, en la Secretaría de Hacienda; la de las decisiones políticas, en el Presidente de la República. Esta centralización, necesariamente, hace que los procesos sean más lentos. El gobierno cada vez funciona menos como red y más como pirámide, como en los viejos tiempos.

La centralización viene de la mano con el ataque o, cuando menos, con el ninguneo a todas las instituciones ajenas al Estado. Es lo que José Sarukhán ha llamado la “autonomofobia”. No importa su origen o su misión, las instituciones autónomas, desde el Consejo Regulador de Energía hasta la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, son vistos con suspicacia. Porque no hay relación piramidal con el gobierno, porque pueden tomar decisiones políticas independientes. No se toma en cuenta su papel en la densificación de la democracia mexicana, ni cómo ayudan a procesar la pluralidad en el país.

El Presidente tiende a cerrarse ante las críticas. A menudo ve intenciones malévolas en ellas, aunque sean de buena fe. Y a cada rato se inventa “otros datos”. Pero ha habido ocasiones en las que ha tenido que rendirse ante la realidad, y rectificar. Quien se echa a cuestas la tarea de convencer a López Obrador de que está equivocado, se echa a cuestas una tarea titánica. Pero no imposible.

 

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