Opinión


Amor, poesía y sabiduría

Amor, poesía y sabiduría | La Crónica de Hoy

El mito suele ser definido como un relato situado en un tiempo y espacio ancestrales; en esa región del imaginario colectivo donde nacieron los dioses, creadores del mundo y de los seres que lo habitan. Mircea Eliade considera que el mito es una narración sagrada y Claude Lévi-Strauss ve en él las respuestas a las preguntas existenciales de los hombres primitivos, respecto a la creación del mundo, el nacimiento, la muerte, los fenómenos inexplicables que los asedian y atormentan. El mito surge, entonces, para combatir la angustia y dar un orden al caos, que pareciera nublar el entendimiento. 
El mito es común a todos los pueblos y los temas que desarrolla pueden agruparse en cosmogónicos, teogónicos, antropológicos, fundacionales, entre otros, que subyacen en diversas manifestaciones culturales del presente, en forma de rituales y ceremonias; las cuales pueden representar un viaje directo hacia las profundidades del ser, como lo explicara Gastón Bachelard a propósito de la poesía lírica, considerada por él como una manifestación del tiempo vertical.  
En este contexto, podríamos situar el ensayo del filósofo Edgar Morin Amor, poesía y sabiduría que a simple vista pareciera una obra ambiciosa, desarrollada en tres apartados que suman menos de sesenta páginas, donde, con pequeños trazos, describe la saliente de un poderoso iceberg, dejando al lector la reconstrucción de todo lo que permanece sumergido en el imaginario social y en las prácticas colectivas a lo largo de la historia.
Para unir al amor, con la poesía y la sabiduría es necesario repensar la figura del ser humano más allá de la concepción tradicional de Homo sapiens, hombre que sabe, piensa o razona; lo cual es solo una de sus facetas, ya que también subsiste en su interior el Homo demens; el ser que delira, se apasiona, odia, se enamora, es tierno, pero comete atrocidades. Esta polaridad se ha querido negar durante milenios por la religión y la filosofía, sin embargo, reaparece en las manifestaciones del amor, el arte, la guerra, la política y en todo aquello que esté figurado por la mano del hombre.
En el diálogo de Platón “Ion o de la poesía”, Sócrates se queja de los poetas porque son criaturas impredecibles, aladas y ligeras, siempre en trance, tocadas por los espíritus, propensas a meter discordia y desorden en la república; por lo tanto, es deseable que habiten fuera de ella; pero al mandar al poeta al exilio se está operando una desgarradura en el corazón del mismo ser humano, pues la locura también nos constituye.
De manera análoga, opera el mito del andrógino, desarrollado por Platón en su diálogo “El banquete”, pues según dicha narración, anteriormente había un conjunto de seres, muy poderosos, que poseían las dos potencias de lo masculino y lo femenino, no necesitaban de nadie y no rendían culto ni hacían ofrendas a los dioses. Zeus se molestó por esta indiferencia y los dividió en dos, de tal manera que uno se convirtió en varón y la otra en mujer, y desde entonces cada uno llora por la mitad perdida. Y en esta perpetua búsqueda, en este deseo por recuperar la unidad perdida subyace la pulsión amorosa, y acaso sea la poesía la mejor aliada del amor.
Desde luego, la poesía que exalta el placer, y el amor que procura eternamente consumar su satisfacción en el presente inmediato, requieren de la sabiduría, que permite comprender y asimilar las polaridades de la locura y la razón; el dolor y el gozo; la felicidad y la infelicidad, porque entre ellas se engendran las unas a las otras, como lo decía Lao-Tsé en el “Tao-Te-King”. 
Pero la sabiduría fue perdiendo fuerza en la cultura occidental desde la época de la filosofía clásica en Grecia. Los sofistas o sabios fueron tratados con hostilidad por Sócrates, al situarlos en el ámbito de la charlatanería, y los filósofos, que pudieran concebirse como amantes del saber o de la sabiduría fueron convirtiéndose en académicos, prensados por las tenazas del método, de la lógica y de los dictados de las estructuras argumentativas. En la Edad Media, la filosofía se convirtió en sirvienta de la teología, y el teólogo no podía cumplir la función del sabio porque ese papel era reservado a Dios, en el mejor de los casos era un intérprete (hermeneuta) de las sagradas escrituras. 
De esta manera, la brecha entre la sabiduría —que nos demanda prudencia, templanza, mesura, desapego de las cosas materiales— y la filosofía se fue ampliando con el advenimiento del racionalismo y la aparición de la figura del científico, cuya armadura metódica le permite generar conocimientos, con base en procesos controlados y verificados, de tal manera que ya en el siglo XVIII Hegel pudo afirmar que “la filosofía es el medio de sustento de los profesores”, lo cual ponía de manifiesto la desvinculación de esta disciplina con la vida. 
De ahí la importancia, como lo subraya Edgar Morín, de reinsertarse en el mundo mediante una auto-ética que nos permita comprender a los demás, asumir la capacidad del perdón y del amor al prójimo, en un sentido cristiano, y remontar la prosa cotidiana, donde estamos expuestos a las actividades mecánicas y productivas, atentos a las leyes del consumo y, en fin, a la banalidad de la existencia. Ante este escenario, debemos aliarnos con la poesía, que siempre ha acompañado al hombre y la mujer, desde las oscuridades prehistóricos, a través de rituales, danzas y cantos. 
También debemos aceptar el amor y la sabiduría, que suelen presentarse con una cierta dosis de locura. La poesía, el amor y la sabiduría reclaman sensibilidad, inteligencia, razón y videncia; tal es la lección que nos legó Arthur Rimbaud, después de haber vivido, con tremenda lucidez, una temporada en el infierno. 
Para finalizar, recordemos a Borges en estas líneas: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida. / En la próxima trataría de cometer más errores. / No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. / Sería más tonto de lo que he sido, de hecho/ tomaría muy pocas cosas con seriedad.”

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