Opinión


Andando por la luz

Andando por la luz | La Crónica de Hoy

“Todo el Universo visible no es más que un almacén de imágenes y signos a los que la imaginación dará un sitio y un valor relativos. Es una especie de barro con el que la imaginación ha de erigir y transformar. Todas las facultades del alma humana deben estar subordinadas a la imaginación, que las pone en requisitoria todas a la vez”

—Charles Baudelaire

 

Nadie conoce con exactitud el instante en el que, cada día, la luz vuelve a nacer. Una ráfaga de sol toca las pupilas. Todos nacemos ciegos. Pasa el tiempo, la luz nos diferencia, nos separa; el azar ha elegido a quienes verán por vez primera, a los que dejarán de ver lo que más aman y a los que mirarán más allá de la vida.

En uno de esos pueblos que el mapa había olvidado, se veneraba al orco presidente o al niño Dios futbolista. Un par de gringos instalaron un proyector. Aquel artefacto podía estampar sobre una sábana de percal una serie de imágenes donde aparecía Charles Chaplin[1] bailando en patines a pleno sol —gracias a la empírica sapiencia de Roberto Cañedo[2]—. Hubo quien se privó de internarse entre las huestes de curiosos que presenciaban el suceso y, ni por la gratuidad del divertimento, asomaron cabeza por la improvisada función. Otros, sin un atisbo de vergüenza, arrastraron las sillas viejas del comedor hasta la plaza. El cojín de macramé, tejido con ocioso sacrificio por la tía soltera, también sirvió de asiento para el más galopín de los niños que, ante la expectación por las gracias del nuevo aparatejo, no dudó en usar un sombrerito de ranchero y sus botas de fiesta para ir a la ‘junta’.

El abandono de las casas por las tardes fue cada vez mayor: las señoras ya no preparaban la cena ni se dejaban reñir por los maridos tercos. El cura del pueblo asistía a las matinées de los sábados un poco ebrio por la gracia de Dios. Aunque fueran las cinco películas de siempre, todos gozaban la apuesta, conjeturaban sobre finales diferentes o les cambiaban los nombres a las rubias platino.

Tiempo después, en San Juan de las Tunas, las cabelleras negras habían cambiado de color gracias a la paciencia y al agua oxigenada. Los hombres se dejaban crecer los bigotes al estilo Clark Gable[3] .

El cine comenzó a cautivarnos con el hechizo que inventó una luna vigilante —similar a la máquina que juega con la voluntad del hombre— porque, en un fenómeno de doble refracción[4] permite mirar y mirarnos con las heridas abiertas. Estamos todos, nadie falta.

Hay una suerte de extrañamiento cada que se recrea una historia por medio de imágenes cinéticas. La mirada del otro abre las puertas a los espectros omnívoros que tienen sitio en la memoria. Es entonces cuando se manifiesta la propia visión. A través de la palabra y la imagen, en una invocación coloquial, se materializa lo bello y lo monstruoso que habita dentro de quien mira.

Para recorrer los caminos de la infancia, a la usanza del explorador —que busca en la tierra surcos, el encuentro de dos mundos o el rastro de la infamia—, es preciso cultivar la imaginación. En ese reino secreto “el gran derrotado es el silencio”[5]. En la imaginación resuenan las voces de los antepasados que nos contaron las primeras historias que describían con la mayor certeza los mil rostros de la muerte. Hemos olvidado a Citlalicue[6] y las noches en que se le pedía un deseo aún cuando las ancianas de manos tersas confundían los fulgores del cosmos con aviones furtivos.

En un principio Tales de Mileto observó las estrellas; más tarde Verne[7] se sumergió en su imaginario territorio para describirlas sin conocerlas del todo, pues la ciencia todavía no ‘vislumbraba a profundidad las posibilidades celestes’. No se lograba observar el minúsculo tamaño del “pálido punto azul”[8] frente a la inmensidad del espacio. Empero, los astros capturaban, desde tiempos remotos, la atención de los mortales, que soñaban con asirlas “por su nocturnidad, ligadas a la idea de la noche; por su número, a la idea de multiplicidad, por su disposición a la idea de orden y destino”[9].

Marey[10] y sus intentos de escribir con el tiempo (cronografía) nos mostraban las primeras luces, que más tarde Alice Guy, Edison y los Hermanos Lumière reconocerían como ardores gemelos para originar el Cine, gran bestiario, caja de Pandora y a la vez espejo de la Ciencia que maximiza los rostros de la muchedumbre: el héroe anónimo; el villano que se confunde con la sombra.

“Recién inventado, el cine dedicó sus primeros esfuerzos [..] a retratar lo que se movía: escenas de pugilato, carreras de caballos, desplazamientos de trenes, un salto de trampolín. No se tenía entonces idea ni del destino del cinematógrafo ni de la realidad que el cine habría de descubrir”[11]. Podría afirmarse de este modo que la primera etapa del Cine fue dedicada a exhibir las particularidades de nuestra torpeza al desafiar las leyes de la gravedad.

“Toda la ciencia moderna supone una lección de humildad para el ser humano porque deja al descubierto el lugar que nos corresponde en el universo. La Biología [..] coloca al Homo sapiens entre el resto de especies animales. La Geología nos enseña [..] la duración de una vida humana comparada con los procesos que forman o destruyen las montañas. Y la Astronomía nos enfrenta a la inmensidad en el espacio y en el tiempo, nos dice que este mundo en el que discurre la historia humana no es más que un pequeño lugar entre miles y miles de millones de planetas en nuestra galaxia. No es lo mismo creer que vivimos en el único mundo existente —como daba a entender la ciencia medieval—, que comprender la marginalidad y la irrelevancia de nuestro sitio en el orden de los elementos.”[12]

Desde los antiguos, con sus ritos ceremoniales consagrados a los fenómenos de la Naturaleza, hasta la posmodernidad, hemos deseado copiar la realidad o quizá reproducirla con su legitimidad feroz. Lo real parece creado por una mano invisible que engarza poco a poco las piedras circulares sobre las que se fundan las ciudades.

“Llueve. Precisamente llueve, y nada más. La cámara, mirando; y, con el personaje, nosotros también en contemplación. No solamente se ve llover [..], la cámara nos conduce, nos acerca a las cortinas, al quicio de la puerta, y nos lleva al exterior, a fin de espiar”[13]. Un segundo es todos los segundos y el cine pasa de ser movimiento puro a “la experiencia del instante que dura”[14]. Ya no sustrae la inhabilidad del humano, ahora busca el soplo vital en la circunstancia cotidiana, en un beso tímido o en la vendedora ciega de violetas marchitas.

La ausencia de reglas, en los primeros años, dota al cine de una libertad que permitió unir los fragmentos dispersos de un todo. Porque, como dijo Ricciotto Canudo[15] “el cine es la suma de todas las artes”.

Hasta que adquiere un lenguaje propio, el cine empieza a ser arte e inaugura una tercera etapa que se erige sobre las acciones, es decir, sobre la base de la voluntad misma. La voluntad y el lenguaje afectarán nuevamente nuestra forma de observar. Bajo esa mirada multánime, el cinematógrafo transfigura en máquina para rehacer la vida.

“El lenguaje puede expresar ingenuamente lo tremendum, o la maiestas, o el mysterium fascinans con términos tomados del ámbito natural o de la vida espiritual-profana del hombre. Pero esta terminología analógica se debe precisamente a la incapacidad humana para expresar lo ganz andere: el lenguaje se reduce a sugerir todo lo que rebasa la experiencia natural con términos tomados de ella.”[16]

En una cuarta etapa el lenguaje desenmascara a la voluntad para dar paso a la era de las ficciones.

La ficción entraña una veta perversa pero nos embelesa porque incluye la belleza, la catástrofe que horroriza y fascina al tiempo en el que incita a la duda. Es nuestra indefención frente a las numerosas posibilidades. En la ficción nos gusta ver que lo bello ha sido derrotado por un instante.

En medio de la nada, cobijado por los cielos nocturnos, alguien resiste las tribulaciones con imaginación. De ella se desprende la capacidad de inventar para sobrevivir. El avance científico.

“El hombre descubrirá que él contiene las estrellas. Así, pues, la emulación se da primero bajo la forma de un simple reflejo, furtivo y lejano; recorre en silencio los espacios del mundo. Pero la distancia que atraviesa no queda anulada por su sutil metáfora; permanece abierta para la visibilidad. En este duelo, las dos figuras que se enfrentan se amparan una a otra. Lo semejante comprende a lo semejante que, a su vez, lo rodea y que quizá será de nuevo comprendido por una duplicación que tiene el poder de proseguir al infinito”[17].

La otra ficción, la que nace de la fábula y que tiene como fin presentarnos lugares preciosos tiene la raíz amarga del desconcierto. Cuando el arte nos embriaga con el elixir de lo sublime, nos transforma en soñadores incurables que viven encadenados al pasado o al futuro. El cine y la literatura, valiéndose de esa ficción, nos roban la paz, alimentan a la hidra de la inconformidad que nos invade. Lo real parece insuficiente, la propia vida deja de satisfacer y las sustancias, los recuerdos, los fantasmas de los otros se apoderan de lo marchito para conferirle nueva vida.

El cine después de abismarnos, plantea en un quinto período, una fase en la que priman las sensaciones. En un reto al espectador lo convierte en cómplice de del personaje y lo hace experimentar persecuciones, silencios casi espirituales, momentos de intimidad para extirparle toda incertidumbre sobre la fugacidad del Ser. La percepción desempeña un papel fundamental en el proceso que nos concierne: el cine ya no es más un arte discursivo unilateral, se vuelve un proceso dialógico al involucrar la interacción y la tecnología..

Estamos ante los albores de la era Cinematográfica de Metadiscurso en la que el cine es su propio sujeto. “El metadiscurso permite develar la estructura de un texto o una obra y produce que el lector se sienta partícipe de la misma, de su construcción y no tan sólo un receptor pasivo. Este procedimiento fomenta que la brecha entre realidad y ficción quede disuelta, otorgando dinamismo a la lectura de la obra, ya que ésta se torna activa en el momento en que el lector participa de ella.”[18] A este respecto cabría mencionar que las diversas variantes de las ideas en torno al metadiscurso, aplicadas al campo de la imagen, confieren al artífice de la imagen cinematográfica el poder de ser, a la vez creador y espectador; en tanto que a la audiencia se le abre la oportunidad de elegir sus contenidos o bien, de ser generadores de imágenes aún cuando entre ambos medie, el gusto, la tradición y la técnica. Valdría pues considerar que, desde el origen del cine, la intertextualidad se ha dado como un fenómeno inherente a ese quiebre que ocurre en el individuo que habla, codifica y traduce los lenguajes que conforman su propia identidad; comprende que la palabra puede estar contenida en un macrocosmos en sempiterno movimiento en el que, por un feliz accidente, las estrellas son humanas y simbolizan la viva encarnación de sus más oscuros defectos o de sus más caros anhelos y andan siempre en busca de la luz.

 

 

 

[1] Charles Chaplin (1889-1977).

[2] Roberto Cañedo (1918-1998), actor del cine mexicano. De acuerdo con la información contenida en la revista SOMOS No.196 de Junio del año 2000, inventó el prototipo original de las taparroscas (que luego vendió a la empresa The Coca-Cola Company), el proyector de cine portátil para la luz del día y los platos desechables con película plástica desprendible.

[3] Clark Gable (1901-1960).

[4] “Entre 1670 y 1672, Isaac Newton, trabajó intensamente en distintos problemas que estaban relacionados con la óptica. Así realizo un conocido experimento, con prismas de vidrio transparentes, con caras no paralelas donde ocurre una doble refracción. En primera instancia, utilizó solo un prisma. Ubicó el prisma en un cuarto oscuro, en el cual entra un haz de luz blanca y atraviesa un trozo de cristal con caras planas, que no son paralelas. Al entrar y salir de este, la luz sufre una doble refracción”. Escobar, B. (2010) Teoría de la Luz. Isaac Newton: Físico. Recuperado de: http://newtonfisico.blogspot.mx/2010/04/teoria-de-la-luz.html

 

[5] García Márquez, G. (1997) Botella al mar para el dios de las palabras. Ciudad Seva. Recuperado de: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/ggmbote.htm

[6] González Torres, Y. , Juan Carlos Ruiz Guadalajara (1995). Diccionario de Mitología y Religión de Mesoamérica (pp. 161-162). México: Ediciones Larousse.

[7] Jules Gabriel Verne (1828-1905).

[8] Andorfer G., McCain R. (Productores), Malone A. (Director). (1980) Carl Sagan's Cosmos: Un viaje personal [serie documental]. Public Broadcasting Service.

[9] Nilíaco, H. (1997). Juan Eduardo Cirlot. Diccionario de símbolos. (pp. 205) Barcelona: Siruela.

[10] Étienne Jules Marey (1830-1904).

[11] Guzmán, M. L. (2003) Introducción. Manuel González Casanova, El cine que vio Fósforo: Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán. (pp. 22) México: Fondo de Cultura Económica.

[12] Caladí Enríquez, D. (2012) Entrevista. Agenda Digital Viva. Recuperado de: http://www.agendaviva.com/revista/articulos/Entrevistas/David-Galad-Enr-quez-Astr-nomo

[13] Capetillo, M. (2010) La Sacralidad y la Poética en la Cinematografía de Andrei Tarkovski. (pp. 84) México: Laberinto

[14] Término acuñado por Carles Matamoros Balasch en su tesis: En busca de la Revelación, editada por la Universitat Pompeu Fabra en Julio de 2011.

[15] Ricciotto Canudo (1879-1923).

[16] Elíade, M. (1981) Lo sagrado y lo profano. (pp. 9) Madrid: Guadarrama / Punto Omega.

[17] Foucault, M. (1968) Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. (pp. 29) México: Siglo XXI Editores S. A. De C. V.

 

[18] A. D. La Literatura Contemporánea: Metadiscurso e Intertextualidad. Recuperado de: http://www.escolares.net/lenguaje-y-comunicacion/literatura-contemporanea/

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