Opinión


Animalismo, ¿moda políticamente correcta?

Animalismo, ¿moda políticamente correcta? | La Crónica de Hoy

*Jorge Alberto Álvarez Díaz

 

El término “animalismo” no aparece en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Aparece “animalista”, cuya primera acepción la refiere a escultura y pintura “Dicho del arte o de sus manifestaciones: Que tienen como motivo principal la representación de animales”, y el segundo significado dice “Que cultiva el arte animalista”. “Animalismo” es un término utilizado como “ecologismo”; éste es definido por el mismo diccionario como “Movimiento sociopolítico que propugna la defensa de la naturaleza y la preservación del medioambiente”; con ello, ecologista es “Perteneciente o relativo al ecologismo” o un “Partidario del ecologismo”.

Un ecologista no es un ecólogo; el ecólogo estudió ecología “Ciencia que estudia los seres vivos como habitantes de un medio, y las relaciones que mantienen entre sí y con el propio medio”. Un animalista tampoco es un zoólogo, que es quien estudió zoología, la ciencia de los animales.

El título de este texto, escrito como pregunta, aparece como afirmación en un documental estrenado a principios de este 2019 en salas de cine comercial: Un filósofo en la arena. Se trata de algunas reflexiones del francés Francis Wolff (nacido en 1950) sobre la tauromaquia. No, no es una apología; lleva al espectador a pensar. En un momento del documental, una interlocutora de Wolff dice la frase “el animalismo es una moda políticamente correcta”. Con el primer párrafo ya quedó claro que el animalismo no tiene que ver, en principio, con la ciencia o una rama científica. El animalismo tiene relación con un movimiento igualitarista para los animales: los seres humanos y el resto de animales son iguales. Si tradicionalmente se ha establecido una distinción por la racionalidad humana, que no tiene ningún otro animal, este movimiento dice que tal distinción no existe, en tanto que los humanos también son animales.

Tocar el tema de los toros es cada vez más sensible por la polarización de posiciones a favor y en contra. Wolff dice que es la peor forma de razonar o de argumentar, reduciendo el tema a dos posiciones opuestas e irreconciliables. Al inicio del documental el filósofo lee un texto suyo en un homenaje por su jubilación. Recuerda que la exposición de las corridas de toros en medios de comunicación ha hecho que pueda despertarse esa empatía por el sufrimiento de los animales no humanos. Después se pregunta, ¿por qué no se tiene esa misma empatía por los pobres, o por los migrantes, que también están totalmente mediatizados?

Más adelante en el documental compara frases que se dicen a propósito de la muerte de los animales. Si muere un toro, es “pobrecito animal”; si muere un torero, particularmente en una corrida, es algo así como “un torturador menos”, dicho hasta con gusto. ¿Por qué? Si los dos son animales, ¿por qué con uno de otra especie hay una enorme empatía y con otro de la misma especie no hay tal?

Otro de los temas que aparece a lo largo del documental es el alimentario. Hay animalistas que reducen su actividad al ataque en redes sociales, en manifestaciones (violentas, muchas de ellas, por cierto), y poco más. Otros, que parecen ser más consecuentes, modifican su alimentación para ser veganos. Si el argumento es no matar al toro, ¿por qué matarlo para comerlo? ¿Es incompatible del todo negar la tauromaquia y comer carne? ¿Ser taurino y ecologista? Aún más, el veganismo ¿es una salida ética?

Además del tema de la empatía y la alimentación está la controversia sobre si puede ser arte una corrida de toros. Una ganadera dice, por ejemplo, que cuando el toro entra a la pista “es la estrella”. Refiere que acompañar a un toro a la plaza lo hace con gusto, mientras que llevarle al matadero le produce tristeza. En ambos casos, lo esperado es que el animal muera (salvo los pocos casos de indulto del toro).

Otro tema controvertido es el ético. ¿Hay una ética del toreo? Para quien cree que la ética es una serie de principios inamovibles puede parecerle una aberración. Si la gente se entera que la ética trata de los deberes que tienen los seres humanos, y que el deber siempre es el mismo, que es realizar valores, entonces el panorama se aclara. Hay una ética para todo. Hay una ética docente. Hay una ética del narcotráfico. Hay una ética estudiantil. También hay una ética del toreo. El tema ético lo trató Fernando Savater en su libro titulado Tauroética (2010). En los comentarios de Wolff la ética de la corrida es que nadie tiene derecho a matar al toro si no pone su vida en juego; por ello hay actividades que no sería éticamente admisibles, aquellas en las que se reduce la fiereza del toro, como en la práctica del “afeitado” (donde le cortan las puntas a los pitones; además del dolor, no pueden calcular la cornada con un tamaño diferente en sus cuernos). Esto puede ampliarse en el libro Lidia sin cuernos (1953), del sevillano César del Arco. Sin embargo, también hay otras prácticas que van desde vaselina en los ojos hasta alfileres en los testículos.

Claramente, la llamada fiesta brava es un producto cultural. Puede verse con todo su esplendor en la novela Sangre y arena (1908), de Vicente Blasco Ibáñez (llevada al cine en 1922) ¿Todo producto cultural debe permanecer? Wolff tiene claro que no. En el documental dice que la tauromaquia es una tradición condenada a morir. Se puede morir de diferentes formas. Se puede asesinar, que es lo que ocurrió en Cataluña, con un contexto político que explica en parte por qué se prohibieron legalmente las corridas. También se puede morir por agotamiento, hasta la inanición. Para que la tauromaquia muera de esta segunda forma se requiere tiempo y procesos educativos que lleven a la reflexión de argumentos contemporáneos como el del sufrimiento animal (léase, por ejemplo, A favor de los toros, 2010, de Jesús Mosterín). Pero claro, es más complejo. Tal vez por ello hay muchas exigencias de prohibición de los toros, y muy pocas apuestas de educación en bioética.

 

 

*Profesor-investigador del Departamento de Atención a la Salud de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana y Miembro del Consejo de Bioética de la Ciudad de México

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