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Aquellas canciones inolvidables del rock ochentero, o el rock no tiene la culpa de lo que pasa aquí

Originalmente, se trató de una campaña comercial para promover a un conjunto de bandas de rock españolas, argentinas y mexicanas. Pero, a la larga, fue sinónimo del espíritu musical de aquellos años. Posmodernos sin saberlo, desenfadados, irresponsables, transgresores, inolvidables a grado tal que todavía suenan y todavía son aclamados con una mezcla de nostalgia y euforia.

Aquellas canciones inolvidables del rock ochentero, o el rock no tiene la culpa de lo que pasa aquí | La Crónica de Hoy

Hasta el cansancio se ha repetido que la coyuntura de los terremotos de 1985 permitió que nuevas voces se hicieran presentes en la vida de todos los días. Era la música, era la tensión por volver a ganar las calles, por abrir espacios para el disfrute colectivo de las nuevas generaciones, para contar historias que no eran nuevas, pero que, pasado el primer lustro de la década, exigían su parte de inclusión en el mundo público y en las discusiones del día. Era la música y el cómo y en dónde se escuchaba; era la música de factura nacional y de tierras muy cercanas, donde se hablaba, más o menos, la misma lengua. La mezcla resultó tan inolvidable, que no ha querido desaparecer de la memoria sonora de los mexicanos que habitan el siglo XXI.

Llegaron los días del Rock en Tu Idioma.

NENE, ¿QUÉ VAS A HACER CUANDO SEAS GRANDE? ¿ESTRELLA DE ROCK AND ROLL? ¿PRESIDENTE DE LA NACIÓN?

Originalmente, “Rock en tu Idioma” era una campaña promocional, nacida en la disquera BMG, y que impulsaba a algunas bandas argentinas, españolas y necesariamente mexicanas, en vista de que, por fin, el rock en nuestro país había logrado superar recelos y censuras. Sí, fue la convergencia de intereses y fenómenos; las bandas no estaban dispuestas a vivir en la sombra, sin ganar presencia mediática; sin pisar los estudios de grabación de la industria disquera, y tenían cosas que decir. Las empresas se dieron cuenta de que México no podía aislarse de los movimientos musicales del momento, y las estructuras gubernamentales tenían demasiados fierros en la lumbre —una muy lenta recuperación económica, la reconstrucción post-terremotos y el desarrollo de una política de salud para enfrentar el surgimiento del SIDA— como para, encima, seguir ejerciendo el papel de gran papá regañón que escogiera qué música podían escuchar los jóvenes mexicanos. Hasta cierto punto, intentaron esto último, pero el volumen del aluvión musical no les dio margen de maniobra.

¿A qué sonaba el Rock en Tu Idioma? A lo que sonaba el rock en Estados Unidos y en Europa; algo de new wave, algo de punk; rock simple y sencillo, y con letras en español; en alguna pieza venida de Argentina sonó el bombo que la generación anterior tenía en la memoria de sus días de música folclórica. Pero se trataba de jóvenes que habían crecido con las referencias musicales de sus padres, y su manera de hacer rock tenía la construcción más o menos clásica del género, pero también y, a ratos, guitarras de sonoridad mexicana; percusiones que podían ser de mambo.

Entonces, empezaron a sonar nombres: de fuera venían argentinos, como Miguel Mateos, los Enanitos Verdes y Soda Stereo; montones de españoles, como Miguel Ríos —que en sí mismo era un espectáculo—,Nacha Pop, Radio Futura, Hombres G y los Héroes del Silencio. Muchos de ellos entraron a tierras mexicanas por medio de la radio, compañera inseparable de los jóvenes de aquellos días, que se movían por la vida con su música preferida contenida en cassettes.

Algunos entraron al mercado mexicano por la televisión, y no fueron pocos los que aparecieron nada menos que en el clásico de la televisión familiar que seguía siendo Siempre en Domingo: con sus enormes greñas con rizos, con una arracada en una oreja, con los sacos —masculinos y femeninos— con enormes hombreras; con chamarras de cuero, con vestimentas extravagantes. A veces, cabe preguntarse tantos años después: ¿se daban cuenta de lo que decían aquellas letras? Debieron: en 1984, justo antes de convertirse en Ritmo Peligroso, Dangerous Rythm decía, en “Marielito”: Es un marielito de Puerto Mariel/ que vino en un barco y no sabe inglés/ Él viene de lejos/ se quiere quedar/  Él quiere ser bueno/ mas no puede ya”. No solo era música movida, moderna.

Un argentino, Miguel Mateos, además de cantar Es tan tonto el amor/ que se deja atrapar/ por un corazón que no sabe amar, también mencionaba a las Abuelas de la Plaza de Mayo, y aquel dúo español, Veni Vidi Vici, que salió a cuadro haciendo un playback muy regular, presentó uno de los dos hits de su biografía, “Viviendo de noche”, que era una auténtica oda a la juerga nocturna y a la desenfadada irresponsabilidad juvenil de los ochenta:

“Los análisis dan alcohol/dicen que ha bebido nuestro conductor/ Debido a su mal estado/ al final hemos chocado/… No ha habido grandes heridos/ de esta hemos salido vivos/…”

No podía ser de otra manera: se iban terminando las dictaduras militares latinoamericanas, y en España se vivía la famosa “movida”, donde la juventud se iba sacudiendo lo que quedara de la vida según el franquismo. De España llegaron grupos y personajes cuya incorrección política —antes de que se inventara el término— los hacían impresentables en la televisión con sus hits, pero la radio, oh, la radio, les abrió camino: así, los Toreros Muertos cantaban con desparpajo la compleja travesía de su Agüita Amarilla, mientras La Trinca confesaba que querían una Novia Pechugona.

Si “Lucha de Gigantes”, de Nacha Pop, confesaba esa certeza interna e inconfesada de la propia fragilidad, los Enanitos Verdes veían una muralla que separaba los amores idos de los amores futuros, y un jinete, imaginado por Duncan Dhu, juraba que no regresaría a aquella tierra donde tanto faltaba.

Rock, Pop, Glam, eran términos que se incorporaron al vocabulario musical de la época; de otra manera, habría sido difícil definir a Alaska, que venía con Dinarama y no con los Pegamoides. Si pegó con “Ni tú ni nadie”, que era, una de esas canciones de amores contrariados que hay en todas las generaciones y en todas las épocas, con “A quién le importa” llamó la atención de comunidades gay.

Hubo de todo: rock de los más variados registros: con su disco de 1986 —el número 14 de su carrera— el español Miguel Ríos, creó uno de esos remedios, para los que en ese año, el Año del Cometa, el año en que volvió el cometa Halley, sufrían de mal de amores.

Algunas bandas se hicieron célebres con éxitos que rock, rock, no eran, pero que llegaron al corazón de los jóvenes mexicanos: La Unión emocionó con su melancólica “Lobo Hombre en París”, aunque la letra se la debieran a un francés de otras épocas, Boris Vian; y si Mecano era tecno-pop o tecno-rock según las inspiración de los hermanos Cano, con Cruz de Navajas resonaron en todo México.

Era la condición humana, los jóvenes que se hacían adultos, encontrando sus propios referentes.

 HEY, PA, ¿FUISTE PACHUCO? ¿TAMBIEN TE REGAÑABAN?

Los mexicanos compitieron con dignidad en aquella marejada musical. Las Insólitas Imágenes de Aurora se ajustaron y se convirtieron en Caifanes, y su versión de “La Negra Tomasa” hacía preguntar si eso era rock o no lo era; pero lo que importa es que Caifanes logró abrirse paso en radio y televisión, y que su presencia, cuando abrieron, en 1987, el concierto de Miguel Mateos en lo que entonces era el Hotel de México, dio el empujón a grupos como la Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Bon y los Enemigos del Silencio, Neón y Maná, que llegaron a las disqueras.

Desde fines de los 80 ahí andaban grupos más jovencitos; o algunos, en otras ciudades, que se ganarían la inmortalidad, como El Personal, de Guadalajara. Eran unos muchachitos, los que, agrupados en Fobia, andaban tocando desde 1987, aunque no grabaron sino hasta 1990; Café Tacuva andaba haciendo sus cosas desde 1989, y otros, mayorcitos, se subieron al tren: así, el renovado Tri cantaba una Triste Canción de Amor, y Kenny y los Eléctricos y Ritmo Peligroso se mantuvieron en la competencia. Rostros Ocultos se volvió inmortal con “El Final”, a grado tal que, aderezado con un “¡qué poca madre!”, que le agregaron las generaciones que siguieron, aún suena en las fiestas.

De hecho, muchos de aquellos muchachos todavía suenan, convertidos en sesentones o cincuentones, emocionando a los de entonces y a sus hijos, y a uno que otro nieto.

LOS ESPACIOS NUEVOS, ÚNICOS INOLVIDABLES. Necesariamente, el rock se salió de los hoyos fonquis. Había ganado presencia mediática, y lugares ya muy establecidos, como la librería El Ágora, le hizo su lugarcito a gente como Real de Catorce, los botellos y Cecilia Toussaint. Rokcotitlán, el lugar de botellita de Jerez, fue uno de esos sitios memorables, y mucha gente escuchó ahí a Fobia, a Los Amantes de Lola, a Neón, a El Tri, y a La Última Carcajada de la Cumbancha (LUCC) llegaron algunos de los que serían indispensables en la década siguiente: los tacubos, Santa Sabina o Juguete Rabioso. En Paseo de la Reforma funcionó Rock Stock bar, donde tocó Von y los Enemigos del Silencio. Aquel sitio era parte de ese núcleo inolvidable que, con la bandera de Rock 101, programaba Puro, Total y Absoluto Rock and Roll, en español y en inglés.

Por eso fue inevitable, que llegaran de nuevo los conciertos. La Plaza México fue escenario der algunos de aquellos primeros conciertos, entre mexicanos y españoles: 1987 y es Nacha Pop y Danza Invisible, con Kerigma; al año siguiente hay un maratón de reggae en el estadio del Atlante, Radio Futura hace lo suyo. Miguel Ríos llena la Plaza México en 1989.

Parecía que, pese a las resistencias, paternas y gubernamentales, la oleada musical ya no tenía camino de regreso. Y eso que tuvo que sortear censuras —sí, censuras— y reglas un tanto absurdas, antes de dar el salto a los grandes conciertos del rock y el pop en inglés. Eso, creían algunos, era la prueba de fuego. (Continuará).

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