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Aquellas otras mujeres liberales

Llevamos casi 150 años rescatando la historia de Margarita Maza, esposa del presidente Juárez: sus trabajos, sus sufrimientos y sus dolores. Pero, ¿es que acaso no hubo otras mujeres a las que afectó la vida política de sus esposos, o de sus familiares varones? De algunas tenemos las piezas del rompecabezas de sus vidas. De otras, apenas nos queda una sombra..

Aquellas otras mujeres liberales | La Crónica de Hoy

Esta imagen debió tomarse en durante la guerra de Reforma, en Tixtla. Ahí vemos, sentado, al joven Ignacio Manuel Altamirano, y de pie, a su lado, a su esposa Margarita. A la izquierda, Aurelio, uno de los hijos adoptivos de la pareja, y en el extremo izq

Cierto, Margarita Maza padeció numerosas calamidades al unir su existencia a la de Benito Juárez. Las luchas políticas del siglo XIX mexicano arrastraron a familias enteras. Era inevitable que la familia del presidente las experimentara. Pero no fue la única. Las mujeres que unieron sus destinos a algunos de los más notorios liberales pasaron por situaciones tanto o más terribles que las de los Juárez Maza. Sin embargo, los recuerdos, las cartas, las historias tristes, se quedan a veces atorados en los álbumes familiares, se convierten en silencios porque lo que duele a veces se soslaya y pareciera mejor no hablar de ello.

Pero ahí están. A veces aparecen en una nota de un periódico de la época; en una carta escrita por ellas o por sus maridos. A veces no son sino el recuerdo de un personaje memorioso, y una que otra vez, adquieren corporeidad, cuando el que vivió a su lado tiene de su parte el tiempo y  la tranquilidad para consignar su existencia en escritos autobiográficos. Éstas son algunas de las piezas de los rompecabezas de sus vidas. Intentar contar algo acerca de ellas es como perseguir sombras, fantasmas que, ahora, vuelven a contar su historia.

LUISA, LA JOVEN ESPOSA DE FRANCISCO ZARCO. Luisa Elorriaga era hija del padrino de bautizo del aguerrido periodista Francisco Zarco Mateos, Pancho, para los amigos. Sabemos de ella porque aparece en algunas cartas de escritas por el que fue su esposo, porque, una que otra vez se habla de ella en las páginas del periódico que dirigió Francisco, el más liberal, el más importante del México de su tiempo: El Siglo Diez y Nueve.

Es de suponerse que Francisco y Luisa se conocieron a partir de la relación padrino-ahijado que el periodista tuvo con el padre de la muchacha. Sabemos también que desde 1858, Francisco y Luisa deseaban casarse. Pero la guerra de Reforma obstaculizó el proyecto.

¿Cómo lo sabemos? Hoy día, en el archivo de la Arquidiócesis Primada de México, todavía pueden consultarse los documentos referentes a la dispensa eclesiástica que solicitó Francisco Zarco en 1858 para poder casarse con Luisa, a pesar de que existiera “parentesco espiritual”.  Como católico que era, al mismo tiempo que un convencido liberal, el periodista inició el trámite, entorpecido por el estallamiento de la guerra civil. En Historia en Vivo se ha contado cómo, en esos tres años, Zarco vivió a salto de mata, perseguido, haciendo periodismo como pudo, en donde pudo, y, cuando lo acorralaron, lo metieron a la inmunda cárcel de la Acordada. Pero la guerra terminó a fines de 1860, y los trámites de la dispensa habían caminado un poco. Hay documentos de 1859 y 1860, aportados por Tomasa Guízar, una parienta de la pareja.

La mala salud de Francisco —es en la Acordada donde contrae los males que lo llevarán a la muerte prematura en 1869—, su vuelta al trabajo al frente de El Siglo Diez y Nueve, y la reconfiguración política del país, seguramente aplazaron el matrimonio, que, finalmente, se concretó en los primeros días de 1862, cuando, en una carta enviada a Matías Romero, representante mexicano en Washington, le adjunta una papeleta, donde Zarco y Luisa dieron noticia de su boda:

 

Francisco Zarco y Luisa Elorriaga

Participan a usted haberse unido

En matrimonio, y se ofrecen a sus

Órdenes en la calle de los Bajos de

San Agustín (Hoy República de
El Salvador) No. 5.

México, enero de 1862.

 

Meses después, cuando las tropas mexicanas resistían la invasión francesa, las esposas de los miembros destacados del partido liberal trabajaron para hacer acopio de dinero, ropa y medicinas destinadas a confortar y apoyar a los soldados que pelearon en toda la ruta de avance de los invasores. Las crónicas de El Siglo Diez y Nueve hablan de la labor de aquellas mujeres, que no eran avezadas analistas políticas, pero que secundaban la militancia de sus esposos y familiares de la manera que conocían: el ejercicio de las obras benéficas. Y ahí, en esas crónicas que hablan de Margarita Maza organizando colectas y funciones que permitieran reunir dinero, esas mismas crónicas consignan la presencia y el trabajo de Luisa, como esposa del redactor en jefe (es decir, el director) de El Siglo.

Pero los años de prueba para esta pareja vinieron con la guerra de intervención. Zarco partió al norte del país, llevando a Luisa consigo. Las difíciles circunstancias llevaron a la pareja al exilio en Estados Unidos, en Nueva York, no lejos de donde se habían refugiado los Juárez Maza.

Los Zarco Elorriaga vivieron días de miseria. Zarco, ya enfermo, logró ganar algún dinero haciendo corresponsalías para periódicos sudamericanos. Luisa dio a luz una niña en enero de 1866, y nos enteramos por las cartas de Francisco a José María Iglesias, que acompañaba a Juárez en Paso del Norte.  Pero era tanta la estrechez de la pareja que Luisa parió teniendo por toda ayuda a su esposo, pues, a falta de recursos, escribe Pancho, no había en aquel hogar ni sirvientas ni “el personal que se requiere en estos casos”. De hecho, Francisco refiere que, en los días inmediatos al parto, su esposa estuvo “bastante mal”, y, al paso de los días, se restableció.

De regreso a la ciudad de México, triunfante la República, en 1867, Luisa vio cómo Zarco regresaba a su verdadera pasión, el periodismo, y volvía a ser diputado, cargo que solamente abandonó unas semanas antes de morir, en diciembre de 1869. Vivía la familia, que tuvo tres hijos que eran pequeños aún cuando Francisco falleció, en el número 2 de la Calle de los Rebeldes, hoy Artículo 123, muy cerca de la esquina con San Juan de Letrán, que era una calle más bien pequeña. Todos, en el funeral de Pancho, lamentaron que dejara a una viuda joven, con niños. Con el tiempo, Luisa volvió a casarse. Pero esos siete años de matrimonio con el más aguerrido de los periodistas liberales, fueron intensos e inolvidables.

LA NOBLE MARGARITA, ESPOSA DE NACHO ALTAMIRANO. Margarita Pérez Gavilán era guerrerense, como el joven abogado liberal Ignacio Manuel Altamirano, es decir, eran paisanos. Y eran paisanos por partida doble, pues los dos eran de aquel pueblo donde nació Vicente Guerrero: Tixtla. Es más, Margarita era nieta del célebre insurgente.

Se conocieron en el Colegio de las Vizcaínas, donde Margarita estaba internada, estudiando. La directiva del colegio invitó, cuenta la tradición familiar, a Altamirano, a impartir una charla o conferencia a las jóvenes alumnas del colegio.

Con delicadeza, Ignacio emprendió un hábil cortejo: iba a visitarla, y ella lo recibía, con reja de locutorio de por medio. Le mostraba al joven y talentoso abogado las acuarelas que ella pintaba en sus ratos de ocio, y él le recitaba a Lamartine en francés.

Finalmente, la pareja decidió comprometerse. Pero eran los días de la guerra de Reforma, y Altamirano había decidido quedarse hasta poder presentar el examen que le daría su título de abogado. Sólo entonces se animó a pedirle matrimonio a Margarita, que aceptó. Se casaron el 5 de junio de 1859, de madrugada, en el Sagrario Metropolitano. A esa hora solían contraer matrimonio las parejas que  no contaban con recursos para una boda por todo lo alto. Después, se refugiaron en Tixtla, pues los conservadores se enseñoreaban en la capital y no faltaba mucho para que Ignacio fuese perseguido.

En Tixtla, el matrimonio Altamirano-Pérez Gavilán se convirtió en familia, al adoptar a los  medio hermanos de Margarita: Aurelio, Palma y Guadalupe, apellidados Guillén. La pareja, que nunca tuvo descendencia propia, dio hogar y educación a aquellos muchachitos.

Al terminar la guerra de Reforma, volvieron a la capital. Allí se quedaron, mientras Ignacio era diputado y se desarrollaba en el mundo de las letras y el periodismo, hasta que, a causa de la invasión francesa, volvieron a escapar hacia Guerrero, primero a la hacienda La Providencia, de Juan Álvarez, y luego a Tixtla. Desesperado por entrar en la defensa de su patria, Ignacio acabaría uniéndose a las tropas que sitiaron Querétaro, mientras Margarita y los muchachos esperaban en Tixtla el fin de la guerra. Luego, al triunfar la República, volvieron a la capital.

Nunca fueron ricos. Les mejoraron un poco las cosas cuando Ignacio fue designado, hasta 1889, cónsul en Barcelona, y luego destinado en París.

Diabético y tuberculoso, Altamirano murió en San Remo, Italia, en febrero de 1893. Margarita aún los sobreviviría para conocer a sus nietos, refugiada en una bella casita de la colonia Guerrero.

No son las únicas. Algunas corrieron aventuras intensísimas... (continuará).

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