Opinión


Arrojo y determinación

Arrojo y determinación | La Crónica de Hoy

Los déspotas, cuando no se les enfrenta, creen que sus amagos han tenido efecto. La soberbia de los abusivos se nutre en el poder que pueden desplegar pero, además, en el temor que suscitan. A Donald Trump es preciso enfrentarlo con inteligencia, pero sin negligencia. El chantaje contra México sólo prosperará si no hay medidas concretas por parte de nuestro gobierno. Está muy bien buscar el diálogo. Pero la negociación no se propicia tocando en Washington de puerta en puerta.

Donald Trump respondió con majadería e insidia a la comedida carta que le envió el presidente Andrés Manuel López Obrador. “¿Son los capos de las drogas, los cárteles y los coyotes quienes realmente gobiernan en México?” escribió en Twitter el sábado por la tarde.

La carta de López Obrador fue oportuna. Circuló pocas horas desde que, el jueves por la tarde, Trump anunció un impuesto del 5 por ciento, que aumentaría gradualmente, a todas las mercancías procedentes de México. Con esa sanción, el presidente de Estados Unidos pretende que México detenga toda la migración ilegal que llega, desde el sur, a ese país.

La carta confronta a Trump con la defensa de las libertades que hicieron Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt. El presidente mexicano reivindica el derecho a migrar y explica “los seres humanos no abandonan sus pueblos por gusto, sino por necesidad”.

La única manera de frenar la migración que viene de Centroamérica es respaldar el desarrollo de esa región. El 20 de mayo López Obrador recibió las recomendaciones de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe, Cepal, para un plan de desarrollo promovido por El Salvador, Guatemala, Honduras y México. Cada año, en los tres países centroamericanos, hay 362 mil jóvenes que quieren incorporarse al mercado de trabajo pero sólo existe empleo para 127 mil. El salario mínimo mensual en  2017 en Honduras era de 368 dólares, en Guatemala 357, en El Salvador 258 y en México, de apenas 128 dólares. El mínimo mensual en Estados Unidos ascendía a 1746 dólares. La propuesta que presentó Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, contempla incrementar la recaudación fiscal y, así, la inversión productiva para crear un espacio de integración productiva entre los cuatro países.

“Que la migración sea una opción y no una obligación”, dice la Cepal. Para que así ocurriera se requieren recursos, inversiones y políticas públicas que, hasta ahora, México no tiene. Por eso no hay sustento en la promesa que López Obrador le hace a Trump cuando dice que “en poco tiempo, los mexicanos no tendrán necesidad de acudir a Estados Unidos” pues “estamos combatiendo la corrupción” y gracias a ello “nuestro país se convertirá en una potencia con dimensión social”. Quizá, como ahora se dice para eludir la realidad, el presidente mexicano tiene otros datos. Pero no hay evidencias de que el combate a la corrupción haya mejorado nuestras finanzas públicas.

Quizá el segmento que más incomoda a Trump sea la crítica a su lema America first, que la carta del presidente mexicano traduce “Estados Unidos, primero”. Se trata, le dice, de “una falacia porque hasta el fin de los tiempos, incluso por encima de las fronteras nacionales, prevalecerán la justicia y la fraternidad universales”.

A la utopía conservadora y egoísta de Trump, López Obrador respondió con una utopía providencialista. Quién sabe cuál será el fin de los tiempos. Pero en la utilitaria época actual, que en ese plano es idéntica a todas las anteriores, la humanidad es egoísta, el hombre es el lobo aquel que decía Hobbes y las naciones por lo general no defienden la fraternidad universal, sino sus propios intereses. Por eso, como el trato entre las personas y entre el poder y ellas no puede depender de la buena voluntad, en cada país hay leyes e instituciones para aplicarlas. Entre las naciones, la convivencia está ceñida a reglas y compromisos internacionales. Hace falta mucho más que alusiones samaritanas para domar a un déspota como Trump.

El presidente mexicano cumple con su responsabilidad cuando le propone a Trump dialogar, en vez de confrontar. Pero a su carta le faltan instrumentos para empujar hacia una negociación auténtica. Durante dos años y medio, desde que fue electo, Trump se ha comportado con arrogancia en su trato con México. Así es él cuando no encuentra resistencia. Con Vladimir Putin, que le tiene tomada la medida, e incluso con el líder norcoreano Kim Jong-un, que lo ha desafiado o, en un caso diferentísimo, con la canciller Angela Merkel, que no le tolera un solo desplante, Trump se comporta con respeto.

Con el gobierno de México, se permite insidias y descortesías. A la obsecuencia del presidente Peña Nieto, ha seguido el discurso condescendiente de López Obrador. Para disuadir a los agresivos no basta reiterar “amor y paz”. Por eso la frase más publicitada de la carta a Trump es la advertencia, mesurada pero enfática: “por favor, recuerde que no me falta valor, que no soy cobarde ni timorato”.

El presidente López Obrador tiene la oportunidad de demostrar esos atributos, ahora mismo, en su trato con Trump. No puede pretenderse que la relación con Estados Unidos esté fincada en la agresividad, pero sí que haya firmeza ante un gobernante que ha ofrecido demasiadas pruebas de que, mientras más debilidad encuentra, más abusa.

El mismo López Obrador, el 20 de enero de 2017, le exigió a Enrique Peña Nieto una actitud firme. Cuando Trump exacerbó sus amenazas contra México, López Obrador dijo en Coahuila:

“Basta de pasividad. Hay que tomar la iniciativa y ante la amenaza y el manejo perverso de la política de la incertidumbre, fijar una postura con claridad sin titubeos ni medias tintas. Tenemos derecho a poner nosotros la agenda sobre la mesa. No se trata de responder a la prepotencia con balandronadas… Es sencillamente ejercer con orgullo nuestra soberanía y actuar con arrojo y determinación”.

En esa ocasión, López Obrador propuso “un plan de emergencia nacional para enfrentar los daños y revertir la política proteccionista anunciada por Donald Trump” y “acudir a instancias internacionales, como la Organización Mundial del Comercio, ante posibles modificaciones arbitrarias en impuestos y aranceles que perjudiquen a las empresas instaladas en México”.

Ahora, desde el gobierno, puede hacer más que eso. En primer lugar, igual que en cualquier trato entre dos países, la imposición de aranceles de excepción tiene que ser respondida con medidas similares. No se trata de encarecer en México todos los productos estadunidenses sino de gravar aquellos que provengan de regiones en donde haya clientelas electorales que puedan presionar a Trump con más eficacia.

En segundo término hay que recordar que en Estados Unidos tenemos una amplia variedad de interlocutores e incluso, aliados. Una diplomacia inteligente tendría que buscar acuerdos con grupos del Partido Demócrata pero también del Republicano que rechacen los amagos de Trump.

En tercer lugar es preciso que México diversifique sus relaciones  comerciales con otras zonas. Ojalá que la publicidad de la telefónica Huawei detrás de la selfie que difundió el canciller Marcelo Ebrard no haya sido casualidad, sino el anuncio de conversaciones serias con el gobierno y empresas de China.

Si despliega una respuesta digna y eficaz a las amenazas de Trump, el presidente López Obrador tendrá el respaldo de los mexicanos. Él mismo describió, antes de ser presidente, la actitud que hace falta: “arrojo y determinación”.

 


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@ciberfan

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