Opinión


¡Arte y artistas degenerados! El museo como prototipo histórico de verdades sociales

 ¡Arte y artistas degenerados! El museo como prototipo histórico de verdades sociales | La Crónica de Hoy

Los museos son los templos del saber-poder social. Santuarios de la secularización ilustrada: estructuras imponentes, de gruesos muros blancos, pasillos amplios y pilares clásicos que sostienen en vitrinas y cuelgan de sus ladrillos narrativas que, por el simple hecho de estar ahí – dentro del sacrosanto inmueble-, se convierten en verdades colectivas, dogmas nacionales.

La práctica europea de trasferir objetos del ámbito privado al público con el fin último de la contemplación ciudadana funciona para la transmisión de valores y creencias: identidades sociales, políticas y hasta sexuales. Estos espacios públicos son enormes promotores de ideologías de todo tipo. Desde Louvre hasta nuestro Museo Nacional de Antropología e Historia: los museos son espejos de los intereses del poder en turno.

             Las verdades, así como las ambiciones del poder, fluctúan. Lo que hoy es apreciado como sublime, mañana quizá dejará de encajar dentro de los cánones de lo estético. Lo que es percibido como un valor nacional, quizá será en un par de décadas sujeto de denuncia. Así como las exposiciones de arte, los dogmas sociales conmutan según el ritmo de la historia. Y la historia es azarosa, aleatoria; es una dialéctica tornadiza, que, como una rueda, sube y baja sin freno que la paralice.

            Planteada, pues, la subjetividad histórica de lo que el museo manifiesta en relación con el poder, me gustaría hilvanar un viaje en el tiempo. Situémonos juntos en la Europa de la primera mitad del siglo XX; una Europa en pánico a punto de alcanzar el punto de ebullición. Es el año 1937, y estamos en Alemania. El alarido del disparate ario abre fauces y se cuela entre las grietas y hendiduras de cada casa. Es verano, y estamos en Múnich. Miembros del Nacionalsocialismo inauguran la Casa del Arte Alemán con dos gigantes exposiciones, una siendo el contraste de la otra. La primera se titula “Primera Gran Exposición de Arte Alemán”, la segunda “Exposición de Arte Degenerado”. De tal forma, el gobierno del Tercer Reich, fija a su merced la producción cultural para dibujar los valores nacionales a través de exposiciones de arte. El deber-ser con el no-deber-ser: lo “blanco”, lo “propio”, lo “sano” del nuevo proyecto de nación, contrastado directamente con lo degenerado. Oposiciones binarías, ¡claro! Así los conceptos se entienden mejor.

            Estamos de pie sobre una de las aceras empedradas de Múnich. Llueve, como ha estado lloviendo los últimos meses, es como si el cielo se marchitara ante las pancartas políticas cuelgan de los edificios. Salpicándonos los zapatos, cae delante de nosotros el periódico nazi Hakenkreuzbanner. En él, Hitler declara que el arte sano es ése que su nación lleva en la sangre, un arte que puede ser comprendido por el pueblo. Explica cómo únicamente el arte que el hombre de la calle puede llegar entender por completo es auténtico. Alzamos la vista y nos sorprende la gran cantidad de personas que se dirige a la recién inaugurada Casa de Arte Alemán.

Las filas se acumulan delante de ambas exposiciones y los pasillos se saturan. El ritual a seguir en cada una de las muestras varía. La “Primera Gran Exposición de Arte Alemán” se compone de obras afianzadas a la tradición realista. Está distribuida de acuerdo a los géneros pictóricos del siglo XIX: paisajismo, retratos y representaciones de la vida rural alemana. De entre las 12,500 obras expuestas en la exposición, hay bustos de líderes nacionalsocialistas, así como iconografía del régimen, estatuas del ideal físico alemán hechas por el escultor Arno Breker, entre muchos desnudos con tintes neoclásicos. Los géneros y temas sobre los que se distribuye la obra de la exposición hacen notar la obsesión del gobierno por volver a los valores tradicionales. Aquí, los visitantes deben guardar respeto ante dichas imágenes. La visita es solemne. Se lleva a cabo en silencio, se observa con respeto. Son los valores del nuevo nacionalismo.

Las vanguardias tan características del siglo XX, se encuentran del otro lado: son las que conforman la exposición Entartete Kunst (“Exposición de Arte Degenerado”). Ahí, cuelgan torcidas 650 obras modernas. Los muros blancos se visten de letras negras, anotaciones toscas que insultan con saña las creaciones artísticas expuestas.

“La locura se convierte en método”

“La naturaleza de mentes enfermas”

“Burla insolente a la divinidad”

“Sabotaje deliberado hacia la defensa nacional”

 

La abstracción, el expresionismo y el surrealismo son catalogados por la exposición Nazi como un insulto directo al sentimiento alemán. Anotados en la lista de los degenerados están Paul Klee, Kandinsky o Kokoscha; Henri Matisse, Pablo Picasso o Vincent van Gogh. A los alemanes Max Beckmann, Emil Nolde, Otto Dix, el satírico y comunista Georg Grosz, y Ernst Kirchner se les exigió renunciar a la docencia y nunca volver a exponer o vender cualquiera de sus piezas sobre territorio alemán.

La estrategia cultural del gobierno Nazi resultó en un ineludible éxodo artístico. El día en que se inauguró la exposición, Max Beckmann huyó a Ámsterdam. Otto Dix se retiró a una cabaña en el campo; allí pintó, pero se limitó al paisajismo para evitar desafiar a las autoridades. Max Ernst y George Grosz escaparon a Estados Unidos. Paul Klee se estableció en Suiza, pero jamás le otorgaron la ciudadanía por su estatus de artista degenerado. Kirchner se quitó la vida un año después de la inauguración de Entartete Kunst.

Entre 1937 y 1941, la exposición “Arte Degenerado” viajó a doce ciudades más, y fue visitada por alrededor de tres millones de personas.  El ritual a seguir por los visitantes a esta exposición era, como es de suponer, el de gritar, abuchear y maldecir las obras expuestas.

Este antagonismo llevado a la presentación visual por los nazis es un ejemplo radical de cómo el museo (las exposiciones) es un gran instrumento para la fabricación de identidades nacionales o verdades colectivas. Estas instituciones, siendo espacios públicos, forman un complejo disciplinario en el que se debaten relaciones de poder. El museo, al ser percibido como el templo de la autenticidad, bien puede ser empleado para adoctrinar a los ciudadanos de acuerdo a los procesos deseados por el estado.

Para concluir con esta idea, pido que saltemos una vez más en el tiempo. Lleguemos a nuestro año. Es el 2019, y aterrizamos una vez más en Alemania, pero ahora en Nurémberg. El país es luminoso. Ha sido reconstruido. Se alza firme sobre cimientos sólidos. Los vanguardistas que durante los años del nacionalsocialismo fueron clasificados como degenerados, se postran, hoy, como los grandes maestros de lo sublime; son los autores de las obras que se exhiben en los museos de arte alemán. 

¡Nos topamos con el anuncio de una subasta! La casa de subastas Weidler pone a la venta varios objetos apropiables a Hitler. Aparte de las pertenencias, se ofrecen obras presumiblemente realizadas por el líder Nazi. Dos son los compradores que llaman desde fuera del país. Como es de suponerse, ninguno se atreve a presentarse personalmente. Uno adquiere un mantel de 630 euros y un jarrón de porcelana con el dibujo de un velero que cuesta 5.500 euros. El alcalde de Nurémberg denuncia públicamente a la subasta como una iniciativa de “mal gusto”.

La casa de subastas Weidler retira 26 de las obras que supuestamente fueron realizadas por Hitler después de que la justicia alemana las incautara por dudas sobre su autenticidad. Es bien sabido que el caótico dictador de bigote emblemático fue un artista frustrado. De su arte se sabe poco, es por lo mismo prácticamente imposible autentificar los muchos cuadros que hoy se le atribuyen. Al final, sus pertenencias, las obras que se le podrían atribuir y los objetos de simbología nazista terminan siendo confiscados, guardados y privados del ojo público. Las polémicas subastas que se organizan bajo el nombre de Hitler son rechazadas con desdén por los ahora gobernantes alemanes. Los compradores de estos objetos permanecen en un anonimato que no logra ir más allá de llamadas telefónicas desde el extranjero. También a través del arte, es notorio cómo Alemania basa su identidad nacional en una persistente expiación de su pasado nazista.

 

El museo es, así, el gran testigo de las fluctuaciones históricas, de cómo las idas se convierten en vueltas; de cómo lo que en 1937 era expuesto como degenerado, hoy es venerado; de cómo lo que en 1937 era reverenciado, hoy es incautado.

Verdades históricas ¿cuáles? Si la verdad es canjeable: quienes hoy tienen de más, mañana suplicarán por todo, quienes miran a la izquierda mirarán, eventualmente, en sentido contrario. Porque el paso del tiempo no hace más que rodar, alterar ordenanzas, invertir colocaciones, trastornar los bártulos. Y de ello no existe mejor espejo que un museo.  

Autorretrato, 1931. Ernst Ludwig Kirchner

Fotografía de la exposición "Arte degenerado" en Munich, 1937

Póster de la exposición "Arte Degenerado", 1937.

Subasta de objetos y obras de Hitler en Casa Weidler, 2019.

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