Opinión


Así se festejó por primera vez la victoria del 5 de mayo

Así se festejó por primera vez la victoria del 5 de mayo | La Crónica de Hoy

La victoria militar del 5 de mayo de 1862 sirvió para muchas cosas. La oleada de entusiasmo popular y la hábil capitalización del hecho por el gobierno juarista, dieron para fortalecer una moral colectiva que, a ratos, desde la reconstitución del gobierno liberal, flaqueaba y se tambaleaba, entre los intensos desacuerdos entre el Presidente y su radicalizado Congreso, y el angustioso seguimiento que en la capital se hacía del conflicto entre las tropas francesas que avanzaban tierra adentro desde el puerto de Veracruz.

La precariedad con la que el ejército mexicano sobrevivía, pese a toda la buena voluntad del gobierno juarista, hizo que numerosos personajes de la vida pública apelaran, a fuerza de colectas, llamamientos y suscripciones, al patriotismo de los ciudadanos, para conseguir unos pocos pesos más con los cuales, por lo menos, poder pagar los alimentos o unos modestos huaraches para los humildes soldados que resistían la invasión. Dar de comer a los hombres de Ignacio Zaragoza costaba 3 mil 700 pesos diarios, y muchas jornadas hubo en que el general no podía contar con esa cantidad.

Menudearon, entonces, las colectas para reunir fondos. Uno de los recursos más favorecidos fueron las funciones teatrales, que atraían mucha gente y dejaban una buena ganancia.  El Gran Teatro Nacional fue uno de los escenarios preferidos para estas funciones,  la primera de las cuales se llevó a cabo el 2 de mayo de 1862, y el dinero recaudado se destinó “al mantenimiento y auxilio de los enfermos y heridos de nuestro ejército”, según afirmó la prensa de aquellos días.

La función tuvo lleno completo, los que menos, pagando tres reales en la galería, y los que más, 12 pesos por palcos primeros, con derecho a ocho entradas. Con agudeza política, Francisco Zarco, el redactor jefe de El Siglo Diez y Nueve, hizo notar en su crónica de aquella noche que una gran cantidad de extranjeros formaba parte de la multitud; una platea entera estaba ocupada por los integrantes de la legación peruana, y en otro lado se acomodaban “los miembros todos del club alemán”.

Explotando los gustos de la época, se programó una función de ópera, La Traviata, aderezada con diversas presentaciones en los entreactos. Ese 2 de mayo de 1862, el compositor Melesio Morales tocó a dos pianos, junto con la señorita Refugio Valenzuela, unas variaciones sobre Lucrecia Borgia, de Donizetti. La misma dama, en otro entreacto, ejecutó junto con Francisco Elorriaga, otra serie de variaciones sobre los temas de otra ópera, Marta, de Flotow.  Cuando el día 5 corrió la noticia de la victoria en Puebla, en todas partes se opinaba lo mismo: había que festejar, no sólo porque se podrían obtener recursos para los combatientes, sino porque se trataba de levantar la moral colectiva, alicaída por el solo hecho de tener invasores en la patria. En estos actos, escribía Zarco, se conjuntaban la caridad y el patriotismo.

Así, se dispuso un gran festejo. Desde luego, se haría en el Nacional. Y el 20 de mayo fue la fecha escogida. Se matarían dos pájaros de un solo tiro: sería una fiesta patriótica y se reuniría dinero para los hospitales militares. La iniciativa surgió de la compañía dramática del teatro Principal, cuyo personal, apoyado por las damas encargadas de hacer las colectas, armaron un programa que, según las crónicas, obtuvo un éxito clamoroso.

El programa era amplio y atrajo a mucha gente: se montó una comedia entres actos: La libertad en la cadena, título que sonaba bien en el clima de celebración; en los entreactos, se desplegó todo un festejo cívico, pleno de optimismo por la victoria que ya era llamada “nacional”. Uno de los actores de la compañía, apellidado Morales,  recitó una composición poética, de la autoría de Ricardo Ituarte. Después de la declamación, se anunció, “el maestro alemán, señor don Luis Hahn, acompañándose en el piano, cantará la balada de Feihgrath, música del maestro Rücken, titulada “la despedida del guerrero”, y la canción de Herweg “Arnoldo de Wenkelried, libertador de Suiza”.

Fue una función larga:  terminada La libertad en la cadena, nuevamente el profesor Hahn salió al escenario para interpretar al piano “una marcha triunfal compuesta por él y dedicada a los mexicanos con el título de El cinco de mayo de 1862. Caldeado el ambiente por la música patriótica, le siguió el ajonjolí de todos los moles, es decir, Guillermo Prieto, para declamar una composición poética  que había escrito “para esta solemnidad”.

La buena voluntad y el patriotismo era lo que animó al público en una función tan larga, porque después de la declamación de Prieto, que en sí misma era ya todo un espectáculo, se presentó la comedia en verso y un solo acto, El Tirano Doméstico, de Juan A. Mateos y Vicente Riva Palacio, una pieza muy popular en aquellos días.

Cuenta Francisco Zarco que la velada resultó un triunfo completo, pues “el espectáculo fue digno del patriótico y humanitario objeto a que estaba destinado, y por parte de los actores, de los artistas y los literatos que contribuyeron a la solemnidad, hubo el mayor y más laudable empeño en dar brillo a esta fiesta nacional”.  El teatro estaba engalanado con banderas tricolores, y se colgaron coronas de laurel con los nombres de los héroes de las batallas de Puebla y Acultzingo; un retrato del general Zaragoza presidía el escenario, y en la entrada del teatro, unos versos de Pantaleón Tovar daban el tono del festejo:

 

Envidia el orbe entero tu destino:

Venciste al vencedor de Solferino.

De la altanera y orgullosa Francia

La patria te contempla agradecida

Porque salvaste con honor su vida.

 

Entusiasmada, la gente aplaudió emocionada. El cronista del periódico El Siglo Diez y Nueve asegura que al profesor Hahn le aplaudieron mucho, máxime que se trataba de un talentoso inmigrante alemán que a sus talentos de naturalista y botánico, sumaba su capacidad como brillante compositor y era un convencido liberal. La poesía preparada para la ocasión por Guillermo Prieto, “entusiasmó, electrizó a la concurrencia, que interrumpió al poeta aplaudiendo y gritando vivas a México y al general Zaragoza”:

 

¡Gloria, orgullo, laureles, patria mía,

Diga la fama con fragor de rayo

Al saludar con himnos de alegría

La quinta luz de mayo!

 

La gente aplaudía a rabiar; con la última parte del programa, la representación de El Tirano Doméstico, que cerraba la fiesta. Las ovaciones estremecían el teatro, y abundantes papelillos, que tenían impresas pequeñas poesías alusivas a la ocasión, llovían, desde las galerías, sobre el escenario.

Así cerraba la sobria pero emocionada crónica de El Siglo Diez y Nueve. Pero al mismo tiempo circulaba otro periódico, editado por Guillermo Prieto: se trataba de La Chinaca, “periódico escrito única y exclusivamente para el pueblo”, donde el poeta se daba vuelo con versos satíricos antifranceses, que hacían las delicias de la gente. Y, con personajes imaginarios en inventada tertulia, Prieto narraba la emocionante celebración:

 

“No había allí la elegancia que cuentan que hay en los teatros de Napoleón el chiquito; pero en cambio, en cada cara de ángel se leía la virtud que ni siquiera conocen por allá en extrangia…”

 

Y después, escribió Prieto, fueron los gritos de “¡Mueran Almonte y los franceses!” y los “¡Viva la República!”. Y como los curiosos preguntasen si de verdad aquel espectáculo patriótico había estado bueno y emocionante, el buen poeta, simplemente concluyó:

—Aquello, amigo, ¡fue de chuparse los dedos!

 

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