Opinión


Assange: ¿Héroe o villano?

Assange: ¿Héroe o villano? | La Crónica de Hoy

Se veía venir. La expulsión de Julián Assange de la embajada de Ecuador en Londres era cuestión de “horas o días”, como anunció Quito hace una semana. Demasiado tiempo y demasiado poco espacio para el enorme ego del fundador de WikiLeaks.

Si su aguda inteligencia y valentía lo llevaron en su día a convertirse en el Robin Hood del siglo XXI, en un héroe informático que pirateaba documentos secretos sobre las maldades que cometían los gobiernos poderosos, su desbordada megalomanía fue su perdición.

Ahora que muchos se dan golpes de pecho por el arresto de Assange, convendría recordarles que los problemas judiciales de Assange comenzaron por un asunto más turbio: la denuncia de dos integrantes de su equipo de WikiLeaks en Suecia, que acusaron a su jefe de aprovechar su posición para abusar sexualmente de ellas. Recordemos también que Assange se negó a dar la cara ante sus presuntas víctimas en un tribunal sueco, alegando que él era la víctima y que trataban así de hundir su prestigio y desviar el verdadero asunto, que era la cacería en su contra montada por Estados Unidos por revelar secretos informáticos.

Su estrategia funcionó. El mundo adoraba a ese joven valiente, perseguido injustamente y que sólo necesitaba la ayuda de un gobernante noble que le ayudara a ponerlo a salvo de las garras estadunidenses y de su aliada Gran Bretaña, donde le sorprendió el escándalo y donde fue puesto en vigilancia, mientras resolvía si lo entregaba o no a las autoridades suecas.

No tardó en aparecer su salvador, el presidente ecuatoriano Rafael Correa, con quien urdió un plan para burlar la vigilancia policial y arroparse de inmunidad. El martes 19 de junio de 2012, Assange entró en la embajada de Ecuador en Londres y pidió asilo político. Entró disfrazado de repartidor en motocicleta y salió, casi siete años después, con aspecto desaliñado y resistiéndose a la autoridad.

Cuando Correa se enteró de lo sucedido estalló de rabia y acusó a su sucesor, Lenín Moreno, de ser “el mayor traidor de la historia de Ecuador y de Latinoamérica”. En algo tiene razón el hiperventilado exmandatario. Moreno es el mayor traidor, pero por haber desmantelado todo por lo que fue elegido, empezando por renegar del chavismo. Sobre el caso Assange el asunto es más discutible, aunque, como dijo el actual presidente, se le advirtió que perdería el asilo si seguía entrometiéndose en asuntos de otros países, y lo siguió haciendo, por ejemplo, en apoyo de los independentistas catalanes o, sin ir más lejos, filtrando noticias tóxicas sobre el actual gobierno ecuatoriano.

Por tanto, si Assange duerme hoy en una celda no es por la solicitud de extradición sueca, que ya prescribió, sino porque violó el acuerdo con la justicia británica al refugiarse en la embajada, aunque el verdadero meollo de la cuestión es si el gobierno de Theresa May aceptará o no el pedido de extradición de Estados Unidos.

En este año que le espera en la cárcel, habrá tiempo de aclarar si debería ser extraditado o no. Sus partidarios alegan que corre peligro de ser ejecutado, si EU añade el delito de alta traición, pero el gobierno ecuatoriano solicitó hasta tres veces por escrito al británico que no autorizara la extradición si hay peligro de que sea condenado a muerte. En tres cartas, Londres respondió que en ese supuesto no lo haría.

Y finalmente, la pregunta obligatoria ante todo lo que rodea el caso Assange: ¿Cuál debe ser el límite entre la libertad de prensa y el derecho de los estados a salvaguardar información clasificada?

Desde mi punto de vista, la filtración de documentos debería quedar garantizada por la libertad de prensa, siempre y cuando sea de interés general y por una causa legítima. Por eso el mundo aplaudió cuando WikiLeaks publicó el video de soldados de EU disparando desde un helicóptero a civiles iraquíes. Ahora bien, se cruza la línea cuando ese pirateo se produce para conspirar contra un gobierno o perjudicar a un personaje público, en beneficio de su oponente. Por eso debe ser considerado un delito el ciberataque que sufrió la candidata Hillary Clinton en beneficio del ahora presidente Donald Trump.

Una cosa, Assange, es defender la transparencia y revelar la verdad que nos quieren ocultar; y otra cosa es que se haga al servicio de intereses demasiado oscuros.

 

fransink@outlook.com

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