Opinión


Atacarnos sin piedad

Atacarnos sin piedad | La Crónica de Hoy

En la soberbia distopía de Sinclair Lewis (escrita en 1935 y en la que se imagina el triunfo del fascismo en E.U.) hay una preocupación que recorre sus 343 páginas: la virulencia del lenguaje político, o más bien, el papel político de esa virulencia. Porque más allá o más acá de las posturas, personajes, intereses o convicciones, el “tono” es lo que determina el clima, el contexto, el ánimo del público y acaba perfilando al tipo de ganador de las contiendas.

Buzz Windrip era un político estándar, más bien mediocre, pero creció y remontó a sus oponentes no sólo por lo que pregonaba sino principalmente por cómo lo pregonaba. Escuchemos: “Los ideales de América no se defienden con las lindas palabras de esos mequetrefes educados en Nueva York, sino con la pasión y el saber sencillo de los ciudadanos que duramente conquistaron el Oeste”, “…acabemos con esto de una vez y llamemos a los demócratas por lo que son: unos embusteros y estúpidos… sin adornos ni cortesías falsas… así se habla y quien les habla es el líder de esta gran nación” (Esto no puede pasar aquí. Antonio Machado, libros). 

                No es un proyecto, lo que se invoca es un estado de división permanente. Allá están unos, aquí nosotros, y para que esa brecha quede bien clara y funcione, hay que alimentarla, si se puede, todos los días.

                Una estrategia muy usada hace cien años, en los veintes del siglo pasado. De modo que no ha sido Steve Bannon (el ideólogo originario de Trump) sino la demagogia de siempre, lo que ha rehabilitado esta forma de hacer política y de ganar elecciones.

El precio es la polarización social permanente, con un costo adicional bien diagnosticado por Lewis: la solución de los problemas nacionales no aparece casi nunca, porque lo importante es reforzar a los adeptos y denostar a los demás. Especialmente desafortunadas —pero en línea con esta estrategia política— fueron las aseveraciones del Presidente, cuando llamó conservadores, “hipócritas y cretinos” a quienes sostienen el lógico y sencillo relanzamiento del impuesto sobre la tenencia. 

                Se trata de generar un contexto político en el cual resulta muy difícil no sentirse interpelado, bien como parte o bien como oposición; la indiferencia no parece ser opción. La batalla está aquí y no se interrumpe. Por eso, todo es materia de debate, de pleito y denostación. En México, los términos fifís o chairos, definen artificiosamente al país real dejando afuera lo diverso, las muchas posiciones diferentes, los que no admiten esta reducción.

El estilo y la estrategia de la polarización va ganando en gran medida porque los otros, hasta ahora, son vistos como parte de una confabulación elitista y poco más y no como ciudadanos con legítimas opiniones políticas. De allí la importancia de cambiar el tipo de relaciones y de discusión pública y política, enconada, ofuscada y oscurecida en los últimos años y especialmente, en los últimos meses: su lenguaje, su virulencia, sus adjetivos, su deliberada falta de sustento. Como lo advirtió el IETD desde diciembre https://tinyurl.com/y3ejzlwm: “Moverse en un clima de confrontación y con altas dosis de irracionalidad, aunque sea puramente discursiva, no es inocuo: favorece un tipo de política y pone en desventaja a la política democrática y a la política racional”.

No quiero decir, ni por un momento, que la democracia es una idílica convocatoria pública para tomar el té, ni pretendo que nadie deponga sus banderas, intereses, programas, creencias o visiones. Lo que quiero decir es que si seguimos en esta danza de posturas extremas y que no tienen la menor intención de escucharse y concederse legitimidad, “el quiebre de la democracia mexicana aparece —por primera vez— como un escenario muy probable”.

Por eso tiene tanto sentido recuperar al diálogo como necesidad democrática. Resulta ya imperioso reivindicar la vieja medicina de hablar cara a cara con diferentes, pedir hablar y, sobre todo, dejar hablar. Simplemente.

El reto es cultural, sí (en un país que no sabe discutir), pero eminentemente político. Jugar en el terreno de la confrontación seca y la denostación no es alternativa porque al hacerlo, en realidad, jugamos con el lenguaje de la polarización. Alimentamos el odio, que es lo que la democracia se empeña en disolver.

 


Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática
ricbec@prodigy.net.mx
@ricbecverdadero

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