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Auge y caída de un populista llamado Caballo Loco

Biografía. El expresidente peruano, que llegó a ser considerado en su primer mandato como “la estrella más importante latinoamericana desde Juan Domingo Perón”, no soportó la presión de la justicia por el caso Odebrecht y acabó su espectacular vida con un último show: dándose un tiro en la cabeza

Auge y caída de un populista llamado Caballo Loco | La Crónica de Hoy

Alan García pasó por México, en marzo de 1987, como un vendaval, haciendo gala del mote por el que sería recordado: Caballo Loco. Dos años antes había sido elegido el presidente más joven de Latinoamérica.

A sus 37 años, el imponente e impetuoso presidente peruano se ganó de inmediato la simpatía de los mexicanos, a los que sorprendió (empezando por el estirado Miguel de la Madrid) con su poca diplomacia y sus provocaciones, como cuando se levantó en pleno banquete presidencial y se puso a cantar su ranchera favorita: “El rey”.

El gesto de García no estuvo exento de ironía. El mandatario, que arrancó su mandato en 1985, amenazando ante la ONU con no pagar la abultada deuda externa de Perú si el FMI no se reformaba y dejaba de ser el escudero de Estados Unidos, se puso a cantar ante los sorprendidos comensales mexicanos “Con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley”. Satisfecho por su irreverencia, al día siguiente se sumó a un mariachi en la calle y volvió a cantar la ranchera de José Alfredo Jiménez, para jolgorio del público.

“Estrella emergente”. Eran los años en que la revista Newsweek lo calificó como “la estrella más importante que emerge en América Latina desde Juan Domingo Perón”.

Bajo la aureola de mandatario izquierdista-indigenista, el líder del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), el equivalente en Perú al viejo PRI, se mostró en un principio condescendiente con la lucha armada que había emprendido Sendero Luminoso. “No es casual que el terrorismo haya surgido en la zona más deprimida del país; el llamado trapecio andino, cuya población ha sido sometida desde los tiempos de la conquista al caciquismo explotador y a un rígido sistema centralista”.

Sin embargo, su desafío al FMI y su ambigüedad inicial ante la organización maoísta de Abimael Guzmán bajaron al joven mandatario de las nubes, hasta estrellarse finalmente, en 1989, con una hiperinflación de siete mil por ciento (7,000%), una doble devaluación de la moneda y un incremento brutal de los atentados de Sendero Luminoso, que el gobierno intentó frenar sin éxito con una matanza de presos maoístas amotinados, lo que no hizo sino atizar el fuego del terrorismo, al que se sumó el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru.

Con su imagen por los suelos, a nadie le extrañó que un perfecto desconocido ganase las elecciones de 1990, prometiendo mano dura. Su nombre: Alberto Fujimori. La larga travesía en el desierto de Alan García —que empezó su mandato con un impresionante 96% de apoyo y acabó con otro igual de impresionante 91% de rechazo— acababa de comenzar.

Exilio y segundo mandato. Bajo la excusa de enriquecimiento ilícito, los tribunales peruanos (intimidados por el creciente autoritarismo de Fujimori) intentaron llevar a la cárcel al exmandatario aprista, que se vio forzado a un exilio, primero en Colombia y después en Francia.

Pero Fujimori, en su soberbia por haber frenado en seco el terrorismo, disolvió el Congreso en abril de 1992 e instauró un régimen de terror, que hizo que muchos peruanos extrañaran a García.

Tras casi nueve años de exilio, hizo una entrada triunfal en Lima el 27 de enero de 2001. En un ejercicio de populismo y carisma, se dirigió a una multitud en la plaza de San Martín con el siguiente mensaje: “Quiero ante todo hacer una confidencia a ustedes. Por nueve años he caminado solo el mundo. Y a cada paso me decía: podrán dejarme, podrán insultarme, podrán alejarme, pero no romperán mi fe, no podrán impedir que esté nuevamente junto al pueblo. Y por lejana sea la distancia o profundo fuera el sueño de la muerte, yo sabía que algún día vendría a estar con ustedes”.

Pese a su soflama populista, fue derrotado en las elecciones de 2001 por Alejandro Toledo, pero consiguió regresar al poder en 2006. El Caballo Loco había regresado, pero algo había cambiado: el líder izquierdista se había ido deslizando con los años hacia el modelo neoliberal que tanto atacó en su primer gobierno. Peor aún, demostró ser, según lo jueces peruanos, otro político más que adoraba coleccionar dólares, como los que presuntamente le entregó Odebrecht, a cambio del contrato para construir la Línea 1 del Metro de Lima. Y todo ello, sin dejar de ser para miles de peruanos el gran líder de la socialista APRA, el partido por el que su padre fue encarcelado cuando Alan era niño.

“Papá, yo no he robado”. En una entrevista realizada en 2013, cuando ya sentía la respiración de los fiscales en su nuca, negó los cargos por los que era investigado, recordando precisamente lo que de niño le dijo a su padre: “Papá, yo no he robado ningún centavo ni me interesa nada más que la historia y la gloria del futuro. Si he tenido un exceso, si he tenido un defecto ha sido la ambición, pero la ambición de pensar en términos espirituales, la gloria, a través de hacer algo grande por el Perú”.

Quizá la traición a sus propias palabras fue lo que ayer le llevó a tomar una pistola y suicidarse de un disparo en la cabeza; o quizá, en un último acto de rebeldía contra los jueces, a los que retaba diciendo “demuestren que recibí sobornos, imbéciles”, decidió regalar a su pueblo un último espectáculo, antes de bajar definitivamente el telón de su vida.

fransink@outlook.com

 

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