Opinión


Brexit, la historia sin fin

Brexit, la historia sin fin | La Crónica de Hoy

Este fin de semana será uno de esos días que cualquier historia de la primera mitad de este siglo en Europa tendrá que registrar con algún detalle. No sólo se deberá dar cuenta de las manifestaciones multitudinarias a favor y en contra del brexit en Londres y otras ciudades británicas celebradas ayer sábado. Se deberá dar cuenta también de cómo se llegó a una situación tan peligrosa para el Reino Unido, para Europa y para el sistema comercial que penosamente emergió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, y que líderes profundamente irresponsables como Donald Trump y Boris Johnson se han empeñado en destruir sin ofrecer otra cosa que las vanas promesas de una retórica incendiaria, profundamente racista y destructiva.

Al momento de redactar estas líneas, Boris Johnson logró una victoria pírrica en la cumbre de líderes de la Unión Europea, luego de que aceptó un acuerdo que—en los hechos—marca el inicio de la reunificación de Irlanda o, en otras palabras, del desmembramiento del Reino Unido y que la revista británica The Economist consideró peor que el acuerdo negociado por Theresa May. Por ello, es posible asumir que Johnson, a quien se vio sonriente como quinceañera en Bruselas la tarde del jueves, tendrá un fin de semana amargo por decir lo menos. Una pequeña prueba de lo que muy probablemente enfrentará el sábado, se lo dio una mayoría de parlamentarios que, la misma tarde del jueves, derrotaron una vez más a Johnson en Westminster y abrieron la puerta a un segundo referéndum, que podría poner fin a esta pesadilla.

La pesadilla es tan absurda que además del segundo referéndum, muy pronto se convocará a nuevas elecciones, pero no hay garantía alguna de que ni uno ni otro, puedan contribuir a sanar la herida profunda que el brexit ha causado en la vida pública en el Reino Unido. La herida es tan profunda que la más reciente ceremonia del Discurso de la Reina, una tradición que marca, cada año, el inicio de los trabajos del Parlamento, fue usada por ­Johnson y sus aliados para apostarle a una mayor radicalización del discurso político. Las propuestas de leyes que anunciaron en el marco del Discurso de la Reina hablan, por una parte, de un claro deseo de excluir a los más pobres del proceso electoral, así como del deseo de recrudecer, todavía más, los ataques a las minorías raciales que actualmente viven en ese país.

A Johnson y sus incondicionales no les importó, por ejemplo, que buena parte de la cosecha de frutas de este año en Gran Bretaña se haya perdido porque ya no hay trabajadores de Europa del Este dispuestos a enfrentar los bajos salarios, las malas condiciones de trabajo y, sobre todo, los ataques constantes contra las personas que, por ejemplo, llegan a ser sorprendidas hablando un idioma distinto al inglés en las calles o el transporte público.

Tampoco parece importarles que, al exacerbar el nacionalismo inglés, el brexit haya exacerbado también los nacionalismos escocés, irlandés y galés, lo que acelerará posibles referéndums para determinar, por una parte, la independencia de Escocia y, por otra, la reunificación de Irlanda del Norte con la República de Irlanda.

Para Johnson, cualquier riesgo parece poca cosa cuando se trata de desplegar el voluntarismo que distingue a los promotores del brexit y que, lejos de contribuir a distender las múltiples tensiones que el brexit ha sacado a la luz, las exacerba y hace más difícil encontrar soluciones que impidan lo que será una catástrofe económica.

México no está exento de estas realidades. El nacionalismo recalcitrante es un peligro que todos debemos rechazar.

 

manuelggranados@gmail.com

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