Opinión


Cachemira huele de nuevo a guerra

Cachemira huele de nuevo a guerra | La Crónica de Hoy

Olvídense de la frontera entre las dos Coreas, la de Israel y Gaza o —por qué no— la de México y Estados Unidos. La frontera más peligrosa del planeta es la que separa la Cachemira india de la Cachemira paquistaní.

Es cierto que el dictador norcoreano posee armas nucleares y le gusta asustar de vez en cuando con sus ensayos, pero lo que en el fondo busca es que Estados Unidos le reconozca como monarca comunista-absolutista y, quién sabe, a lo mejor incluso un día acepta la reunificación con los hermanos surcoreanos. A fin de cuentas, la ideología es “negociable” (miren a los jerarcas comunistas chinos, encantados con su economía capitalista), muy diferente a lo que ocurre cuando se mezclan nacionalismo y la religión y sus malditos dogmas (miren cómo se las traen israelíes y palestinos).

La cuestión cachemir es tan peligrosa no sólo por la cuestión nacional-religiosa, sino porque las dos naciones que se disputan ese territorio en las faldas del Himalaya poseen armas nucleares. De hecho, fue el odio histórico entre ambos países, surgido de la partición traumática del imperio Indio Británico en 1947, la que impulsó a los gobiernos de Nueva Delhi e Islamabad a una carrera nuclear que ha convertido a las dos naciones en potencias nucleares enemigas y vecinas.

Los musulmanes, mayoritarios en los extremos oeste y este de la excolonia británica, se negaron a permanecer unidos a sus hermanos hindúes (pese a los ruegos de Gandhi) y así nació Pakistán y Bangladesh, mientras que en el inmenso triángulo subcontinental se fundó la actual India. El mundo parece haber olvidado ya que esa partición causó la mayor migración forzosa de la historia de la humanidad, con más de 14 millones de musulmanes, sijs e hindúes desplazados. Peor aún, parece haber olvidado que la partición de la rica y poblada región de Punyab degeneró en un genocidio religioso, con más de dos millones de muertos.

Algo a menor escala sucedió en la mucho menos poblada Cachemira. Sin embargo, la crisis enquistó en esa esquina del antiguo imperio porque las potencias occidentales que dibujaban a capricho las fronteras de sus excolonias se pasaron por alto un detalle: Cachemira, pese a ser en su inmensa mayoría de confesión musulmana, fue entregada en su mayor parte a India. Y así empezó un conflicto que perdura hasta nuestros días y ha generado ya tres conatos de guerra. Por un lado, Pakistán reclamando toda la región, al igual que numerosos grupos armados islamistas (demasiadas veces con atentados terroristas) y con India negándose a negociar nada y convirtiendo la región en un búnker militar.

El miedo de las superpotencias —EU (aliado de India) y China (aliado de Pakistán)— a que uno de los dos enemigos dispare el primer misil nuclear ha sostenido una tensa guerra fría durante más de medio siglo. Pero la llegada al poder en India del nacionalista Narendra Modi ha disparado peligrosamente la tensión, que ayer mismo, Día de la Independencia en India y Día Negro para paquistaníes y la mayoría de cachemires, se saldó con ocho soldados muertos de ambos bandos en la frontera de Cachemira.

Lo grave y muy preocupante de esta historia es que quien debería estar muy preocupado con la escalada de la tensión en Cachemira y quien debería usar su enorme poder para bajar los humos a su belicoso amigo Modi, se pasa el tiempo buscando terroristas entre los pobres centroamericanos que cruzan la frontera de EU para ganarse la vida.

fransink@outlook.com

 

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