Cultura

Cada quien su malestar, el gran Fernando Fernández y el nuevo libro de Juan Villoro

Un texto especial de Anamari Gomís, de libros y de el extenso placer de leer a autores que valen mucho

Cada quien su malestar, el gran Fernando Fernández y el nuevo libro de Juan Villoro

Cada quien su malestar, el gran Fernando Fernández y el nuevo libro de Juan Villoro

La Crónica de Hoy / La Crónica de Hoy

Nos acaban de hacer la prueba PCR a la señora que trabaja conmigo e impide que el caos lo absorba todo en mi casa, a su marido, que es vigilante en la cerrada donde vivo y a mí.  Ni el señor Guzmán ni yo nos hemos sentido bien. Ayer tuve una suerte de migraña, digo suerte porque para la noche no me dolía la cabeza. El caso es que además me encuentro desganada, sin muchos ánimos. Puede ser un barrunto de depresión o de  hipocondría. Un estado interior de huelga. Ayer simplemente no pude escribir mi  artículos semanal para La Crónica de hoy. La migraña me tiró en un sillón.

Entretanto, veo con profunda envidia todos los libros que ha escrito Fernando Fernández. Es poeta, ensayista y editor. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, fundó  y dirigió la Revista Viceversa, edita una revista digital, conduce un programa de radio en el Imer, tiene un blog, sigloenlabrisa.com, que alimenta constantemente . Ha publicado varios libros y escribe uno monumental sobre el poeta español Gerardo Deniz.  Admiro a Fernando desde que fue mi alumno en la licenciatura de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Siempre se valía en clase de respuestas inteligentes  que nos aportaban a todos.

Hace unos meses, cuando no había comenzado todavía la campaña de vacunación contra la Covid-19, Fernando Fernández se contagió. Adquirió el siniestro virus, al que la gente le dice bicho, pero no lo es. Resulta como un personaje sin encarnadura dedicado al mal. ¿Qué hizo Fernando después de padecer días aterradores con la enfermedad? Escribió un libro, Almas flexibles, editado por Turner Noema (2021) en una bella edición. Libro preciso, de mirada literaria, en el  que revela algo tan difícil como lo es la lucha con la enfermedad, lo sueños durante la enfermedad, la hospitalización por la enfermedad. Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann, resucitado en México, enfermo de  SARS-Cov-2.

El mismo año publica en Bonilla Artigas y editores y el Instituto zacatecano de cultura doce  extraordinarios ensayos sobre el poeta  Ramón López Velarde, reunidos en  La majestad de lo mínimo. Ya había publicado en 2014 otro libro de ensayos sobre el poeta de Zacatecas y aún siguió la mata dando. Ese es Fernando Fernández, acompañado de sus obsesiones, pero siempre renovándose.

Debo confesar que estos libros a los que me refiero, durante mi huelga anímica, justamente me ayudan a  ponerme en marcha. Nada mes es más estimulante, escribió el cubano José Lezama Lima, que la inteligencia. A Octavio Paz le agradece Fernández su genialidad para estudiar a López Velarde y establece vínculos con la poesía española de la época, que  conoce muy bien . Mientras tanto, López Velarde  intenta (y logra) en su poesía expresar la “médula de lo inefable”, es decir, poetizar lo disímbolo, como Juan Ramón Jiménez, el poeta español que fascinó a López Velarde, al hacer coincidir en un mismo verso mar y teléfono.

En el 2018, Fernando Fernández publicó un poemario en ediciones Monte Carmelo, Oscuro escarabajo  en el que el pequeño bicho se fracciona en diferentes significados entre otros poemas con diferentes temas. Lo leo agradecida en este tempo extraño de la depresión o de la enfermedad, que para el caso es lo mismo.

Le debo a Fernando Fernández una verdadera reseña de estos tres nuevos libros suyos. Hoy, mientras me vuelvo sobre mí misma como una cochinilla, lejos de la majestad del escarabajo, solo hojeo con fascinación tres de los más recientes libros de Fernando Fernández, escritor de mis predilecciones.

El domingo pasado, con la luz de la tarde de finales de septiembre, en un México sin estaciones pero  de todas maneras con diferentes tonos de luminosidad, según la época del año, me metí a una librería, no a  descubrir tranquilamente libros, sino a comprar con premura el reciente libro de Juan Villoro, La tierra de la gran promesa, el mismo título de una gran película del polaco Andrzej Wajda, realzada en 1975. Si mi memoria no me  miente, es el primer filme en el que, ese lejano 1975, una mujer de familia proletaria hace una crítica a Marx. Y dice algo así como “después de todo, Marx no era proletario y no hubiera entendido.”.

La novela se anuncia como un libro prometedor. Nada más termino mi lectura de Fernando Fernández y me sigo con la de Juan Villoro.

En esta ocasión, como se darán cuentan los que me han leído antes (si hay esos lectores), no me he referido a la Cuatroté, mi Moriarty personal, más o menos parecido al de Sherlock Holmes. Estoy cansada, pero les juro que regresaré con renovados bríos. Por lo pronto, insisto en mi apoyo absoluto a los hombres y mujeres dedicados a la ciencia, a los perseguidos  injustamente por el señor Presidente, el Conacyt y fiscal Gertz Manero. Apoyarlos es cuestión de justicia.