Cultura


Cameron, de Hernán Ronsino

Como cada domingo en la sección Rincón Almadía, te compartimos la recomendación de lectura de esta casa editorial.

Cameron, de Hernán Ronsino | La Crónica de Hoy

El Angelus, de Jean-Francois Milletie.

(Fragmento)

 

Julio Cameron: como mi padre, a quien no conocí; como mi abuelo, el general Cameron; como mi bisabuelo. Me gusta ver a Mita, en las mañanas de invierno, lustrar en la puerta de casa la placa con el nombre de todos.

Afuera cae la nieve. Lenta, silenciosa. A veces parece otra cosa. Pero ahora es nieve. Y se junta en los bordes del camino. Se va acumulando sobre la silueta de los montes para hacer aparecer lo que Mita ve siempre que llega enero: un hombre sin sombra. El monte arrastra, dice, un hombre sin sombra. A mí me cuesta verlo, Mita insiste con el dedo: Ahí está la cabeza, eso que cuelga son las piernas. No dice que parecen las piernas. Es literal. Dice que ese es un hombre que perdió su sombra. Cuando la nieve empieza a derretirse, Mita trata de evitar contemplar el monte. Prefiere el invierno y esa compañía secreta que encuentra sobre la ladera izquierda.

Por eso cerca de abril desaparece. No dice nada. Pero está claro que cuando el sol se empieza a expandir por el jardín —podrá dudarlo dos días, no más, porque siempre duda—, Mita sale de casa con el pelo recogido como quien sale a tirar la basura. Y no vuelve. O volverá, quizás, en el invierno. Pero en cada partida hay un desgarro definitivo. Esa sensación de finitud va cubriéndolo todo. Mita se va y algo se muere.

Entonces en ese tiempo sin Mita me dejo llevar por el desorden. Al principio me cuesta la soledad. Deambulo por la casa amplia. Espero encontrarme con Mita en algún pasillo, en alguna habitación desangelada: verla con el delantal celeste, los zapatos blancos que lava una vez por semana. Incluso dejo de comer en la mesa y las puertas, poco a poco, van perdiendo sentido. ¿Para qué cerrarlas? Pero cuando me acomodo en la forma de mis huesos, la soledad comienza a ser una compañía imbatible. Me empiezo a sentir mejor y salgo, recorro la ciudad, los barrios más prolijos. Es decir, empiezo a buscarme afuera, en el mundo de las cosas.

Me gustan los bares que están en la ribera del río. Son casas construidas por familias aristocráticas que, en alguna época, cuando los roñosos del barrio Alto empezaron a frecuentar las orillas del río, tuvieron que venderlas o algunas quedaron abandonadas. Durante años, esas casas fueron tomadas, arrasadas, puestas a la intemperie, pintadas con aerosol, intervenidas por grupos de arte. Hasta que la casa que todos llaman el castillo fue recuperada como bar y restaurante. Eso provocó un efecto dominó. Las demás se transformaron también en clubes de jazz, en bares pitucos, en hoteles finos. Me gusta ir a esos bares a escuchar bandas en vivo porque el olor del río me recuerda a mi madre.

Juan Silverio cena todos los martes en el Club de Jazz. Ese día toca siempre una banda liderada por una mujer gorda, de voz gruesa y un tatuaje entre los pechos. Silverio está enamorado de Elda Cook. Pero nunca se atrevió a decirle nada. Ni siquiera a saludarla. Silverio y Elda Cook son dos desconocidos. O mejor, dos que se conocen de vista. Elda Cook debe pensar que Silverio es un oficinista triste y borracho que escapa de su casa para evitar el tedio, la punzada en el estómago cuando la noche impone su silencio. Silverio piensa que Elda Cook es la vida que él nunca se atrevió a elegir. Son dos ramales que sólo se aproximan en el Club de Jazz los martes a la noche. Desde hace un tiempo comparto mesa con Silverio. Él mira a Elda Cook con la fascinación de un loco. Yo tomo mi whisky silenciosamente y fumo. Cada tanto asentimos con nuestras miradas. O decimos algo del sonido. O le convido un cigarro que Silverio nunca acepta. Es decir, ninguno interviene en el territorio del otro. Respetamos las fronteras.

Cuando termina el recital, Juan Silverio me saluda estirando un gesto con la cabeza y sale, hundido en su propio temor, con la derrota otra vez en la boca. Casi siempre lo sigo. Me gusta seguir a la gente. Inteligencia y preservación, así se dice. Hay deseos que no se pueden olvidar. Silverio camina hasta el Puente de Hierro, desde ahí contempla los veleros con sus capotas azules que se sacuden levemente. Se detiene en la forma en que los veleros se mueven pero a la vez están amarrados. Esa tensión entre el movimiento y la fijeza es, estoy seguro, la tensión del propio Silverio. Pero él no lo sabe. Más bien siente esa contradicción como si fuera una trompada en la cara.

El Puente de Hierro es el puente principal de la ciudad. El que permitía, en sus orígenes, el comercio con las otras ciudades de la región. Fue destruido en el bombardeo del año 63. Ese bombardeo que destruyó, además, tres edificios y una iglesia. A pesar de ser lo más importante para la ciudad, el puente fue lo último que se reconstruyó. Tardaron seis años. Mientras tanto los botes y las pequeñas barcazas comerciales trasladaban todo lo que había que cruzar: comida, herramientas, personas. Juan Silverio llegó por primera vez a la ciudad en una de esas barcazas comerciales que lo dejó cerca del puente derrumbado. Llegó con su madre adoptiva. Tenía seis meses. Yo ahora lo sigo hasta ese puente construido por un ingeniero húngaro, que es la réplica del puente original. Yo lo sigo hasta ese monolito porque la ciudad tiene límites para mí. Y, por ahora, prefiero respetarlos.

La ceremonia se repite. Es martes a la noche, Juan Silverio sale triste del Club de Jazz. Sube el camino estrecho y empedrado. Una leve llovizna cae, moja las cosas. Hace frío y es primavera —no es algo tan extraño en esta época—, seguramente arriba debe estar nevando. Una nieve distinta a la que cae en invierno, cuando Mita me señala la ladera izquierda y dice: Ahí están las piernas, esos son los brazos. Es literal. Juan Silverio enfila hacia el camino de la ribera para cruzar el Puente de Hierro. Yo lo sigo, a cierta distancia. Soy la sombra que, en invierno, le falta al hombre del monte. Cuando se detiene a mirar los veleros con sus capotas azules, yo me refugio atrás de la columna maciza del puente. Prendo un cigarro y trato de ver, entre las nubes, las luces del barrio Alto. Pero esta vez la voz de Silverio me interroga: ¿Por qué me sigue, Cameron?, dice con los ojos tibios y la boca temblorosa; es evidente que desde hace días ensaya esta intervención. Me sorprendo porque nunca percibí que se diera cuenta. ¿Por qué me sigue?, insiste. Porque a usted le gusta, digo con mi voz tajante. Le gusta que lo siga, ¿verdad? Juan Silverio no contesta, evade mi afirmación mirando los veleros. Es extraño, dice después cuando el viento se vuelve más intenso, es extraño este río, no puedo encontrarle una lógica a su movimiento. Es el río más hermoso que conozco, digo, ofreciéndole tabaco, lo hago por pura amabilidad, sabiendo que no lo va a aceptar. Pero lo acepta. Eso es cierto, larga ahora con la boca ocupada por el cigarro mientras espera que el fuego que le ofrezco lo encienda; es cierto, insiste, la belleza del río está en su lógica misteriosa. Después de un rato sin hablar, incómodo —no puede mirarme a los ojos—, cruza el puente fumando, se pierde por los barrios más grises. Yo me quedo mirando el río, esa boca oscura, ese vacío vibrante.

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