Opinión


Caravaneritos: niñas y niños migrantes

Caravaneritos: niñas y niños migrantes | La Crónica de Hoy

Dr. Oscar Misael Hernández-Hernández
El Colegio de la Frontera Norte

 

 

¿Tú te imaginas cómo es Estados Unidos?, le pregunté a José (seudónimo), un niño hondureño de 12 años de edad. “Yo me imagino que es más bonito que aquí”, me respondió. Su hermana Fabiola (seudónimo), de 10 años de edad, expresó de manera eufórica: “¡Yo me imagino que es desastroso!, ¡por Donal Trump!”. José y Fabiola estaban con su familia en un albergue situado en la ciudad de Reynosa, Tamaulipas. Habían llegado a mediados de febrero de 2019 en el marco de una caravana de migrantes centroamericanos que, originalmente, llegó a la ciudad de Piedras Negras. Por supuesto, ellos no eran los únicos niños o niñas de la caravana.

Las caravanas de migrantes en tránsito por México son un fenómeno que, aunque inicia en el año 2011, se ha hecho más visible e intensificado desde fines del 2018. Ante esto, una de las preocupaciones centrales de autoridades, activistas y, por supuesto, de migrantes, es el enfoque que adopta la política migratoria en México. Los académicos no han sido la excepción: desde que iniciaron las caravanas, algunos analistas han realizado diagnósticos de cuántos migrantes van en las caravanas, de dónde son, por qué emigraron, cómo son tratados, etc., pero las preguntas tienden a ser hechas a los adultos, más no a las niñas o niños que también viajan en caravanas.

La perspectiva adultocéntrica en los pocos análisis sobre las caravanas no debe sorprendernos. Hace algunos años, por ejemplo, una investigadora afirmó que los estudiosos de la migración consideraban que la participación de menores de edad en la migración era poco significativa, o bien que su importancia en este proceso no era tan trascendente como la de los adultos migrantes. Por supuesto, desde hace tiempo esto no es así, ya sea que se trate de menores migrantes mexicanos o centroamericanos. En el caso de las caravanas no es la excepción: no sólo viajan una gran cantidad de niñas, niños y adolescentes, sino que también sus experiencias son importantes para comprender su vulnerabilidad, sus emociones y deseos.

Ante esto, desde que llegó un primer grupo de la caravana migrante a la ciudad de Reynosa, y posteriormente otro grupo a Matamoros, la idea de iniciar un proyecto sobre las niñas y niños en caravanas migrantes fue por demás importante y necesario. En un diagnóstico preliminar se identificó, por ejemplo, que poco más de dos quintas partes de los migrantes que llegaron a ambas ciudades, viajaban acompañados, específicamente con sus familias conformadas por la pareja, hijas o hijos. Pero además, los caravaneritos (y las caravaneritas), también tienen mucho que decir sobre imaginarios de la niñez migrante, como el caso de José, o mucho que opinar sobre presidentes de otro país; si no recuerden a Fabiola hablando de Donald Trump.

El proyecto arrancó en febrero pasado, cuando llegaron los grupos, y continúa hasta la fecha. Ha consistido básicamente en conversaciones con niñas y niños que, voluntariamente y con la autorización de sus padres, aceptan compartir sus experiencias migratorias. Pero por otro lado, también ha consistido en ejercicios de dibujo, en donde ellos y ellas trazan y pintan cosas que recuerdan del viaje y luego narran lo que dibujaron. Parece algo simple, pero no lo es del todo. Hasta la fecha, se ha conversado con al menos una decena de niñas y niños procedentes de Honduras, El Salvador y Guatemala, y se han reunido algunos dibujos. ¿Y qué se ha encontrado?

Primero, se han encontrado narrativas en torno a la vulnerabilidad entre niñas y niños de la caravana de migrantes centroamericanos, específicamente la enunciación de la violencia social en sus países de origen. No sólo se trata de meros recuerdos narrados, sino más bien de la denuncia de dicha violencia como una historia de conflictos en Centroamérica que persisten hasta el presente y, sobre todo, que ha vulnerado sus identidades como niñas y niños migrantes. Son recuerdos que, como han afirmado algunos autores, son reproducidos con el propósito de reforzar el sentimiento de identidad, pero también para evitar la vulnerabilidad ante la misma.

Recordemos a Fabiola, la hermana de José. Después de su opinión sobre Donald Trump, le pregunté qué pensaba sobre haber viajado hasta México en la caravana, y expresó: “Yo pienso que estaba bien, porque allá en Honduras, si nos quedábamos más allá, nos iban a matar”. Más adelante, Fabiola me dio el contexto: “Como mi papá denunció a la policía que los mareros matan a la gente, entonces nos iban a matar a nosotros”. ¿Y por qué los denunció?, le pregunté y ella agregó: “Primero mi papá había venido acá a Estados Unidos para hacer una casa, allá en Honduras, pero como los mareros se la quitaron, después andábamos huyendo, nos fuimos para Catacamas”.

Fabiola no fue la única que narró la violencia social en su país de origen, también otros como Edin (seudónimo), un niño de 8 años de edad, de Guatemala. Después de dibujar su casa —la cual trazó de forma simétrica en color negro, con dos ventanas y una puerta, el trasfondo de un sol amarillo y un árbol verde al frente—, le pregunté por qué había marcado con color rojo una ventana y parte de la puerta. Edin me respondió: “Porque están cerradas, no quiero que entre la policía”. Lo cuestioné si alguna vez había entrado la policía a su casa, y me dijo: “Sí, iban por mi hermano, decían que había matado, luego no estaba y le gritaron a mi papá y se lo querían llevar a la cárcel”. La enunciación de la violencia es más que evidente, al igual que la vulnerabilidad infantil.

Y segundo, también se han encontrado narrativas en torno a la vulnerabilidad de la niñez migrante en las caravanas al cruzar la frontera Guatemala-México, incluso a lo largo del tránsito por el país. A través de los dibujos, se identifican diferentes representaciones visuales de dicha vulneración: un helicóptero sobrevolando el río Suchiate, personas ahogadas flotando en el río, policías aventando gas lacrimógeno y la vigilancia y detención en “perreras”. Sin considerar los insultos de algunas personas mexicanas a sus padres que, obviamente, ellos también escuchan y sienten.

El dibujo elaborado por José es un ejemplo de representaciones sobre el cruce de la frontera sur: él dibujó un helicóptero de color azul, el río también con trazos azules y a lo largo de éste dos figuras humanas erguidas (una mujer y un hombre) y enseguida la descripción: “y a qui fue cuando crusamos el rio (sic)”. Posteriormente otra figura humana: un varón acostado y encima de este la leyenda: “a qui fue cuando se aogo (sic) porque pusieron el elicontero (sic)”. Finalmente, frente al río, dibujó una pequeña figura humana, con algo en la mano. Según dijo era un militar.

Cuando le pregunté a José por su dibujo, él expresó: “Sólo me acuerdo que nos aventaron el gas lacrimógeno. Con eso uno no puede ver ni puede respirar tampoco. Nos cruzamos por el río, fue cuando nos prendieron el helicóptero, allá nos encendieron el helicóptero y lo pusieron bajo para que se ahogara la gente. Nosotros fuimos de los primeros que pasaron y de los de atrás se ahogó uno”. ¿Eso es lo que más recuerdas?, le pregunté y me respondió: “De lo que me acuerdo, que fue de que entramos a México, caminamos una semana sin bañarnos (…) eso fue lo más feo. Que caminábamos, nos quedábamos atrás y nos iba recogiendo la policía, los federales, en las perreras que les dicen (…) nos metían y nos regresaban otra vez. A nosotros nunca nos metieron en una perrera. Los que se quedaban atrás, se los llevaban”.

Hasta aquí algunas pinceladas del proyecto sobre los caravaneritos, el cual a la fecha continúa debido a la permanencia o llegada constante de más migrantes a ciudades fronterizas como Matamoros o Reynosa. Tanto los padres como los niños y las niñas, esperan conseguir el asilo en Estados Unidos. Mientras tanto, es necesario seguir explorando sus narrativas para conocer la vulnerabilidad que viven, sus emociones o deseos, como señalo arriba; pero también para diseñar en México políticas públicas que respeten el llamado interés superior del niño, en especial si son migrantes.

 

* Oscar Misael Hernández-Hernández

es profesor-investigador de El Colef,

adscrito al departamento de

Estudios Sociales. La foto es de su autoría.

 

 

 

El dibujo hecho por José, un caravanerito entrevistado.

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