Opinión


Cartas a Carmelita

Cartas a Carmelita | La Crónica de Hoy

Carmen Romero Rubio de Díaz siempre fue Carmelita, tanto para su gente cercana como para el pueblo que la vio, por más de 20 años, al lado del presidente Porfirio Díaz. Del mismo modo que el presidente recibía docenas de cartas de hombres y mujeres que acudían a él en demanda de ayuda para sus pequeñas y grandes tribulaciones, fueron muchos los que prefirieron acudir a aquella mujer, que tenía 17 años cuando, en 1881, unió su vida a la del general oaxaqueño, que había enviudado un año antes.

Apoyo, intercesión, ayuda material o emocional. Todo eso esperaban los corresponsales de Carmelita Romero Rubio. En esa mirada popular, de la gente de a pie, que ve a presidentes y reyes como grandes padres o madres de las naciones, resultaba casi una función natural leer aquella correspondencia y, a veces, si las condiciones eran propicias, dar una respuesta favorable.

En el caso de Carmen Romero Rubio, que fue esposa de un presidente por espacio de veintisiete años —de diciembre de 1884 a mayo de 1911— el pueblo mexicano de fines del siglo XIX se acostumbró a ella, y junto a ella remontó el cambio de siglo, considerándola como una mediadora entre las necesidades de quienes acudían a ella y el poder presidencial.

De alguna manera, Carmelita había sido formada para aquella vida. Nacida en 1864, era hija de un abogado metido a la política, Manuel Romero Rubio, cercano a Sebastián Lerdo de Tejada. A la larga, Romero Rubio remontaría el bache político que suponía su condición de lerdista, y no le pareció mal que, después de conocer a su hija, el general viudo, del que ya se sabía que sucedería a su compadre, el general Manuel González, en la presidencia de la República, solicitara que la muchacha le enseñara a hablar inglés. Lo cierto es que Porfirio Díaz nunca aprendió inglés realmente, y en cambio encontró en Carmelita  a una nueva pareja.

Carmelita y Delfina, la primera esposa de Díaz, eran muy distintas. De Delfina se sabía que no era amiga de las exigencias de la política, como bailes, actos oficiales y protocolarios, y era más feliz dedicada a sus dos hijos, Luz y Porfirio.

Una coincidencia interesante es que el estilo de cortejo de don Porfirio se materializó, en las dos ocasiones en las que se casó, en material epistolar. En el caso de Delfina Ortega, y a causa de los vaivenes de la guerra de intervención, el que era un joven general le escribió a su sobrina, en 1867, confesándole su amor y pidiéndole matrimonio. Si Delfina no accedía, agregaba Porfirio, él acataría su decisión, y en cambio procedería a adoptarla legalmente, para garantizarle seguridad y un nombre, pues la muchacha, hija de Manuela, la hermana de Díaz, había nacido fuera de matrimonio. Cuando se casó, por poder, con Porfirio, fue reconocida por su padre, el médico Manuel Ortega, y así adquirió el apellido que le correspondía, hasta que murió por complicaciones de parto en abril de 1880.

Años más tarde, Carmen Romero Rubio recibiría una carta que comenzaba: “Carmelita: yo debo avisar a usted que la amo”. Así empezó a escribirse la historia de su vida al lado del general Díaz, en una vida familiar en la que estuvieron siempre presentes sus hermanas, Luisa (Güicha) y Sofía (Chofa), y en la que ella, aparte de ser una presencia pública y a la larga un símbolo del régimen porfiriano, fue una madre sustituta para los pequeños Luz y Porfirio, y para Amada, otra hija de don Porfirio, nacida de otra mujer, tal vez una soldadera,  en los turbulentos años de la guerra contra el imperio.

Carmelita afinó la personalidad de su marido, vio por sus hijastros y procuró que las muchachas se educaran en un colegio elegante, el del Sagrado Corazón, dirigido por monjas francesas, como correspondía a señoritas de categoría, y muy probablemente tuvo que ver en la elección de sus maridos: para Luz, el muy rico Francisco Rincón Gallardo, de la familia que en el virreinato ostentó el título de Marqueses de Guadalupe, y para Amada, el no menos rico Ignacio de la Torre y Mier, de la aristocracia que había hecho fortuna con las haciendas.

Además, ejerció como esa peculiar figura alegórica a la que la vida la había llevado: la de gran mamá del pueblo mexicano, el ángel del hogar nacional.

LA CORRESPONDENCIA. Sabemos de cierto que al menos desde 1900, a Carmelita había gente que se dirigía a ella llamándola “Primera Dama”, como consta en una carta enviada por las alumnas del Colegio de Taquigrafía. Parte de la correspondencia que se conserva, muestra que a la esposa de Porfirio Díaz le escribían muchas mujeres o se le escribía para mejorar la condición de ellas. En 1898, un hombre mayor, José Guadalupe Franco, le pedía una ayuda económica, porque dependía de su hija, quien, por ser mujer, ganaba mucho menos que un hombre. “Nada vale su trabajo por ser mujer”, se quejaba el anciano.

No fueron pocas las obreras que, por una razón u otra se dirigían a Carmelita. Este sector laboral naciente a fines del siglo XIX, eran ya mujeres que veían la inminencia de la nueva centuria con esperanza y decisión, capaces de alzar la voz para defenderse. En octubre de 1900, Ignacia Rosas, obrera de la fábrica de cigarros El Buen Tono envió una carta, a nombre de sus compañeras, para pedirle a Carmelita su intervención y así sacar de la cárcel a algunas trabajadoras, encerradas por declararse en huelga cuando la cigarrera les redujo el salario. Denunciaba Ignacia Rosas que carecían de garantías y se manifestaban “presas del despotismo y de la tiranía”.

Carmelita estuvo atenta a los reclamos de estas mujeres que incursionaban en una nueva manera de vivir, y, en ocasiones pudo ayudarlas. Se involucró en algunas organizaciones protectoras de las mujeres trabajadoras. Por ejemplo, en mayo de 1888 fue nombrada “Presidenta Perpetua y Honoraria” de la Sociedad Fraternal de Costureras, de hecho, logró, un mes después, que les mejoraran el precio de algunos trabajos que se denominaban “costura de munición”, e hizo una petición para que los operarios y dependientes de las fábricas trataran a las costureras con consideración. En cambio, a un conflicto de obreras cigarreras en 1887, no pudo dar un apoyo concreto y conocido. Eso no fue obstáculo para que, en ese mismo año, aquellas trabajadoras fundaran la Sociedad Mutualista Hijas del Trabajo.

Muchas mujeres le escribieron a Carmelita. Algunas de ellas, viudas y en el desamparo, acudían a ella en busca de una pensión, o de una recomendación para trabajar y poder sostenerse por sí mismas. A veces, las peticiones eran peculiares: la escritora, poeta y traductora Laura Méndez de Cuenca, que había pasado por épocas  muy duras, le solicitó, en abril de 1899 su apoyo para suplir al coronel Juan de Dios Almazán, conserje de la casa del cura Miguel Hidalgo, en el pueblo de Dolores. Laura Méndez, uno de los grandes amores, en otros tiempos, del poeta Manuel Acuña, argumentaba que una dama podía ser una cuidadora más eficaz de las pertenencias del legendario sacerdote insurgente.

Que las mexicanas del porfiriato veían en Carmelita una especie de escucha atenta se demuestra en un dato interesante: de las 731 cartas dirigidas a ella, y que se conservan en el archivo de Porfirio Díaz, más de la mitad son escritas por mujeres, y no sólo vienen de las mujeres que empezaban a emanciparse con la modernidad industrial. También le escribieron mujeres indígenas, como las de las comunidades de Cajititlán, en Jalisco, para pedir la revocación de una concesión de agua, de la laguna cercana, a una hacendada, pues, sin agua, las comunidades de la zona se quedarían en la miseria.

A Carmelita la llamaron “tierna y bondadosa madre de los infortunados” en alguna carta. En la medida de sus posibilidades, sin tensar demasiado la cuerda de su influencia, pudo solucionar algunas de aquellas tragedias sociales del México porfiriano. Todavía hoy, en una escuela pública de la Colonia de los Doctores de la Ciudad de México, que se encuentra en un inmueble donado por ella para crear la Casa Amiga de la Obrera, conservan, en lugar de honor, el retrato de Carmelita.

 

 

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